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La mirada de...
Hablamos de Marta Barreira
Que se pare el mundo, que me quiero bajar

8 abril, 2022

Marta Barreiro Sevillano. Feminista, activista e inconformista.

Que el mundo es un lugar globalizado es una obviedad como la copa de un pino. No les descubro nada nuevo con esta afirmación, lo sé.

Que no todo en la globalización es malo, también tiene su parte de cierto. Gracias a nuestra “aldea global” conocemos el cine, la literatura, la música y todo tipo de expresiones culturales de diferentes lugares del globo, podemos disfrutar de la comida nicaragüense, thailandesa o tunecina y hemos añadido a nuestro vocabulario nuevas palabras y expresiones, por poner solo algunos ejemplos.

Yo misma pude lucir una temporada una magnífica melena de trenzas africanas (hechas por mujeres guineanas) con las que durante un breve lapso de tiempo dejé de aguantar bromitas del estilo de las que aguanta la mujer de Will Smith, con la diferencia de que, afortunadamente, no he tenido nunca cerca a ningún machote dispuesto a darle una bofetada a la primera persona que me llamara Teniente O’Neil o Sinead O´Connor (los apelativos eran diferentes porque hablo de hace ya unas décadas, pero eso es lo de menos porque el fondo de la cuestión es el mismo).

Que, a todo esto, mucho se ha escrito y hablado de la violenta reacción de «el bueno de Will«, de lo bocazas que resultó el presentador, de los memes a los que la situación ha dado pie o de las reflexiones que desde el feminismo se han hecho de la necesidad de algunos machos de “defender” a sus hembras sin que ellas transmitan la más mínima necesidad de ser defendidas o de la forma de “defensa” elegida por el «homus testosteronus» común. Sin embargo, me da la sensación de que poco se ha hablado de por qué el hecho de llevar el pelo corto, muy corto, puede ser motivo de burla o de insulto hacia una mujer.

Tantos siglos de avances, de luchas y de reivindicaciones… para que la melena siga siendo el signo de feminidad por excelencia y que, por tanto, carecer de ella pueda ser motivo de mofa y de vergüenza… ¿En serio? ¿En pleno siglo XXI?

Ahora resulta que en este siglo los hombres pueden llevar el pelo largo, corto, teñido o con moño pero las mujeres no pueden ir rapadas. A las mujeres se nos exige llevar melena y si tenemos un problema capilar o, simplemente, nos da la gana de estar cómodas y llevarlo corto somos raritas, lesbianas, estamos enfermas o nos pasa algo (soy consciente de que estas cuatro cosas no tienen nada que ver las unas con las otras y puede resultar extraño mezclarlas en una misma frase, pero esto es así, literal. Os aseguro que a mi han llegado a decirme una, o varias, en una misma conversación).

Y por eso me puse las trenzas… para experimentar qué se sentía y ver si así era un poco más mujer que antes. ¡Gracias “oh diosa globalización” por hacerme mujer!. Aunque en mi caso resultó que no, que además de enredarme en la cama por las noches y de que no me cupiera el gorro de la piscina, pocos cambios más hubo en mi ser antes de las trenzas y después, con ellas. Me gustaban, pero no me transformaban.

Pero no he venido yo a hablar de mi pelo, ni de mi ausencia de pelo, sino de este mundo del que, a veces, me dan ganas de bajarme en marcha porque o no me gusta, o no lo entiendo.

Llevo un tiempo dándole vueltas (de nuevo) a esto de la globalización porque desde hace un par de meses las cosas del destino me han llevado a acercarme a la situación de las jornaleras temporeras de los frutos rojos de Huelva. Y desde hace un par de meses no puedo dejar de estar preocupada por esta realidad tan cercana como desconocida. Créanme si les digo que la esclavitud existe y que está a la vuelta de la esquina.

Todo el mundo sabe que la globalización nos permite intercambiar, mezclarnos, tener más diversidad… si, muy bien, precioso todo… pero creo que también vamos teniendo cada vez más claros los peligros que entraña, especialmente cuando el intercambio no se da en condiciones de justicia y equidad. Cuando en nombre del capital se sobrepasan todos los límites: Los del planeta, los de la dignidad humana y los de la salud.

Cada año, en el mes de febrero llegan a Huelva aproximadamente 80.000 personas que estarán allí, si todo va bien y no son despedidas antes por cualquier motivo absolutamente injustificado, hasta finales de junio. De ellas, el 80% son mujeres. Vienen mayoritariamente de Marruecos pero también de Senegal, Europa del Este y, últimamente, Honduras.

Estas mujeres son “las elegidas”. En sus países de origen se les cuenta el cuento de que tienen la suerte de salir de su situación de miseria, que durante unos meses van a tener un trabajo en España, cultivando fresas. Un trabajo legal, con su contrato, su permiso de migración, su cotización a la seguridad social, su salario mínimo interprofesional y su todo. Ellas, albergando la esperanza de un futuro mejor para sí mismas y sus familias, aceptan encantadas (¿y quién no lo haría?). Total, solo serán unos meses, bien pagados, con sus derechos, con papeles, con vivienda y junto a un montón de compañeras más… No pasa nada si no me permiten viajar con mis hijos o hijas, no pasa nada si no entiendo el idioma, no pasa nada si me han hecho firmar algo que nadie me ha traducido, no pasa nada si solo han elegido a las más pobres y con menor formación. No pasa nada. ¿Qué va a pasar?

