Amelia Sanchis Vidal.

Desde pequeña, siempre me fascinó elegir. Quería elegirlo todo. Con 5 años le pregunté un día a mi madre, ¿cuándo se elige el color de la piel? La pregunta venía a cuento de unos cromos que estaba coleccionando, sobre razas y costumbres, y había decidido ser hindú. Su color me tenía fascinada, no conocía nadie de ese color y pensé que, así, no me quemaría al sol. Mi madre sonrió y me dijo que el color de la piel no se elegía, ya tenía el que me había tocado. Fue una decepción. A los 11 años, otra pregunta importante me rondaba por la cabeza y le pregunté a mi madre, ¿cuándo podré elegir si quiero ser niña o niño? Mi madre, otra vez con una sonrisa, me dijo que yo era chica. Indignada, le dije, ¿hay algo que pueda elegir? Mi madre contestó: estudia, cuanto más sepas, más podrás elegir cuando seas mayor. La respuesta me dio esperanza de futuro y una poderosa razón para estudiar.

Años después, poco antes de cumplir 18, le pregunté a mi madre, ¿por qué es tan difícil cambiar de religión? Mi madre, esta vez sin sonrisa, me preguntó ¿quieres cambiar de religión? No, le contesté, es que ya no la siento mía, no me sostiene. Me miró fijamente, y dijo: “esa decisión te marcará toda la vida, dentro o fuera, la Iglesia marca la moral”. Lo que no sabíamos ninguna de las dos es que, años después me dedicaría a investigar sobre las cosmovisiones profanas y sagradas desde la perspectiva de género y comprobaría lo poco que pueden elegir muchas mujeres.

El patriarcado, a pesar de la igualdad ante la ley, sigue manteniendo a las mujeres en papeles secundarios. Tan solo tenemos que asomarnos a la televisión para comprobar tres cosas:

  1. Las noticias nos recuerdan que a las mujeres nos matan por el hecho de ser mujer. Parece que, como somos tantas tampoco es tanto. Las manifestaciones en las calles, las protestas y las acciones de formación y sensibilización se realizan gracias a grupos feministas organizados localmente.
  2. Las noticias nos recuerdan que las tradiciones, por todo el mundo, son importantes para mantener el orden social. Las imponen varones desde las religiones, generalmente, pero las mantienen las mujeres. Luego, serán los anuncios, películas o libros, los encargados de fijar en el imaginario colectivo cómo tenemos que vestirnos, sentir, o ponernos enfermas.
  3. Las noticias también nos recuerdan que los deportes masculinos merecen más tiempo que los femeninos. Y mejores sueldos, y mejores billetes de avión, incluso unos trofeos más grandes que los merecidos por las chicas en igual categoría.

Las mujeres hemos asumido mucha responsabilidad, pero poco poder y cuando una mujer llega al poder lo hace cansada. Menos mal que nos queda el humor, incluso para sonreír cuando se oye ese paternal “paciencia, ya llegareis”. Quizá es que no queremos llegar arriba, quizá es que queremos que no haya arriba, quizá es el momento de gestionar, como hemos hecho las mujeres, con más responsabilidad, menos poder y más diversidad.

Desde los “conocimientos situados”, tan alejados de las ciencias neutras, intentamos detectar las múltiples violencias que se sufren en la cultura, los usos sociales, el lenguaje, la legislación o las instituciones. La violencia estructural no deja ni huella, pero predispone para que cuando lleguen los golpes, los que dejan huella, ya estemos acostumbradas al maltrato de baja intensidad.

Hay que formar en igualdad entre mujeres y varones, desde donde se pueda erradicar el maltrato y, hay que comenzar en los colegios, lugar idóneo para estudiar sexualidad, afectividad, feminismo y ética, porque son elementos comunes que unen a las personas como ciudadanas. Quizá ha llegado ya el momento de plantearnos, en un Estado aconfesional, que sus aulas no son el lugar idóneo para la enseñanza de la religión desde su dimensión confesional. Como tampoco lo serían los templos para la enseñanza de la Constitución, la ética o el feminismo. En los colegios hay que formar a las personas en su dimensión de ciudadanas. En los templos se pueden formar a las personas en su dimensión de creyentes.

