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Viernes noche, la muerte del cine
Estamos muertos, tal vez sea la única solución

*Atención, este artículo contiene spoilers.

11 febrero, 2022

Natividad Serena Rivera

Otro de los fenómenos de Netflix que ha logrado posicionarse en apenas tres días entre las series más vistas, superando incluso a la ya afamada Squid Game (Hwang Dong-hyuk, 2021) o a la nueva temporada de Euphoria (Sam Levinson, 2019, HBO), se trata de Estamos muertos. En este nuevo audiovisual nos encontramos en Corea del Sur en la provincia ficticia de Hyosan, donde un extraño virus -sí, otro más- que convierte a los huéspedes en zombies se propaga entre los estudiantes de un instituto. Pero, aunque de primeras pensemos que se trata de otra repetitiva historia más del género zombie más como The Walking Dead (Robert Kirkman, 2010), los directores Lee Jae-Gyu (conocido por su trabajo en The King 2 Hearts, Yeok-rin o Wanbyeokhan tain: 2012, 2014 y 2018) y Kim Nam-Soo nos plantean algo distinto. Basándose en los 130 capítulos del webtoon de éxito Now at Our School (Joo Dong-geun, 2009-2011) y siguiendo la fórmula que ya encontrábamos en “k-dramas” de crítica social como El juego del calamar, Alice in Bonderland (Shinsuke Sato, 2020) o Rumbo al infierno (Yeon Sang-ho), esta serie nos habla de la presión que sienten los estudiantes coreanos, de la competitividad despiadada entre ellos, del bullying y del suicidio, siendo esta última la causa principal de muerte entre los adolescentes de Corea del Sur. Si bien solo hay que recordar el sistema educativo coreano donde los estudiantes se preparan durante doce años para el `suneung´, una prueba de acceso a la universidad que consiste en un examen de ocho horas que determina no solo dónde y qué podrán estudiar sino también a qué trabajos podrán aspirar los jóvenes surcoreanos.

Así, el tema del apocalipsis zombi es la trama que vertebra esta deshumanización en una obra de protagonismo coral donde sobrevivir y escapar sin ser mordidos por los zombies es el objetivo principal pero también hay tiempo para sopesar sobre los males y pesares de la adolescencia como el amor, dejando así a los zombies en ciertas ocasiones en un segundo plano. Unos zombies creados mediante el arquetipo coreano donde nos alejamos del clásico zombi lento y moribundo para encontrarnos con unos monstruos sensibles al sonido, veloces e incansables que se mueven mediante una especie de espasmos. En este punto cabe señalar que la obra nos muestra una historia del origen del apocalipsis zombi diferente a lo que estamos acostumbrados ya que -a diferencia del cómic- el virus apodado como Jonas ha sido creado partiendo de un experimento en ratones inyectados de testosterona por un profesor del instituto, Lee Byung-chan (Kim Byung-chul), con la finalidad de inocularle el virus a su hijo, el cual intentó suicidarse porque “solo quería morir” al sufrir acoso constante, tratando de hacer así que convirtiendo el miedo en furia este se defienda de los matones, pasando a ser el ratón que planta cara al gato y se convierte en el depredador pero, evidentemente esto tiene consecuencias fatales.

Una trama pausada -y a veces con escenas repetitivas- y un ritmo que pasa de la tensión claustrofóbica de lo frenético a lo lento en la segunda mitad de la serie nos acompaña en esta infección zombi a gran escala donde pasamos del instituto como microcosmos a la gran ciudad debido a la expansión del virus, lo cual sirve para que la obra nos presente nuevas reflexiones como el poder del Gobierno mediante la Ley marcial con la finalidad de llevar a cabo un bloqueo de la comunicación, los bulos mediáticos sobre la creación del virus y el uso inadecuado de las redes sociales para difundir la información. Por otro lado, dentro de un análisis formal nos encontramos con unos planos muy cuidados, con unas escenas que -a veces- pecan de esteticismo y simbolismo pero que atraen al espectador por su crudeza, ya que vamos a poder ver a zombies comiendo intestinos en escabrosos planos secuencia -a modo de `kitsh cárnico´- pero también vamos a disfrutar de encuadres desestabilizados y el uso del slow motion para aportar cierto heroísmo -reforzado por la música- ya que la cámara, en varias ocasiones mediante planos subjetivos de teléfono móviles o videocámaras, va a ser la encargada de narrar la forma en la que el virus -no solo el zombi- se propaga con rapidez. Si bien, pese a ello la obra sufre de arcos narrativos de personajes que no aportan gran novedad a la trama ya que, empero, el espectador empatiza fácilmente con ellos, son numerosos los personajes nuevos que aparecen en cada episodio y la serie termina por ser, hasta cierto punto, predecible.

Con todo, este grupo de adolescentes confundido y atemorizado hace que el espectador reflexione sobre la extraña percepción de la muerte pero a la vez sobre el miedo -y la culpa- que sienten algunos de ellos en el instituto no tratándose solo de un ajuste de cuentas con el sistema educativo surcoreano sino un grito de socorro ante las situaciones de acoso y la pasividad e indulgencia de los adultos -sobre todo de las autoridades- para tratarlo. Y es que los zombies no son más que un reflejo integro de los humanos corrompidos por un virus que ya está presente en Hyosan antes de que nadie de un mísero bocado: el acoso y el clasismo -recordemos el insulto de `subsi´ que repite en varias ocasiones el personaje de Lee Na-yeon (Lee Yoo-mi)-.

