Remedios Gómez: la memoria recobrada (I parte)

José Manuel Matencio Ojeda.

Habíamos quedado para tomar café en algún bar cercano al Centro Cívico de Cruz de Juárez, yo iba con la intención (y se lo dije) de decirle a Remedios que, por fin, los once de Santa Cruz (entre ellos su padre y un hermano), tendrían su reconocimiento en una placa con sus nombres por parte del Ayuntamiento de Córdoba; que se le haría un acto el día 10 de Diciembre de este año 2018, día en el que se conmemora la Declaración Universal de los Derechos Humanos en su 70 aniversario.

Aproveché la oportunidad para decirle que si se le apetecía contarme todos sus recuerdos infantiles y juveniles. Su disposición fue rápida y espontanea Ella, a pesar de sus años (86-87), se siente vivificada por las muestras de cariño y afecto que recibe allá por donde se encuentra; su interés por conocer, asistir a reuniones de la Memoria, estar al día de cualquier acto o reunión de la Plataforma acompañada de su hijo Julián, muestra su carácter y su determinación de no cejar en este camino de dificultades, que, en su intención última es, encontrar a su padre y a su hermano que un día de Julio de 1936, los asesinaron e hicieron desaparecer.

Empezamos nuestra conversación, y con ella, su relato:

-Los primeros recuerdos que tengo es de cuando mi madre se entera que se han llevado a mi padre y a mi hermano del pueblo de Santa Cruz-me aclara-. Mi padre-sigue diciendo Remedios-, dormía en una era, y mi hermano también (en ese tiempo las faenas del campo había que sacarlas adelante con prontitud y, dormir en la era para aprovechar todas las horas del día, era lo habitual), que estaba cerca de la casa de una tía mía. Por la mañana, después de levantarse y mi madre se entera de que se han llevado, a mi padre y a mi hermano, a Montilla, coge una bestia y con otras mujeres del pueblo, ponen rumbo a Montilla, allí le dicen que no está, que se lo han llevado a Espejo; camino de Espejo lo que estas mujeres sienten es desolación bajo un sol de justicia que no les perdona. Camino del cuartel de Espejo, nada bueno presagian aquellas mujeres que buscan a sus maridos. Y allí, ve atados a su marido, mi padre, y a su hijo, los dos a pleno sol en este mes de Julio, en el patio del cuartel de la guardia civil. Están atados y tirados en el suelo. Cuando se puede acercar a ellos, mi padre le dice, con una voz que casi no percibe: coge los niños y te vas del pueblo lo más lejos que puedas. Mi madre aterrorizada, silenciosa y triste se vuelve a Santa Cruz a recoger a sus niños que los había dejado en casa de unos familiares. Desde allí empezamos el peregrinaje, nosotros y algunas familias más, hacia Jaén (o eso decían); fue un camino largo y lleno de dificultades, pero sobre todo, lleno de miedo; lo hacemos andando, no llevábamos bestias ni animales que soportaran la carga (si es que llevábamos algo de carga).

Yo solo tengo entonces 4 añitos-sigue contando Remedios-, pero a partir de aquí, me vienen a la memoria todos los recuerdos de aquellos días-nos sigue diciendo:-Tengo todos los recuerdos en mi memoria. Mi hermana, que solo tiene 14 años, empieza a llorar, mi madre también lloraba. Yo, seguramente contagiada de ellas, empecé una vida de llanto; y todo esto se me va quedando grabado, en la memoria, y es que a partir de aquí, mis recuerdos no se confunden y son nítidos como el primer día. Son los recuerdos de una niña que solo tiene 4 años, y todos estos recuerdos se le agolpan, entre ellos la sed, el hambre, el camino, hacer las necesidades donde podíamos, o dormir en cualquier recacha a cubierto

