Laura Llorca.

Hace poco pudimos disfrutar de una producción en el Gran Teatro de la ópera de Verdi, Otelo, que interpretaba nuestra orquesta. Una obra de referencia por su alto valor musical en la que Verdi, aunque con las limitaciones de su tiempo, consigue plasmar el ambiente emocional que requiere la escena en cada momento con una enorme genialidad.

Cualquiera disfruta del arte en un espectáculo así, como en otras expresiones artísticas, pero… a nosotras nos chirría la historia, y a ellos también, afortunadamente: Un hombre que primero golpea y después mata a su mujer. (Después se suicida cuando toma conciencia del desastre que ha hecho). El caso es que el drama de Shakespeare ha servido como símbolo del trastorno mental que lleva su nombre; el síndrome de Otelo, que es la obsesión paranoica sobre la supuesta infidelidad de la pareja. El famoso drama se asoció a una enfermedad mental, sin embargo no pareció en aquella época paradigmático de la típica violencia machista. Se enfatiza el trastorno mental, y no el acto salvaje, que, de no haber concepto machista en su cabeza, continuaría padeciendo sin tener consecuencias mortales para su pareja.

Es revelador que Verdi, con su arte genuino, nos haya brindado una bellísima aria en la que Otelo está llorando a su “amada” esposa, tan inmóvil, tan pálida y tan… (y ahora un acorde más emocionante todavía) bella! El autor le permite llorar y demostrar su sensibilidad y su “amor” antes de acabar con su propia vida. Es el concepto vivo del sentimiento posesivo del varón sobre la mujer. Si fuese Verdi una mujer, (si le hubiesen dejado dedicarse a la música sin tener que rendir cuentas por los cuidados a todo ser a su alrededor, si le hubiese quedado tiempo para componer unas 10 óperas antes por lo menos), habría y compuesto una parte caótica y horrorosa después de la muerte de Desdémona.

Óperas, zarzuelas, películas, dibujos animados, publicidad, comunicación, novelas, están repletos de mensajes subliminales que calan en nuestros niños y niñas, y en nosotros, día tras día, y van cambiando las mentes y encorsetando los conceptos. Miles de historias en las que los héroes son ellos, y los personajes femeninos en clara minoría, cuando entran en escena, lo hacen para introducir el tema del amor, que es muy rentable. Y casi no nos damos cuenta de que lo que pintan en las historias no es la realidad. Las figuras femeninas que han traspasado el velo del olvido como Federica Montseny, Clara Campoamor, María Pita, Concepción Arenal y tantas otras, nos recuerda que la mujer es así, no como nos intentan hacer ver con todo el arsenal de historias con el que se nos bombardea.

Desde el 8 de marzo de 2018, a pesar del impacto brutal que tuvieron las reivindicaciones de las mujeres, se habló mucho, se prometió mucho, pero ha cambiado muy poco. Después del 8 de marzo apareció la sentencia de la manada, la muerte de Laura Luengo, la misma violencia machista que antes, las mismas leyes, el mismo salario…y la extrema derecha en el gobierno de esta tierra, porque consigue imponer su ideología negacionista y racista.

Estamos viviendo los (no serán los últimos) coletazos del patriarcado capitalista, sencillamente porque ese sistema es incompatible con la tierra, con la vida. Se le acaba el mundo, no hay recursos para mantener ese sistema. Por eso coletea la derechona intentando imponer su dominio de señorito del siglo XIX, revolviéndose como una fiera herida. Pero aquí estamos las mujeres que con este 8 de marzo le decimos al mundo que el feminismo no es “cosas de mujeres” como algunos aún quieren ver en esta huelga. Ahora es ya cosa de todos, si no entramos todas también y cambiamos el sistema, el mundo no va a poder seguir.

Ese día no te puedes quedar en casa, dile al mundo que ha de cambiar de una vez, que cada vez será más difícil revertir el daño. Dile al mundo que ya está bien de Otelos!