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Viernes noche, la muerte del cine
«Mi vida sin mí», despierta flâneur

4 febrero, 2022

Natividad Serena Rivera

En Mi vida sin mí, obra producida por El deseo (Pedro Almodóvar), nos encontramos con Ann (Sarah Polley), una joven de 22 años aparentemente feliz pero alienada en su trabajo que vive junto a sus dos hijas y a su marido Don (Scott Speedman) en una caravana en el jardín de su madre (Deborah Harry) y que es presa de su vida cotidiana hasta que descubre que tiene un tumor y le quedan dos meses de vida. El filme empieza con un fundido en blanco y un sonido de lluvia que nos invita como espectadores a prepararnos para sentir la historia, transportándonos directamente a un primer plano de unos ojos cerrados, donde mediante una fragmentación del cuerpo se nos presenta a la protagonista Ann bajo la lluvia.

Según el teórico Siegfried Kracauerel cine está dotado para registrar y revelar la realidad física”, devolviendo la sensibilidad al espectador con la finalidad de que este pueda identificarse con los personajes, vivir en y a través de otros y hacerse partícipe de su viaje. Coixet realiza un cine de autor que ofrece un discurso alternativo sobre el sujeto y sus relaciones con otros, mostrando una visión particular e intimista gracias al uso de los recursos técnico-artísticos que utiliza, principalmente el uso de la cámara en mano y sus posibilidades para transmitir la intensidad de las emociones, viviéndolas casi en primera persona y anclándose el espectador a su punto de vista. Esto también lo consigue gracias al uso de la voz en off con la finalidad de alejarnos de la escena y entrar en el pensamiento. Pero en Mi vida sin mí no solo escuchamos esta voz de Ann los espectadores, sino que, mediante las cintas que está grabando, esta voz será conservada tras su muerte puesto que cuenta la historia incluso cuando ya sabemos que ella ha fallecido, siendo así un recurso fundamental utilizado para escuchar lo que calla el personaje, una voz-pensamiento que nunca miente y que nos desvela muchos secretos a modo de soliloquios. Otra característica propia de su cine son los problemas de comunicación, la dificultad de los personajes para establecer un claro vínculo comunicativo -recordemos la escena en el hospital donde nadie la escucha-, de ahí que los espectadores necesiten esa voz-pensamiento para poder entender lo que sienten los personajes en su lucha por dejar aflorar sus sentimientos, la cual suele caer en saco roto. Por eso no solo es importante el uso de la voz en off, sino que en ocasiones es más importante el uso de los silencios, zanjando muchas escenas a través de este con planos donde el contenido se libera únicamente de imágenes de gran fuerza visual. Otra forma de conectar con los personajes la encontramos a través del uso de la música, siendo esta muy importante en la trama de Lee (Mark Ruffalo), utilizando esta para mostrar sus sentimientos y para construir la mirada de la protagonista.

No debemos olvidarnos que pese a tratarse de una situación desesperante y triste, no nos encontramos ante una obra triste, sino ante una película que muestra la muerte mediante el vitalismo, mediante suspiro a los últimos momentos de Ann cargados de escenas irónicas y, hasta cierto punto, de humor surrealista como la escena de baile-musical que vive en el supermercado a modo de alucinación cuando esta reflexiona sobre que se trata de un lugar donde nadie piensa en la muerte, donde nadie es infeliz o la escena en la que le pide más caramelos de jengibre al médico tras recibir la terrible noticia.

Coixet crea historias que obligan a reflexionar sobre el comportamiento del ser humano; sus protagonistas son personas solitarias que esconden secretos, y están generalmente atrapados en sus grises vidas sin ningún momento para la autorreflexión. Esto lo vemos -o escuchamos más bien- en Ann: “pensar. No estás acostumbrada a pensar. Cuando tienes tu primer hijo a los diecisiete años con el único hombre al que has besado, y después otro hijo a los diecinueve, con el mismo hombre…y vives en un remolque en el patio trasero de tu madre y tu padre lleva diez años en la cárcel, no tienes tiempo de pensar. A lo mejor has perdido tanto la práctica que ya no sabes cómo se hace”. Coixet nos presenta ese momento en el que despiertan y redescubren la magia de la vida cotidiana, encontrando el placer, tal y como ocurre en Ann, en pintarse las uñas, en empaparse bajo la lluvia o en abrazar a sus pequeñas antes de entrar al colegio; creando así cierto homenaje a John Berger -y a su citada obra Hacia la boda (1995)- y a su intención de sacralizar lo cotidiano.

