Saqunda, revuelta, masacre y exilio

La historia del arrabal de Saqunda, la revuelta y las vicisitudes que el exilio deparó a sus habitantes van poco a poco siendo conocidas por los cordobeses a pesar del estruendoso silencio y del enterramiento literal de su memoria que sobre ellos mantienen las autoridades políticas y culturales de la ciudad.

Manuel Harazem. Autor del ensayo La odisea de los rabadíes. El primer exilio hispano

Publicado en Diciembre 2017 en el Número 9 de la edición impresa

La historia del arrabal de Saqunda, la revuelta y las vicisitudes que el exilio deparó a sus habitantes van poco a poco siendo conocidas por los cordobeses a pesar del estruendoso silencio y del enterramiento literal de su memoria que sobre ellos mantienen las autoridades políticas y culturales de la ciudad.  Eso a la espera de lo que puedan proyectar para 2018 en que se cumplen los 1200 del inicio de aquellos  impactantes hechos. La causa de esa falta de reconocimiento institucional a los héroes de Saqunda tiene una doble causa. Por un lado, la alandalusofobia consustancial a la cultura secular española, que no concede legitimidad a la historia de Al Andalus. A ella hay que sumar que se trata de un protagonista colectivo que se levanta contra un poder establecido considerado, una vez asentado, como legítimo por cualquier poder establecido posterior por muy alejado en el tiempo y en el espíritu político que esté. Legítimo fue el héroe colectivo que se levantó contra el ilegítimo monarca francés en la Guerra de la Independencia (léase de la Ilustración que nos traía) al grito de vivan las caenas. Ilegítimo, como el de Saqunda, es el que en 1652 se levantó para exigir pan. Un levantamiento este último, además, cuyo desencadenamiento fue mérito exclusivo de las mujeres del barrio de San Lorenzo.

Pero aparte de los hechos en sí, el levantamiento y escarmiento consiguiente, en forma de matanza y exilio de sus habitantes, y la curiosidad por el conocimiento o incluso el orgullo por proximidad de sus posteriores vicisitudes y hazañas, su historia completa presenta unos muy interesantes rasgos que merecen ser convenientemente remarcados.

En primer lugar, el hecho de que Saqunda sea el primer barrio —arrabal— cordobés de que tenemos noticias históricas tanto de su nombre como de muchos detalles de su conformación y de sus habitantes. Particularmente para mí, nacido en uno, Cañero, paradigma en Córdoba de lucha vecinal contra la tiranía, es entrañable el hecho de que además esa lucha de los habitantes de Saqunda contra la opresión suponga el primer caso de que tenemos constancia documental en la historia hispana que se desarrolla dentro de los parámetros de la lucha de clases en una sociedad homogeneizada por la existencia de un estado aceptado por todas. No tiene, o no se detectan claramente, componentes estrictamente étnicos o religiosos, como han querido ver tantos autores afectos al nacionalismo español.

En segundo lugar, el hecho de que la expulsión de los saqundíes por orden del emir al-Hakam sea el primer exilio de carácter político de que tenemos noticias en la península Ibérica, una tierra que sería tan pródiga en ellos hasta prácticamente nuestros días. Todos esos exiliados políticos se verían a lo largo de sus periplos involucrados en la vorágine de unos conflictos internacionales que les eran, en principio, ajenos. Los saqundíes en el conflicto entre los imperios bizantino y abasí, los judíos y moriscos en la guerra entre los imperios español y turco y recientemente los republicanos en la II Guerra Mundial. Además, siempre se trató de masas de población formada por élites profesionalizadas o de alto nivel intelectual que fecundaron culturalmente los lugares a los que llegaron, los andalusíes cordobeses Creta y Fez, los moriscos varios países del norte de África, los judíos un sinfín de lugares de todo el mundo occidental, desde los Países Bajos hasta Estambul, y los republicanos las principales ciudades de Iberoamérica.

