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Viernes noche, la muerte del cine
Los santos inocentes, el miedo como arma de control

17 diciembre, 2021

Natividad Serena Rivera

Nos encontramos ante la Extremadura rural y caciquil de los años setenta donde esta adaptación de la novela homónima de Miguel Delibes (1981) nos plasma la vida de una familia de campesinos en una situación de sumisión y opresión, ante los señoritos y dueños de la finca en la que trabajan. Régula, su marido Paco «el bajo» y su hermano Azarías, van a vivir en unas chabolas donde comparten espacio con los animales, una situación de servidumbre desde una estratificación social jerárquica propia de una tiranía donde, como herencia del régimen franquista, se va a imponer los conceptos de obediencia y autoridad por encima de todo. Así pues, con este filme se trata de transmitir, al igual que ocurría en The Stanford Prison Experiment (Kyle Patrick, 2015), la maldad a la que pueden llegar ciertas personas, destrozando vidas ajenas por poder y/o capricho, como ocurre con el personaje de Iván.

Asimismo, cabe señalar que en este filme se muestra la contraposición entre el campo y la ciudad, siendo esta última mediante el desarrollo industrial, la única posibilidad de ser libres y de prosperar que encuentran los personajes, sirviendo este hecho para romper con los valores arcaicos e inmorales de los señoritos. Hay que destacar que el estreno de la película el 4 de abril de 1984 llega en el momento de instauración de la democracia, siendo este un contexto histórico nuevo respecto al de rodaje, presentando una gran lectura en clave política y un engranaje social de la etapa de la dictadura franquista (pobreza y analfabetismo de la España rural), planteando cierta mirada antropológica mediante los personajes y las relaciones que estos plantean -película de personajes- y siendo, al fin y al cabo, un crudo retrato de la España negra de los años 60 plagado de los arquetipos sociales de la época. Es por ello por lo que encontramos diversos premios que ha conseguido el filme como a mejor interpretación tanto en el Festival de Cannes en 1984 (Alfredo Landa y Francisco Rabal) como en Fotogramas de Plata o los Premios ACE de Nueva York, además de una mención especial en el Jurado Ecuménico Internacional y el premio a mejor película por en la 40ª edición de las medallas del Círculo de Escritores Cinematográficos.

El clima general de la película es bastante tenso y asfixiante en cuanto a la moralidad que se presenta en la obra, ya que encontramos situaciones de dominación y de abuso laboral y psicológico de varios de los personajes, lo cual incluso se puede comparar con un sistema feudal y esclavista pese a encontrarnos en los años 60. También cabe señalar dentro de este filme costumbrista ciertas situaciones de carácter intimista (y a veces escatológicos) al plasmar la psicología de los personajes mediante sus actos, pretendiendo con esto que el propio espectador sienta compasión y pena ante la situación que está ocurriendo. Bien es cierto que la violencia se plasma a lo largo de toda la película de una forma u otra, pero cabe destacar que los momentos de caza en los que matan decenas de animales son de máxima crudeza, presentando cierto desafío para el espectador. En cuanto al manejo de los tiempos encontramos que la estructura clásica y lineal (introducción, nudo y desenlace) no se respeta, sino que el audiovisual va dando diversos saltos temporales a lo largo de la narración, presentándonos fragmentos del futuro de los personajes (flash forwards) sin que el receptor de la obra los pueda llegar a comprender aún. A pesar de ello, el ritmo del filme es reposado, ya que el uso de diversos planos generales de la campiña extremeña, hace que la historia se pause en ciertos momentos.

Dentro del lenguaje verbal empleado por los diferentes personajes encontramos el típico vocabulario de unas personas de campo que no han podido recibir una educación, es decir, un léxico más cerrado, con uso de palabras malsonantes y muletillas y una clara resignación a la servidumbre -mediante frases como «a mandar«-, lo cual se enfrenta directamente al lenguaje más refinado que presentan los señoritos, el cual podemos comprobar que está aun así plagado de dobles lecturas, sobre todo en los diversos diálogos que tiene Iván. De igual manera, el uso de las faltas de respeto, sobre todo cuando los señalan como analfabetos o cuando se refieren a Azarías como retrasado de forma despectiva, podemos comprobar que proviene de la “alta clase”, aquellos que deberían dar ejemplo, y los cuales menosprecian e insultan a sus propios trabajadores, a los que tratan como criados, creyéndose que pueden decidir sobre sus vidas y sus destinos como el hecho de no dejar que los hijos de Régula y Paco vayan a la escuela o cuando Iván tras vez que Paco se ha roto la pierna le dice que tiene mucha mariconería, que trabaje, sabiendo que aun así se quedará tullido para el resto de su vida y haciendo caso omiso a sus gritos de dolor, no mostrando ningún ápice de compasión ni siquiera de afecto que no vaya más allá de la superficialidad, como ocurre con el personaje de la Marquesa en la escena en la que los criados le gritan palabras de agradecimiento desde abajo del balcón, pudiendo encontrar en este contraplano la gran superioridad con la que estos son tratados y ninguneados. Pero bien es cierto que estos personajes, los sirvientes, gente honrada que no tiene a donde ir, se resignan a vivir en estas condiciones donde incluso son vapuleados, permitiendo estas relaciones asfixiantes donde encontramos sentido de propiedad sobre las figuras de los trabajadores.

