Cati Rojas
Activista de ACISGRU

Tres largos días pasó Jenica en el autobús desde Alejandría a Córdoba, tres interminables días de guerra, batallando con su nieto que jugaba a tirarse por la ventanilla, tres días con la cabeza llena de fantasías: el aturdido doctor Figueras, que siempre tropezaba al subir el último escalón de la entrada, buenos días Jenica, la enfermera de pelo teñido de rojo y pantalón descolorido, con la entrepierna al aire, buenos días Jenica, la ciega vestida de blanco que canturreaba los números de la lotería de la Once, buenos día Jenica, y Luís el del quiosco, buenos días Jenica, que a veces le prestaba veinte euros para la bombona de butano, cuando ella se descuidaba y gastaba los quince o veinte ganados en el aparcamiento, mientras trajinaba con la máquina infernal de los tickets, que aprendió a manejar con pericia en solo una semana. No se preocupe, doctor, le cambio el ticket cuando se acabe la hora. ¿Puedo ayudarle, señor? Amiga, yo le vigilo su coche, aquí estoy para lo que me necesite. Mucha suerte para ti y para toda tu familia.

Tres días duros, y al fin contenta de volver a ver la glorieta cercana al hospital, su lugar de trabajo, el pan de la familia, la mitad de su vida.

No fue buena la decisión de regresar hace dos años a Rosiori para atender al cabrón del Vasile. El muy huevón no se movió de su silla el día que a ella comenzó a arderle la “cosa” y tuvieron que llevarla al hospital de Alejandría para que se la enfriasen, y vaya si se la enfriaron, pues la dejaron hueca por dentro, atiborradas de medicamentos y con el cuerpo hinchado como una bota, y ahora no puede ni mirarse al espejo por la tristeza, y desde que pasó por el quirófano sabe a ciencia cierta que ha dejado de ser una loba para el Vasile, también para el resto de los hombres de Teleorman, que antes se la comían a bocados con los ojos y las palabras.

Creyó que valía la pena pedir prestado los ciento veinte euros para el viaje, pensó que volvería al aparcamiento y le saludaría el doctor Figueras con su media sonrisa, ansió dedicar todas las horas de todos los días a atesorar todas las monedas de sus clientes, se imaginó convertida en una vieja avarienta, de las que guardan sus euros en la faltriquera bajo la falda. Y como complemento a la faena del aparcado, les enseñaría a todos la raja que le atraviesa el vientre de arriba abajo para moverlos a compasión, y volvería a vivir en su piso de Ciudad Jardín, con agua caliente y una cocina de butano para guisar sarmale, y ya no necesitaría más de la mirada o la palabra de ningún hombre.

No mucho, pero algo sí que le había costado dejar su casucha de Rosiori, sin una mota de polvo, sin una telaraña, sin un gramo de comida, apenas unas patatas que sembró en la parte trasera de la casa, apenas algún huevo de las dos gallinas, apenas algo de harina de la menguante caridad. Creyó que valía la pena pedir prestado los ciento veinte euros para el viaje y ahora lo dudaba, porque todos los amigos y conocidos del hospital habían tardado en reconocerla, con solo dos años ausente, todos le decían que estaba gorda, todos le preguntaban por qué había vuelto.

En la destartalada chabola con techos de cartón que le ha prestado un paisano de Rosiori, Jenica se enjuga una lágrima, mientras el nieto tose y moquea como un enloquecido. Ha conseguido un cartón de leche, pasta, arroz, potitos, carne enlatada, latas de frutas y verduras de la asociación que ayuda a los gitanos rumanos, toda la comida que en Rosiori nunca podría obtener. Sólo que las ratas corretean de noche por la chabola y despiertan al chiquillo, sólo que el aire se cuela por los huecos que deja el cartón en la techumbre, sólo que no tiene agua para lavar su ropa mugrienta y la del muchacho, ni luz para verle la cara mientras duerme, sólo que la soledad y el vacío le roen las entrañas, solo que no tiene más compañía que los insistentes chillidos de las innumerables ratas, que deambulan por su colchón.

En la noche desamparada de finales de octubre, apenas una semana después de su retorno a Córdoba, Jenica prepara el viaje de vuelta a Rosiori. Es la vida, se dice, sé que no tardaré mucho en regresar.