-Todo lo recuerdo-sigue diciendo-, aunque lo más necesario era huir y huir. Huir hasta llegar a Jaén; y en el camino hasta nuestro destino, dormíamos en el suelo, pero hubo ocasiones que tuvimos que dormir en trincheras y, a pesar de lo chica que era, recuerdo haber visto muertos en alguna trinchera. Y eso no me lo ha dicho nadie-recalca ella, con unos ojos que se le iluminan a pesar de sus 86 años-; también he visto y sentido los bombardeos muy cercanos cuando fuimos a despedirnos de mi abuelo que estaba de guarda en el Castillo de Torres Cabrera. Sentimos como nos estaban bombardeando, y los sentíamos tan cerca…, que huíamos, atrochando por los caminos entre Torres Cabrera y Santa Cruz, buscando un lugar donde guarecernos; encontramos un puente de la vía de ferrocarril donde nos refugiamos y, fue debajo de aquel puente, donde recuerdo perfectamente, como corría un pequeño hilo de agua de no haberse agostado completamente. Sin comprender bien que pasaba, sabía que estábamos en peligro. Cuando reanudamos la marcha y cruzamos un rio (supongo que el Guadajoz, y esto sería el mismo día), me metieron en un cerón, seguramente el de algún burro que alguna familia llevaba y, mientras cruzábamos aquel rio, sentí que el agua, que traspasaba el cerón, me estaba llegando cada vez más, y más, mientras tanto, el cerón se iba llenando y ni nadie podía hacer nada por evitarlo, para mí, aquellos momentos fueron momentos de pánico. Desde entonces, mi miedo al agua es algo que no puedo evitar ni lo puedo soportar, si me llega al cuello ya, ni te digo.

Después de todos estos acontecimientos, y digo acontecimientos, porque para una niña de 4-5 años, aquel mundo trágico al que me enfrentaba, estos “acontecimientos” ya nunca jamás se me olvidarían. Seguimos andando y andando, y no sabría decir cuánto tiempo estuvimos así (para mí fue mucho. Un mes?, no lo sé), hasta que llegamos a Jaén, mejor dicho a Torre del Campo, un pueblo cercano a Jaén.

Este camino, lo hicimos con algunas familias más, recibiendo el apoyo que mutuamente nos dábamos, y, sintiendo el miedo que nos arrastraba hacia algún lugar que no sabíamos dónde, ni cuál iba a ser nuestro destino.

Nos metemos, o nos metieron, en un caserío donde tenemos que dormir en el suelo. Y, recordando todo esto, me vienen imágenes de la gente que sale en la TV, rumbo a EE.UU. y me veo reflejada en ellos con una guerra que nos pisa los talones. Yo lo he vivido y no lo puedo olvidar, porque una cosa es que te lo cuenten, y otra, vivir este tipo de experiencias, y es que yo lo he vivido y, mis recuerdos en este sentido, ¡son tan claros!. Tan claritos los bombardeos, el camino, las penalidades…, mi madre siempre tapándonos y acurrucándonos, y yo, que siempre he sido muy llorona (no sé si desde entonces), iba con ella siempre a su lado llorando, además quería que me llevara en brazos ¿te imaginas? El problema para mi madre, también para mí, es que tenía un hermano más pequeño que yo y que quería también ir en brazos de mi madre; luego estaba mi hermana con 13-14 años, y otro hermano con 15 años, que tenían bastante con el miedo que llevaban encima. Por eso te digo que, cuando veo esas imágenes de refugiados de guerra huyendo, me veo reflejada en ellos.

Con este panorama llegamos a Torre del Campo, pasando hambre, sed…, y penurias de todas clases; si pasábamos junto a un arroyo, allí bebíamos. Era toda pura necesidad. Cuando llegamos a Torre del Campo nos encontramos con mucha gente de Santa Cruz que había huido como nosotros

Seguimos nuestra conversación y le pregunto: -¿Qué edad tenía tu hermano, el que se llevaron con tu padre?. Me rectifica y dice:-el que mataron con mi padre tenía 17 años.

Remedios que siempre está dispuesta a contar su “historia y sus vivencias”, prosigue: -Llegamos allí y, mi madre se enferma y se pone muy malita, casi para morirse, ya que se le había presentado un aborto (estaba embarazada). Se la llevan a Jaén, y otra vez, nos quedamos solos. Los 4 solitos en el caserío-sigue contando Remedios-, sin madre, sin nada, menos mal que los vecinos nos acogieron como a otros más. Como si cualquiera de aquellas familias hubiera crecido; mientras, pasó un hecho gracioso, y es que alguien había dejado una botella de vino dulce a mano, mi hermano y yo, la cogimos y nos lo bebimos todo, cogimos una borrachera que por muy poco no nos morimos. A partir de ahí, todos mis recuerdos me llenan de desazón ya que no hay recuerdos buenos en mi memoria: mi madre está a punto de morirse, nos enteramos que nos iban a llevar a Rusia, a mis dos hermanos pequeños y a mí, es decir, nos llevarían a los tres. Fue entonces cuando se entera un tío mío, que era además mi padrino. Llegó al caserío donde estábamos y dijo que él se haría cargo de nosotros. Todos nos metimos en una habitación con ellos hasta que mi madre regresó algo recuperada de su enfermedad (ya de mayor me enteré que fue un aborto) que, estuvo a punto de costarle la vida.

CONTINUARÁ…

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