Cataluña decide

Defendía Aristóteles que pensamos lo que sentimos. Y que sólo al perder el miedo somos libres. Reducir la cuestión catalana a un capricho es un error garrafal. Cataluña se ha sentido históricamente una nación.

Redacción

Publicado en Octubre 2017 en el Número 7 de la edición impresa


Defendía Aristóteles que pensamos lo que sentimos. Y que sólo al perder el miedo somos libres. Reducir la cuestión catalana a un capricho es un error garrafal. Cataluña se ha sentido históricamente una nación. Ha tenido instituciones propias durante más de la mitad de su historia moderna. Ha intentado en varias ocasiones convertirse en un estado propio, siendo siempre reprimida con intolerancia o violenciaa. La penúltima fue en la Guerra Civil. La última, cuando el PP llevó al Tribunal Constitucional la reforma del Estatut aprobado legalmente en el Parlamento Español en 2006.

El proceso actual en Cataluña tiene mucho de sentimiento. Y también de haber perdido el miedo. Ya no acepta a aquellos dirigentes poco patriotas, poco catalanistas y sí muy corruptos. Ya no les valen los políticos que mientras enviaban dinero fuera de su país pactaban con Madrid las condiciones para domar el sentimiento de nación de su pueblo. En este proceso el mando lo ha tomado la gente para constituirse en una República “social y de derecho”. No es garantía de ocurra, pero así lo quieren. Lo que tienen ahora no es ni República, ni social, ni de derecho.

Desde el Estado se alude a una legalidad que día a día incumplen sus gobernantes. Como a Andalucía se le exigía entrar en la Constitución por el artículo 143. Pero se negó y consiguió la vía avanzada del 151. También, a través de la rebeldía y la desobediencia, el pueblo andaluz se echó a la calle y sufrió la represión del Estado policial. Volvemos a recordar en Paradigma a Manuel José García Caparrós, muerto a tiros el 4 de diciembre de 1977 en Málaga, curiosamente el mismo día de 1868 que el pueblo de Cádiz se alzó en armas para reivindicar la República Federal.

No hay ley que se sostenga si el pueblo no la quiere por injusta. Y, ante esa realidad, caben dos posibilidades: diálogo o represión. Cataluña ha cedido siempre buscando ese diálogo imposible ante la concepción de su territorio como un dominio. El 1-O seguramente ha supuesto el fin a cualquier posibilidad de entendimiento durante muchos años. El dolor en costillas, cabezas, piernas, dedos, pero, sobre todo en el alma del pueblo catalán, tardará mucho tiempo en olvidarse. “El alma es aquello por lo que vivimos, sentimos y pensamos” decía Aristóteles. Seguramente, los y las que defienden la violencia, no saben ni quién fue Aristóteles.

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