Por otra parte, en sus historias también encontramos el uso del amor como forma de redescubrirse, como centro de las relaciones intersubjetivas. Es así como Coixet nos presente a unos personajes solitarios pero a la vez dependientes de otros, siendo el amor el primer estadio que configura la propia subjetividad y permite la comunicación. En Mi vida sin mí esto se plantea muy bien mediante el simbolismo presente en la escena de Ann y Lee en la lavandería y cómo mediante la poética de la mirada sabemos lo que sienten ambos personajes. Y es que, tal y como más tarde nos señala Lee: “cuando miras a alguien, y le miras de verdad, puedes ver el 50% de lo que es. Pretender saber el resto es lo que destruye todo”. En este punto cabe señalar que la lavandería es un lugar emblemático en la retórica de Coixet al ser un sitio público donde se hace algo tan íntimo como lavar la ropa, es decir, donde lo privado se hace público.

Coixet toma del relato Pretending the bed is a raft (Nanci Kincaid, 1997) el concepto de `cosas que hacer antes de morir´ para presentarnos la historia del despertar de Ann en este particular carpe diem silencioso a través de su mirada (narrador autodiegético), obteniendo así el Premio Goya y la Medalla del Círculo de Escritores Cinematográficos en 2003 a mejor guion adaptado. Ann no huye de su vida anterior sino que sondea los límites aun no explorados de esta junto a unos personajes secundarios que no solo nos plantean situaciones que nos hacen reflexionar sino que nos hacen sonreír por lo absurdo de su pensamiento, tal y como ocurre con la peluquera -obsesionada con el grupo musical Milli Vanilli– o Laurie, su compañera de trabajo -obsesionada con el peso, pese a no estar gorda-. Por otro lado, dentro de los recursos formales encontramos el uso de planos cortos (pp y ppp) para mostrarnos los rostros y detalles de los personajes, un uso simbólico del color según el estado de ánimo de la protagonista, el uso de una iluminación de toque naturalista con notables toques claroscuros y los movimientos de cámara, creando planos en los que la cámara parece flotar junto con los personajes y poéticos encuadres que aproximan entre sí a los personajes y al espectador respecto a ellos.

De igual manera, podemos señalar un referente muy claro en la obra fílmica de la directora como es Wong Kar Wai y su retadora narrativa plagada de encuentros fortuitos y romanticismo -además del simbolismo musical- pero además, en Mi vida sin mí también podemos hacer alusión al fotógrafo finlandés Jari Silomäki cuando Ann realiza la lista de 10 cosas que hacer antes de morir y la tipografía se imprime en la pantalla o al cine de Claire Denis y su particular tratamiento de la imagen.

Ann nos propone despertar y recuperar el sentido de la realidad mediante su historia, siendo conscientes de la velocidad de la sociedad al igual que lo era el flâneur del siglo XIX y dejándonos llevar en una mezcla de egoísmo-altruismo, reivindicando la belleza de lo efímero como hacía Baudelaire. Las películas de Isabel Coixet nos hacen reflexionar sobre cosas que nunca nos atrevemos a contar, sobre el problema de la comunicación que en Mi vida sin mí se va a presentar como un baile perpetuo, que titubea “entre lentas cadencias e imprevistos ritmos sincopados”. Ann señala en varias ocasiones que “sin sueños no se puede vivir” y que quiere hacer muchas cosas que hacer antes de morir y tiene que hacerlas. Así, el filme acaba con una voz en off y, de nuevo, con un fundido en blanco, planteando así un relato circular que nos deja con unas palabras: “rezas para que esta sea tu vida sin ti. No sientes nostalgia por la vida que no tendrás porque para entonces habrás muerto y los muertos no sienten nada, ni siquiera nostalgia”.

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