Carola Reintjes.

Querida Laura,

Ayer lloramos tu muerte, hoy lloramos la vida.

Aunque todas y todos somos Laura, ya no podemos solidarizarnos contigo en vida, la muerte te ha arrancado, jóven, cruelmente jóven, de toda una vida por delante, dedicada a la sociedad, a la educación de generaciones futuras como profesora, para ayudar a mejorar este dichosamente pervertido mundo. Ayer lloramos tu muerte.

Hoy lloramos la vida.
No entendemos como una sociedad de bienestar, una civilización supuestamente basada en valores éticos, con una Declaración Universal de Derechos Humanos, no sobrepone el derecho a la vida al drama de la muerte. 68 muertes en lo que va de año, según el computo de la Plataforma cordobesa contra la violencia a las mujeres, 13 de ellas en Andalucía.

Hace pocas semanas se reunieron familiares de personas desaparecidas en Córdoba para sensibilizar sobre esta lacra y sus graves consecuencias para las familias afectadas. Varios familiares me comentaron que en muchos casos hay sospecha fundada de que detrás hay crímenes de violencia de género, porque en más de un caso había situaciones de maltrato y denuncias anterior a las desapariciones y contundentes indicios, como graves amenazas el día anterior a la desaparición, pero al no encontrar los cuerpos, se computan como desapariciones, no muertes, “casos” abiertos que no dejan descansar a las personas afectadas. El gigante drama social de la violencia de género aumentaría dramáticamente si sumásemos casos de personas desparecidas a las estadísticas de violencia de género.

Esta mañana estamos escuchando que la muerte de Laura tiene ya un presunto culpable, un sospechoso del asesinato. Pero viendo las cifras escalofriante de muertes por violencia de género, me pregunto si no nos toca una responsabilidad subsidiaria, como civilización – supuestamente – avanzada, y sociedad progresista.  Desde nuestra cosmovisión nos atrevemos a juzgar a otras culturas y religiones, en su trato a las mujeres. Y me pregunto: ¿Hay peor trato que la muerte?

Y, con la cifra de mujeres asesinadas más alta justamente en nuestra Comunidad autónoma, me sigo preguntando:  ¿qué estamos haciendo mal, tan nefastamente mal, en esta tierra querida, para que justo donde más cultura ancestral de señoritos y amos hemos tenido más muertes por violencia de género tenemos?  Es obvio que no hemos sabido librarnos de una cultura muy arraigada de privación de derechos y de opresión. A lo contrario, al no poner remedio, entre mujeres y hombres, para revertir el drama social de la violencia y opresión, en sus tantas formas, y de manera muy especial la violencia machista, mostramos que hemos asimilado la cultura de amos y señoritos que tanto daño ha hecho a esta tierra querida, y – lo que es peor – el silencio y la pasividad nos hacen cómplices, como responsables subsidiarios.

Ayer lloramos tu muerte, Laura.  Hoy lloramos la vida. 
                                                           ¿Y mañana…?