De otro lado, las mujeres están relegadas en los puestos de toma de decisión de la mayoría de las religiones, tal como sucede en la Iglesia católica, que no ostentan cargos de poder, aun siendo numéricamente casi tres veces más que los varones; lo mismo pasa en la religión musulmana o en la judía ortodoxa. Estos datos son relevantes por múltiples razones, pues los conceptos jurídicos indeterminados como la moral pública se acaba construyendo, sobre la base de la moral católica. Es decir, sobre un sistema de valores donde la mujer es considerada para trabajos de cuidados, no remunerados, como madre, abnegada esposa o como monjas perpetúas menores de edad, pero no tienen posibilidad para elegir lo que los varones han elegido para ellos. No reproduciré lo dicho por la Jerarquía eclesial católica respecto a la ideología de género, pero eso también es violencia.

A pesar del trabajo esforzado y meritorio de muchas mujeres dentro de cada una de las confesiones religiosas, desde la teología y otros abordajes conceptuales, es poca la repercusión que tienen en sus respectivas confesiones religiosas. Sufren violencia estructural dentro de sus instituciones, tratándolas en “condiciones de semiesclavitud” como quedó detallado por l’Observatore Romano. Sufren acoso laboral y sexual, y la brecha salarial entre el trabajo que realiza un obispo o una religiosa no llega a ser un problema porque ni se plantea. Hay mujeres esperanzadas, dentro de las confesiones religiosas, que trabajan para que las cosas cambien desde adentro. La fe, la espiritualidad, es muy importante para millones de personas y eso no es patrimonio de las confesiones religiosas y menos de las jerarquías de ninguna confesión. La autonomía ha venido para quedarse, en las cosmovisiones también.

Con toda esta variedad dentro del movimiento feminista, y lo hemos hablado mucho las que ya somos viejitas, necesitamos seguir gestionando la diversidad con cariño y con humor. Llevo casi 40 años en Córdoba y me sigue llamando la atención el fuerte compromiso social de la ciudadanía a través de la diversidad asociativa. Diversidad ideológica que toma el espacio público “a su manera”. Una riqueza que nos retroalimenta y que las mujeres hemos gestionado con la asociación de asociaciones (plataformas o redes), para fortalecernos aún más.

En Córdoba tenemos la suerte de contar con una genealogía violeta que es tan diversa como antigua. Se puede participar en distintos grupos y, considero, que el denominador común no es la ideología, ni la religión, ni el sexo, ni el color de la piel, son las mujeres trabajando por y con otras mujeres. Creo que todas tenemos ideología, cosmovisión, género y piel, pero ya no queremos repartirnos más migajas, queremos repartir las risas, la riqueza, el tiempo productivo y el reproductivo. De ellas, de mis compañeras de viaje, he aprendido mucho desde que dejé de hablar para escucharlas más, y siento una profunda admiración. He encontrado mujeres militando en todas partes, tan sabias y trabajadoras que sé que nuestra diversidad es la mayor de nuestras riquezas. También me han enseñado que el poder está abajo, cercano a la tierra, pero que el poder patriarcal duele y hay que educar, educar y educar para que no se eduquen violentos. Por eso hay que estar unidas personas e instituciones para trabajar contra la violencia machista, contando con niñas y niños, jóvenes, mayores y muy mayores para que cuenten su aprendizaje vital. Es lo mejor que tenemos para prevenir muerte y orfandad.

De otro lado, hay otra cuestión relevante que viene de la mano del feminismo, es la gestión de la diversidad y la Plataforma Cordobesa Contra la Violencia a las Mujeres es un ejemplo de buenas prácticas. En Córdoba, en el año 2000, durante las “Jornadas Feminismo.es… y será”, como relata Nuria Varela, se festejaron tres realidades y un término:

  1. En realidad, no hay problema dentro del feminismo, entre la doble militancia ni entre el feminismo de la igualdad y la diferencia.
  2. La participación mujeres jóvenes hicieron realidad el título de las Jornadas. Tras el #meetoo, somos tres generaciones de mujeres trabajando por la igualdad, la no discriminación y, sobre todo, por la erradicación contra la violencia machista.
  3. En toda actividad humana el feminismo ya está trabajando desde el activismo a la investigación y, así, se asegura la retroalimentación en todos los campos, desde el deporte a la religión.
  4. El éxito del “feminismo difuso”: incluye a quienes no se reconocían feministas, porque socialmente estaba mal visto y que, ahora, incluye a quienes se reconocen como tales, porque está socialmente bien visto.