En otro punto, hablando de influencias de temática zombi de la obra nos encontramos no solo con algunas directas como Train to Busan o la ya nombrada Jiok (Yeon Sang-ho, 2016 y 2021) -siendo esta primera una referencia mediante cita-, sino con un conglomerado de ellas que parte desde el anime japonés de obras como Gakuen Mokushiroku (Tetsurö Araki, 2010), clásicos como el mito consumista de Night of the Living Dead o Zombi (George A. Romero, 1968 y 1978) o Braindead (Peter Jackson, 1992) a obras más contemporáneas del ciclo de los infectados como Z-Nation (Craig Engler y Karl Schaefer, 2014), The Stand (Josh Boone, 2020), #Vivo (Il Cho, 2020) y Army of the Dead (Zack Snyder, 2021). Pero, no hay que olvidar que en Estamos muertos hay una amalgama de géneros -terror gore, thriller, drama, romance y  comedia- por lo que también encontramos referencias a obras como Batoru Rowaiaru (Kinji Fukasaku, 2000), Lord of the Files (Peter Brook, 1963), Who Can Kill a Child? (Narciso Ibáñez Serrador, 1976) o Gwoemul (Bong Joon-ho, 2006).

En Estamos muertos asistimos a numerosos casos de deux ex machina donde no solo salen airosos de numerosas situaciones imposibles sino que los arquetipos se hacen también presentes en la psicología de algunos personajes como Lee Su-hyeok (Park Solomon) o Yoon Gwi-na (Yoo In-soo). Asimismo nos encontramos con las estereotípicas tramas de triángulos amorosos, relaciones donde “quien se pelea se desea”, chicas asustadas mientras los chicos las protegen, escenas cargadas de dramatismo y/o comedia fácil o caídas constantes cuando tratan de huir; aunque hay que indicar que otra gran confusión en la serie la encontramos en la forma de morir de los zombies o en la transmisión del virus. Por otro lado, nos encontramos con situaciones donde los protagonistas van a tener que reflexionar si “deben salvar a quien más les conviene y no a quien más les importa” ya que cada vez son menos debido a la propagación del virus y a la dificultad para sobrevivir sin agua, alimento ni adultos.

Cuando alguien se infecta se le para el corazón, solo sobrevive el virus que estimula el bulbo raquídeo y este punza el cuerpo y, evidentemente, es imposible salvar a los muertos. Pero, dando un giro a la historia nos encontramos con que el virus llega a replicar la conciencia humana en ciertas personas por lo que se oculta en su ARN, siendo sólo detectable si se manifiesta, tratándose de una pelea interna constante entre el humano y el zombie que crea lo que ellos llaman “mediombi” -mediozombi-. Pero, sea de una forma u otra, no existe cura ni vacuna y la única solución es la muerte, “matar y reducir a cenizas al huésped”. En este punto cabe señalar que últimamente estamos encontrándonos no solo la moda de las aclamadas series asiáticas -sobre todo, coreanas- sino ante la crítica social mediante el apocalipsis -recordemos la ya analizada No mires arriba-, volviendo, en este caso, a los clásicos de serie B mediante el género zombi y es que Melvyn Richardson en Otherness in Hollywood Cinema (2010) ya apunta a que el concepto de parásitos está de moda entre muchos autores y como hemos podido comprobar ahora, sobre todo, tras el Covid-19.

La obra audiovisual nos presenta ese devenir posthumano mediante la figura del zombi como contradicción del muerto y del vivo, siendo una subjetividad híbrida que está con un pie en cada terreno y diluye a ambos. Jorge Fernández se propone con su libro Filosofía zombi (2011) reivindicar el concepto del zombi no solo como concepto cultural, sino autorizarlo filosóficamente con la finalidad, al igual que Carl Jung o Byung-Chul Han, de concebir una filosofía que nos ayude a entender el entorno que nos rodea. Lee Jae-Gyu y Kim Nam-Soo nos llevan a reflexionar como si fuésemos zombies, escapando y sembrando una nueva forma de ver el mundo desprendido de humanidad. Así pues, el zombi simboliza lo negativo del ser humano y la visión más aterradora de la contemporaneidad: un mundo desbocado donde la búsqueda desenfrenada de necesidades no prioritarias y la fuerza bruta del consumo irracional son el motor de la existencia. El zombi ya no es un humano convertido en monstruo, sino un medio-zombi, un ser infectado, que parte de una crisis social la cual provoca una reorganización total. Así, por tanto, los espectadores debemos ponernos en el lado del bien o del mal, siendo egoístas y pensando en nosotros mismos o en los demás, huyendo y escondiéndonos del peligro o enfrentándonos a este y es que hay que elegir: ¿prefieres que muera un adulto (sabiduría) o un niño (esperanza)? En último lugar esto nos lleva a una de las frases reflexivas finales de la serie pronunciada por el propio creador del virus Jonas: “abandono toda esperanza. Es como si todos los pecados del mundo se hubieran fusionado y hubiesen arraigado en el cuerpo humano. Aunque dominemos el virus, jamás viviremos en un mundo con humanidad. Cómo creer en la belleza de las personas después de verlas convertidas en seres tan despreciables”.

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