Ángel B. Gómez Puerto.
Doctor en Derecho y Profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Córdoba.

Hace unos días, el pasado 3 de octubre, en la ciudad italiana de Asís, el Papa Francisco, en su octavo año de Pontificado, ha dictado un nueva Encíclica, bajo el título de “Fratelli Tutti sobre la Fraternidad y la Amistad Social”. No formo parte de la Iglesia Católica, pero tengo muy en cuenta en mis trabajos la opinión oficial de esta entidad religiosa por la influencia social que tienen sus decisiones y consideraciones.

El texto papal tiene un apartado que denomina Derechos humanos no suficientemente universales, en el que incluye una serie de consideraciones, reflexiones y conclusiones que ponen en cuestión el actual modelo dominante del ejercicio del poder en el mundo. Literalmente se afirma:

“(…) Muchas veces se percibe que, de hecho, los derechos humanos no son iguales para todos. El respeto de estos derechos «es condición previa para el mismo desarrollo social y económico de un país. Cuando se respeta la dignidad del hombre, y sus derechos son reconocidos y tutelados, florece también la creatividad y el ingenio, y la personalidad humana puede desplegar sus múltiples iniciativas en favor del bien común». Pero «observando con atención nuestras sociedades contemporáneas, encontramos numerosas contradicciones que nos llevan a preguntarnos si verdaderamente la igual dignidad de todos los seres humanos, proclamada solemnemente hace 70 años, es reconocida, respetada, protegida y promovida en todas las circunstancias. En el mundo de hoy persisten numerosas formas de injusticia, nutridas por visiones antropológicas reductivas y por un modelo económico basado en las ganancias, que no duda en explotar, descartar e incluso matar al hombre. Mientras una parte de la humanidad vive en opulencia, otra parte ve su propia dignidad desconocida, despreciada o pisoteada y sus derechos fundamentales ignorados o violados». ¿Qué dice esto acerca de la igualdad de derechos fundada en la misma dignidad humana?

De modo semejante, la organización de las sociedades en todo el mundo todavía está lejos de reflejar con claridad que las mujeres tienen exactamente la misma dignidad e idénticos derechos que los varones. Se afirma algo con las palabras, pero las decisiones y la realidad gritan otro mensaje. Es un hecho que «doblemente pobres son las mujeres que sufren situaciones de exclusión, maltrato y violencia, porque frecuentemente se encuentran con menores posibilidades de defender sus derechos».

Reconozcamos igualmente que, «a pesar de que la comunidad internacional ha adoptado diversos acuerdos para poner fin a la esclavitud en todas sus formas, y ha dispuesto varias estrategias para combatir este fenómeno, todavía hay millones de personas —niños, hombres y mujeres de todas las edades— privados de su libertad y obligados a vivir en condiciones similares a la esclavitud. Hoy como ayer, en la raíz de la esclavitud se encuentra una concepción de la persona humana que admite que pueda ser tratada como un objeto. La persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, queda privada de la libertad, mercantilizada, reducida a ser propiedad de otro, con la fuerza, el engaño o la constricción física o psicológica; es tratada como un medio y no como un fin». Las redes criminales «utilizan hábilmente las modernas tecnologías informáticas para embaucar a jóvenes y niños en todas las partes del mundo». La aberración no tiene límites cuando se somete a mujeres, luego forzadas a abortar. Un acto abominable que llega incluso al secuestro con el fin de vender sus órganos. Esto convierte a la trata de personas y a otras formas actuales de esclavitud en un problema mundial que necesita ser tomado en serio por la humanidad en su conjunto, porque «como las organizaciones criminales utilizan redes globales para lograr sus objetivos, la acción para derrotar a este fenómeno requiere un esfuerzo conjunto y también global por parte de los diferentes agentes que conforman la sociedad» (…).

Creo que sobran las palabras. Sin duda una gran aportación para un mundo mejor.  Lo que más me sorprende es que no abran los noticiarios televisivos en estas consideraciones, que vienen a denunciar el maltrato a los derechos humanos universalmente reconocidos e integrados en los textos constitucionales de los Estados democráticos. Ojalá la tercera década del siglo XXI sea la decisiva en el avance necesario en cumplir las declaraciones de derechos firmadas y no efectivamente realizadas.

Queda mucho camino para que la dignidad humana, el gran concepto del constitucionalismo contemporáneo, sea respetado y sea el gran principio inspirador de la acción de los poderes públicos