Pero si hubiera que hermanar a dos de esos exilios porque corran vitalmente paralelos habría que hacerlo, a pesar de la insondable distancia que media entre ellos, con el de los saqundíes y el de los republicanos. Para empezar, es curiosa la semejanza especular de las dos vías que ambos tomaron: una más cercana y terrestre, Francia y Fez, y otra ultramarina, América y Creta. Los saqundíes que marcharon al Norte de África fecundaron culturalmente una naciente ciudad, Fez, del mismo modo que parte de los exiliados republicanos cruzaron el Atlántico y fecundaron intelectualmente tantas sociedades urbanas americanas. Las otras dos partes se vieron, como decía antes, directamente involucradas en los conflictos internacionales que azotaban al mundo en ese momento. Los republicanos que pasaron a Francia encontraron una guerra tan generalizada que se llamó Mundial y en su vorágine fueron arrastrados a campos de concentración y de exterminio o a tener que tomar las armas y convertirse de nuevo en combatientes, a favor de la democracia, hasta que una vez finalizada pudieron asentarse pacíficamente en los países que les dieran acogida. Los saqundíes que alcanzaron el Mediterráneo oriental se vieron abocados primero a una guerra civil entre facciones del imperio abasí en Alejandría, donde participarían activamente en la fundación de una república independiente, y posteriormente se convirtieron en un peón más en el tablero de batalla entre los dos imperios orientales del momento, Bizancio y Bagdad, conquistando la isla de Creta y fundando en ella un floreciente, en lo económico y en lo cultural, estado emiral que podemos considerar con fundamento como andalusí.

Además, ambos fueron colectivos que aspiraron a equilibrar justicieramente el mundo en el que vivían y que osaron rebelarse contra la tiranía insoportable de las élites explotadoras, los primeros mediante una revuelta violenta, la última mediante otra pacífica, la de las urnas, pero ambos usando las armas que sus tiempos respectivos les pusieron a mano. Y las dos estuvieron a punto de conseguir sus objetivos, los primeros durante unas horas, los últimos por seis años, hasta que el Poder reaccionó con la contundencia que le es propia y desencadenó el escarmiento. En un caso mediante una represión que duró tres días. En el otro mediante una guerra que duró tres años. Coronados ambos por el duro exilio. Aunque en eso sí que hubo alguna interesante diferencia: mientras que, tras la masacre de los vecinos del arrabal por las tropas del emir, a los que lograron salvarse se les permitió la salida de la ciudad, los poderes mancomunados que destruyeron la República cometieron un genocidio con sus partidarios y los exiliados lo fueron solo porque consiguieron escapar a tiempo. La piedad de Franco fue infinitamente menor que la del emir y hubiera asesinado a muchos de los huidos si hubiera podido hacerlo.

En cuanto al destino de los asesinados, la memoria de sus vidas, de su existencia, ocultados en ambos casos bajo toneladas de tierra en las fosas originales donde fueron masacrados por el nacionalcatolicismo y en la cubrición sin honor, a lo que estamos asistiendo estos mismos días, de sus restos arqueológicos por el nacionalpalurdismo, ambos la única marca reconocible en la distancia de este hirsuto país de élites asilvestradas.

Por último, también los une un sentimiento que en castellano llamamos nostalgia o añoranza de la patria perdida y que los árabes llaman ghurba.  En ningún momento los exiliados republicanos dejaron de pensar en la España de la que habían sido expulsados, como demuestran tanto la fundación de centros culturales por toda la geografía americana como su obsesión en la literatura que practicaron por los temas hispanos. Por su parte, la ghurba pesó potentemente también en la vida de los rabadíes, como demuestran dos hechos de los que tenemos constancia: el que llamaran a su capital Arrabal (Rabdh al-Jandaq) y el que varios de sus monarcas portaran orgullosamente el título de al-Qurtubí, el Cordobés, hasta el mismo fin del emirato.

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