En este punto del análisis cabe destacar la figura de Azarías, persona de avanzada edad con deficiencias mentales, con zafias costumbres y completamente puro e inocente -presentando casi una mirada infantil a la obra- que tiene una estrecha relación con los animales y con la naturaleza en general, incluso mimetizándose en ciertas ocasiones con ella. Este personaje va a ser el que ponga fin a esta actitud de depravación cuando asesinan lo poco que le da felicidad en la vida, su mascota Milana, un grajo que lleva tiempo amaestrando. Pese a que su hermana y su cuñado no cuenten con ningún asomo de rebeldía para no poner en peligro el poco sustento que ganan, Azarías acaba con el tirano Iván urdiendo un plan completamente en silencio proveniente de un gran deseo de venganza y como acto de justicia. Tras este asesinato, el matrimonio es despedido y expulsado del cortijo y tiene que malvivir, situación no tan diferente a la que se encontraban; Azarías es confinado en un sanatorio mental y sus sobrinos se marchan a buscarse la vida a la capital, ya que estos dos personajes eran los únicos que desde el principio son capaces de reconocer la maldad y el estado de podredumbre de los señoritos.

En cuanto a un análisis más estético encontramos que la caracterización de los personajes es muy importante ya que nos sirve para diferenciar esa jerarquía solo por sus ropajes, siendo los de los sirvientes retales rotos y desgastados. Además de señalar que la estructura del guion presentada por capítulos, donde cada uno se centra en uno de los personajes de la historia, aporta un toque diferente a la pieza; el uso de los colores predominantes verdes y marrones apagados frente al desaturado azul del cielo y la grisácea niebla -típicos de la campiña extremeña-, bien podría recordar a la oscuridad de las obras de Goya.

Los títulos, tanto los iniciales como los finales están plagados, al igual que diversas secuencias del filme, de numerosa simbología, encontrando, por ejemplo, en el opening esa alegoría con la liberación con la que cuentan la propia figura del pájaro, lo cual se contrapone directamente con los iniciales y con la figura del búho encerrado. Dentro de este simbolismo hay que señalar ciertas referencias que me han llamado la atención como son aquella que vinculan directamente a Azarías y a “la niña chica” -la cual sufre una enfermedad que la paraliza- con la figura de La Piedad (Miguel Ángel, 1498), la cual sujeta la figura de Jesús sin vida, lo cual guarda estrecha relación con la composición que encontramos en el filme plagada de devoción y sentimiento. De igual manera, encontramos también cierta intertextualidad entre la escena de banquete del filme con la que ocurre en la obra fílmica Viridiana (Luis Buñuel, 1961), lo cual se relaciona directamente con la simbología religiosa, pretendiendo así, cierta contraposición simbólica con la que Camus pretende lanzar significados.

En último lugar cabe hacer hincapié en la transducción de la obra literaria a la pantalla, lo cual no solo consiguió una enorme recaudación para la época (523.904.485 pesetas) y una gran proyección nacional e internacional, sino que llevó a la fama también a la obra escrita, sacándola del ámbito académico al que estaba excluida. Esto es debido a la importancia de los contextos del filme, tanto de su plasmación en la pieza (segundo franquismo) como de su proyección en la pantalla (inicios de los joven democracia) donde mediante el uso de la metáfora podemos entender la decadencia del franquismo, sobre todo mediante la ruptura del relato que plantean los hijos al marcharse a la ciudad, manifestando así una vicisitud en el orden dictatorial establecido. En este punto, hay que indicar que Mario Camus ha realizado varias adaptaciones a la gran pantalla como es el caso de Young Sánchez o Los pájaros de Baden-Baden (ambos relatos de Ignacio Aldecoa llevados al cine en 1963 y 1975, respectivamente), La Colmena en 1982 (Camilo José Cela, 1951) o La casa de Bernarda Alba en 1987 (obra teatral de Federico García Lorca, 1937), entre otras.

Así, se nos presenta una gran adaptación cinematográfica a modo de denuncia sobre el abuso del poder, un grito sobre la capacidad del ser humano para ser humillado sin posibilidad de réplica donde el miedo va a ser usado como arma de control, presentando así un tema universal como lo es la dignidad humana y planteando que incluso los campesinos más fieles tienen sus límites.

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