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La mirada de...
Marta Barreira: «No me gusta el fútbol»

No me gusta el fútbol.

Ya lo he dicho…         que nadie diga que no avisé.

No sé si esta manía mía tendrá que ver con que todos los domingos de mi infancia mi padre ponía Estudio Estadio y ya no se veía otra cosa, en aquellos tiempos en donde las tardes de los domingos se pasaban en casa, con una tele con dos canales y las decisiones las tomaba solo una persona en toda la familia.

Y en una época en la que hablar de deporte en la tele era hablar de fútbol… ¿de qué si no?

 

22 noviembre, 2022

Que yo entiendo que en la actualidad mucha gente proteste porque la cuota de pantalla del resto de deportes sea mínima, pero les puedo asegurar que algo hemos avanzando desde los 80. Seguramente  muy poco, pero algo hemos avanzado porque en mi infancia las tardes del domingo se dedicaban al fútbol y punto.

O quizá la manía que le tengo esté relacionada con el patio del colegio, ya que en el momento en que aparecía una pelota los niños (sí, niños, en mi infancia era totalmente impensable que una niña jugara al fútbol) ocupaban todo el espacio posible y las niñas quedábamos relegadas a alguna esquina en la que nos teníamos que apañar para jugar a la goma o a la comba. Y ojito si se te ocurría salirte del rincón asignado a tu género, que lo mas probable es que recibieras dos cosas: un pelotazo mayúsculo y una bronca de los niños, ofendidos por interrumpirles el juego.

En la actualidad muchos centros educativos han decidido prohibir el fútbol en los recreos, lo que me lleva a la conclusión de que en esto tampoco parece que hayamos evolucionado mucho.

El fútbol…  el deporte rey, deporte universal, el más popular de todos los deportes….  Lo juegan ricos y pobres, el deporte por excelencia…

El maldito fútbol ha ocupado siempre una gran parte de mi vida, creo que de la vida de todos los seres humanos de este planeta, aún cuando la mayoría (me atrevo con este dato, sí, la mayoría) jamás le hayamos dado una patada a un balón con intención de meter un gol. Aún así, queramos o no, forma parte de nuestras vidas.

Antes copaba la tarde de los domingos (al menos se limitaba a un día a la semana, reconcentrado y hasta el aburrimiento extremo, pero un solo día) y ahora copa los patios de los colegios, los parques y plazas, las extraescolares, el noticiero, los programas deportivos, los del corazón, los periódicos, revistas y radios de todo tipo, las cervecitas con amigos y cuñados…

Y no, no piensen mal, esto no es un alegato en contra del fútbol en sí mismo. Objetivamente hablando, no tendría por qué tener nada en su contra: es un deporte que se juega en equipo, con el que se activa el cuerpo y se practica un ocio saludable, necesita poca infraestructura (con una pelota y unas piedras o palos o chaquetas o mochilas que marquen las porterías ya está), es de los más asequibles… y supongo que debe ser divertido.

Entonces ¿cuál es el problema?

Pues ya lo saben ustedes, seguro que sí. El problema es que se ha convertido en negocio… ¡y se acabó la magia! Pero en un negocio de arriba a abajo….   Desde los tejemanejes turbios de los grandes directivos, presidentes y jugadores de muchos clubes, a los tejemanejes de países y grandes empresas…  que para mantener el negocio necesitan fomentar el consumo….  Y ahí es donde empezamos la historia….

Ahora jugar al fútbol no es solo un divertimento con los amigos por la tarde en la plaza. Ahora es  adrenalina, competitividad, fama, poder, marcas, dinero, más dinero… ¡Y consumo!

Como sucede con tantas otras cosas en nuestra sociedad capitalista y patriarcal, el sistema necesita un consumo desmedido y, para lograrlo, pone en marcha toda la maquinaria necesaria para “aborregar” a la sociedad (lo digo desde el cariño y sabiéndome una borreguita más del rebaño, quizá del grupo de “las no tan tan tan borregas” pero ahí vamos, andando por el sendero marcado).

El mecanismo es sencillo y sirve lo mismo para Mc Donald que para el Real Madrid o para generar una alerta sanitaria mundial. Tiene los mismos objetivos y el mismo modus operandi:

1º) Sienta las bases de una sociedad competitiva

NOTA: Esto es lo más fácil a estas alturas, se lleva entrenando cientos de años a través de las escuelas, el cine, la música, el deporte, etc. Además en lo que a deporte se refiere ya se encarga el patriarcado de reforzar constantemente el imaginario de “machote = campeón”.

2ª) Crea una supuesta necesidad

¡Por supuesto! Triunfar… ser el mejor…  y si a mi no me ha salido, pues proyecto mis frustraciones en mi hijo, no pasa nada. Venga chaval, p’alante, no me seas nenaza, levántate y sigue corriendo que los buenos no lloran, ni se lamentan, ni tienen calor.

3º) Pon en el mercado cosas al alcance de todo tipo de bolsillos

Y aquí hay que reconocer que lo han ‘bordao’ porque tenemos una enorme diversidad (cuando la diversidad no es sinónimo de ‘jipi’ sino de que todas las personas -tengan el poder adquisitivo que tengan- consuman, entonces sí mola).

Desde la camiseta o el balón de tal o cual equipo (¿a quién no le ha salvado eso algún regalo de cumpleaños?) hasta los cromos para bolsillos más escasos, que ya no tienes ni que ir al kiosko a comprar porque ahora te lo llevan a la puerta del colegio. Oye, que bien….  Siempre adelantándose a nuestros pensamientos… Desde la federación al equipo de turno (hoy en día si no te federas, aunque tengas 6 años, no eres nadie, ni haces deporte, ni ná) a la visita al estadio con papá…  Desde el viajecito a la ciudad o país de turno, al simple consumo televisivo, en redes o en cualquier otro medio de comunicación. El mercado es flexible y tiene para todos los públicos. Pasen, vean…. ¡¡y consuman!!