Coincido con Justa Montero cuando dice que nadie le ha regalado nada al Movimiento Feminista, lo único que se puede hacer es memoria colectiva para que se sumen quienes quieran al Movimiento, pero consignando sus aportes: acciones o movimientos reivindicativos, estudios, datos estadísticos, políticas o legislación. Desde una formulación concreta podremos hacer memoria y construcción colectiva feminista.

Muchas mujeres y algunos hombres, trabajamos en busca de la igualdad de derechos; esa igualdad que se rompe en añicos cuando matan a mujeres por el hecho de serlo, ante un Derecho que también se vuelve violento cuando “banaliza el mal” como dijo Hannah Arendt.

También fue ella, la que dijo que “si legalmente la mujer tiene los mismos derechos, en la valoración social no es así. Esto se refleja económicamente en que en muchas profesiones la mujer trabaja con sueldos considerablemente más bajos que los del hombre. Si trabajase en las mismas condiciones salariales, ella volvería a perder —en virtud justamente de esa valoración social—, y especialmente hoy, su lugar en la vida laboral Lo cual significaría a su vez una evolución directamente reaccionaria, pues la independencia de la mujer es en primer lugar una independencia económica respecto del hombre. A esta paradójica situación —por mor de la igualdad de derechos tener que renunciar a una parte de la igualdad de derechos— sólo escapan las llamadas profesiones de alto nivel, como médicas, abogadas, etc., que en el porcentaje total no tienen mayor relevancia, por mucho que deban sus derechos al movimiento feminista en sentido estricto. La mujer trabajadora es ya un hecho de la vida económica, y codo con codo con él marcha la ideología del movimiento feminista.”.

Y uso sus palabras porque quiero remarcar otra vez la importancia de la violencia estructural, y de su erradicación, para combatir la violencia física. Necesitamos del movimiento feminista, de las asociaciones de mujeres, de las activistas, de las estudiosas feministas para trabajar juntas y revueltas, para ir superando violencias estructurales y físicas. Necesitamos ser mestizas, cada vez más.

Oír la repulsa de niñas y niños hacia la violencia de género es una esperanza fundada de que el machismo disminuirá entre la gente más joven. Cada vida cuenta y nada es natural, los derechos se aprenden, tratar a las personas con respeto y dignidad se aprende, la espiritualidad se aprende, y si una tradición degrada a un ser humano hay que cambiarla porque todo es susceptible de mejora.

Mi madre fue católica, sus valores siempre estuvieron presentes en su vida. Ya al final, muy enferma, empezó a dudar de que fuera necesaria tanta abnegación, por parte de las mujeres, para ir al cielo. Creo que ella necesitaba en la tierra, en ese momento, algo que su Iglesia no le estaba dando. Un día me preguntó, ¿tú crees que Dios está más allá de la Iglesia? Tu Dios lo ve todo mamá. Ella sabía la respuesta, como también supo que el silencio ya no la protegía, Audre Lorde le había prestado las palabras que no encontró durante muchos años, y cuando la descubrió me preguntó ¿el feminismo se estudiará alguna vez en los colegios? Sonriendo, le contesté, eso espero, en eso sí tengo fe.

(Basado en el usado en el Pleno Extraordinario contra la Violencia de género). Gracias a la Plataforma Cordobesa Contra la Violencia a las Mujeres, por su trabajo para erradicar la violencia machista, por ser ejemplo de que la diversidad se puede gestionar y hacer de ella virtud, y por darme una oportunidad para la reflexión. Otra vez gracias.

(*) Profa. Derecho Eclesiástico del Estado. UCO.