¡Pues pasa, vaya si pasa!

Pasa que las eligen madres, viudas o separadas preferiblemente, porque la obligación de ocuparse de sus hijos e hijas es el aval que garantiza que volverán a sus países una vez que hayan dejado der ser útiles al mercado global europeo. Vaya que a alguna se le ocurra creerse ciudadana de derecho en la Europa del siglo XXI.

Pasa que las eligen analfabetas, rurales y pobres porque son más fáciles de engañar y de explotar, porque las condiciones de las que les hablan en sus países de origen no se van a cumplir al llegar a España y necesitan mujeres a las que convencer de que lo mejor para ellas es aguantar y callar.

Pasa que las eligen suficientemente mayores como para tener descendencia con la que chantajearlas, pero suficientemente jóvenes como para resistir largas jornadas de trabajo, en posiciones ergonómicamente dolorosas, a altas temperaturas y sin agua (no se puede meter una botella de agua en el invernadero porque si durante la recolecta se moja la fruta, se estropea… por lo visto si la mujer recolectora “se estropea” eso no es problema).

Las vulnerables de las vulnerables, las triplemente excluidas, por ser mujeres, por ser extranjeras y por ser pobres. Esas son las mujeres que ponen las fresas en nuestras mesas. Las nadies. Usan sus cuerpos y las devuelven. Sin más.

Así que para que en los mercados europeos se puedan ofertar las más grandes, brillantes y rojas fresas, al mejor precio posible, hace falta un mundo global, con un mercado global, que exige que esas fresas viajen miles de kilómetros, desde Huelva, donde decenas de miles de personas (en su mayor parte mujeres, insisto) trabajan y viven en situación de semi esclavitud.

Hemos hecho de la alimentación un negocio donde se mercadea con todo, incluyendo los cuerpos y las vidas de las mujeres. El sistema alimentario necesita la inequidad, la injusticia y la explotación humana y ambiental para existir. No estamos hablando de un problema puntual o de un caso aislado, no nos engañemos, estamos hablando de una estructura, de un sistema que tiene un objetivo económico cortoplacista y que, para alcanzarlo, va a arrasar con toda la vida que encuentre a su paso, en Huelva, en Almería, en Murcia o en cualquier rincón del planeta. No quiero sonar dramática, pero no sé describirlo de otra forma.

La globalización no es más que el escenario necesario para que este modelo económico capitalista campe a sus anchas por el planeta y se lleve por delante todo lo que encuentre.

Todo el mundo está sintiendo en sus carnes estos días cómo la guerra en Ucrania ha puesto en jaque la producción de una buena parte de los granos con los que se alimentan los cerdos que posteriormente se venden a China para recibir un dinero con el que se compra petróleo a Rusia para que la maquinaria de la cadena agroalimentaria intensiva no pare y se puedan continuar contaminando y expoliando los acuíferos de Doñana para producir fresas y trasladarlas a Alemania para recibir un dinero con el que montan cadenas hoteleras en Honduras en las que se mal-contrata a mujeres que cuando se hartan de ser explotadas viajan a España tratado de buscar una oportunidad de futuro y que acabarán recolectando fresas en algún pueblo de Huelva.

Sí. Así. Del tirón y sin comas. Así funciona el sistema y así es la maquinaria de la globalización.

Que yo me ponga trenzas en una peluquería regentada por mujeres de Guinea Ecuatorial, a priori, no tiene nada de malo. Si pago el precio justo y doy el justo valor a ese trabajo, no tiene nada de malo. Lo malo es que esa es solo la punta del iceberg. Un iceberg que, como el planeta, se derrite, se resquebraja y, en ocasiones, va a la deriva.

Por eso hay momentos como éste (volviendo de Huelva con el corazón un poquito encogido y la rabia y la vergüenza un tanto ensanchadas) en que me dan ganas de gritar “¡Que se pare el mundo, que me quiero bajar!”

Mañana me repondré, pensaré en las alternativas: la soberanía alimentaria, el consumo responsable, el decrecimiento, el ecofeminismo, las alianzas en la lucha por la defensa de los derechos laborales y humanos, el activismo y un largo etcétera.

Mañana volveré a levantarme con ganas de contarle a mi hijo que la clave está en poner la vida en el centro. Que el problema no es que el planeta y sus recursos sean demasiado pequeños y finitos sino que la ambición es demasiado grande. Que como personas consumidoras no somos responsables pero tenemos mucho poder y podemos ejercerlo en una u otra dirección. Que frente al capital contamos con la ética. Que no estamos solas defendiendo la vida. Que existen otros modelos económicos posibles. Que no es de locas pensar que una mujer con el pelo rapado es igual de mujer que una con melena, del mismo modo que no es de locas querer que el equilibrio de los ecosistemas esté por delante de los intereses de las empresas o que las personas tengan derecho a un empleo digno y a que se respeten todos sus derechos, sean de donde sean y del género que sean.

No estamos locas.
Pero a veces dan ganas de decir… que se pare el mundo que me quiero bajar.

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