Ojo, para quienes llegado a este punto están echando humo por la cabeza….  No digo que tooooooodos los padres del mundo tengan este rollo con sus hijos. Ni que solo haya padres (varones) ni hijos (varones) en este mercado, ni que todo el mundo tenga afán competitivo y triunfador. Alguna gente lo hace por hacer deporte, por divertirse, por estar con colegas y poco más. Algunos, incluso, juegan balonmano, hacen natación o tocan la flauta. Para ellos y ellas también hay un mercado a su disposición, claro que si, pero el del fútbol es el más universal, popular y masivo.

Y en esto llegamos al mundial. Por supuesto.

“El Mundial de Qatar: el negocio por encima de los derechos humanos”

Éste es uno de los muchos (pocos en verdad) titulares que se pueden leer desde hace semanas, si sabes dónde buscar la información, claro.

Cuando estas cosas pasan delante de mis narices y la mayor parte del mundo hace como si nada pasara (lo más retuiteas alguna cosilla graciosa, compartes la noticia de algún -escaso- famoso o famosa que se ha negado a participar o decides que no vas a ver todos los partidos en señal de protesta -prometo que el Serbia-Suiza no lo veo-) yo me quedo loca.

Ya me quedo loca, cada vez que llega un mundial, por el patriotismo que se nos desata, así en general a la humanidad y me quedo loca porque no entiendo cómo 11 señores de mi país -que muchos viven en otros países y se llevan su dinero a otro lado, a todo esto- dándole patadas a un balón pueden despertar tanto fervor.

Mira que hay competiciones que despiertan el entusiasmo de la gente (los Óscar, los Goya, el Premio Nobel -¿He dicho el Premio Nobel? No hombre no ¡a quién le importa el Nobel!, el Premio Princesa de Asturias es mucho más interesante, las niñas, tan monas, la madre, tan estilosa, el padre, tan guapo- las Olimpiadas, las Fallas, el Premio Planeta, los Patios Cordobeses… ¡yo que sé! será por competiciones…) pero ninguna reacción es comparable a la que despierta el fútbol.

Hasta aquí vale. Allá cada cual con sus entusiasmos… esto es como con la Semana Santa que solo hay que aguantar el tirón unos diítas (los previos, los meros meros y la resaca) y a seguir como si tal cosa, hasta el año que viene. Pues el mundial igual. ¿Que quiere ‘usté’ ponerse el despertador a las 3 de la mañana para vez jugar a Ecuador contra Ghana? Pues vale. ¿Que durante un mes no va ‘usté’ a tener más conversación que el fútbol? Pues vale. ¿Que va ‘usté’ a poner en su balcón la bandera de España más grande que encuentre en el chino? Pues vale (aunque esta ya no me vale tanto, porque esa bandera posiblemente la haya cosido una mujer en Pakistán en condiciones de semiesclavitud y esa compra esté financiando las mafias chinas, que hacen negocio a costa de las necesidades de las personas).

Pero ¿Que me diga ‘usté’ que le va a importar un carajo hacerle la ola a un país que, abiertamente, denigra a las mujeres, a las personas LGTBIQ+ y a las personas migrantes? No. Por ahí no paso.

¿Y sabe ‘usté’ por qué? Porque eso le convierte en cómplice, amigo mío. Porque mirando para otro lado estamos legitimando a un país que no merece ser legitimado sino, más bien al contrario, que debería ser pública y mundialmente denunciado (he aquí mi pequeño granito de arena a tan peregrina empresa).

Yo no sé cómo se gestó esto de que Qatar fuera elegida la ciudad del mundial. Dicen que ahí ya hubo algo turbio… algo he leído de negocios millonarios con Francia y chanchullos varios…  Pero a mi me parece que, si la decisión fue grave, más grave es que desde que se tomó (hace ya unos pocos años) nada haya pasado.

Han muerto 6.500 personas (migrantes y pobres todas, por supuesto) en la construcción de los estadios en los que se desarrollarán los partidos ¿En serio esto era necesario? Y ahora alguien dirá que no fueron 6.500 (lo dice The Guardian, que el dato no lo he calculado yo) sino 2.000… Pues lo mismo me da. Como si fueran 500… o como si hubiera sido solo una, cosa que dudo mucho.

Siento impotencia, rabia, tristeza e indignación al ver que el mundo se vuelca con el mundial, como si nada pasara, premiando a un país donde se vulneran constantemente los derechos humanos, legitimando que esto siga sucediendo y menospreciando a las organizaciones de DDHH y a las personas que están clamando porque el mundo reaccione.

No puedo comprender que nos quedemos impasibles ante un país donde ser homosexual puede acarrearte 10 años de cárcel, tener relaciones extramatrimoniales hasta 7 años (especialmente para la mujer, por supuesto) y denunciar una agresión sexual puede suponer cárcel y latigazos o, por si esto fuera poco, te pueden proponer evitar la pena si accedes a casarte con tu agresor, tal y como le ocurrió a Paola Schietekat hace apenas 1 año.

Siento mucha frustración, lo digo de corazón y me pregunto si esto habría sucedido también si la competición fuera de cualquier otro deporte. Si no será que con el fútbol ya se nos ha ido la mano y todo vale.

Quizá esta es otra razón por la que no me gusta el fútbol.

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1 Comentario

  1. Enrique RC

    Chica, ¡como comparto cuanto dices!.
    Así, ni fútbol, ni pelotas, ni leches!

    Responder

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