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La voz de Paradigma
La inevitabilidad del Andalucismo

22 enero, 2022

El debate sobre la plurinacionalidad del Estado que se lleva eludiendo desde siempre, es cada vez más inevitable porque la conciencia sobre la misma se está despertando paulatinamente en la sociedad española. Sin embargo queda todavía una gran labor de pedagogía de lo que supone y del porqué de su necesidad.

El posicionamiento mayoritario al respecto ha ido desde el nacionalismo burgués o jacobino que ha sido de facto puesto en práctica por todos los gobiernos democráticos, hasta el uso manipulativo de la «unidad de España» para oscurecer otras realidades sociales mucho más conflictivas –nacionalismo fascista de derecha y de ultraderecha-.

El nacionalismo jacobino parte de la visión de la indivisibilidad de la nación que lleva a defender un estado fuerte e inevitablemente centralizado y que algunos entienden como un principio eterno e inmutable como si fuera un «principio fundamental del régimen» considerado absoluto por naturaleza. Desde la Transición la táctica del centro político, las derechas y las ultraderechas, e incluso los gobiernos del PSOE, ha sido, por una parte, generalizar el tema para que perdiera virulencia, extendiéndolo a todas las zonas del país -focalizarlo en varias CC.AA. hubiese sido peligroso-, y se optó por autonomía para todos. Pero la verticalidad de este constructo donde el Estado cede -el propio término es explícito- competencias y recursos ha llevado a un juego de aparentar sin dar, creando órganos autonómicos y expectativas, fomentando ilusiones, para después originar como reacción una más que justificada decepción, lo que la actual derecha y ultraderecha aprovecha intentando inculcar que la Autonomía no resuelve nada, que no sirve para nada, salvo para engañar al pueblo respecto a unos cambios políticos que se ofrecían cargados de esperanza. El proyecto político de la derecha y del PSOE es el del “Estado regional de facto”, es decir, un Estado descentralizado en lo que se refiere exclusivamente a su enfoque burocrático-administrativo. Desgraciadamente, este modelo regional es también el que asumen los partidos más a la izquierda del PSOE de ámbito nacional, que más obsesionados con la universalidad de sus planteamientos de clase no acaban de interiorizar lo que supone una construcción horizontal del Estado. Una consecuencia de esta falta de concepción han sido los conflictos que se han planteado en el seno de los mismos, referentes a su propia estructura interna y a la resistencia a establecer internamente modelos más federales o confederales. Asumen un Estado que sigue siendo muy centralizado política, militar y económicamente, si bien autonomizado en sus aspectos administrativos y culturales.

Por otra parte está la preocupante reaparición de un españolismo como ideología del ocultamiento y de los mitos. Un nacionalismo exclusivamente emotivo, irracional, telúrico, que supone la exaltación mística de la nación como algo absoluto. Históricamente este nacionalismo ha originado todos los fascismos. Los supuestos teóricos de que parte no pueden ser más absurdos, ya que se trata de una mistificación llevada a extremos inconcebibles, totalmente alejada de la realidad y de la historia, carente de toda base social concreta (el mito es la grandeza de la nación), cuyo objetivo es ocultar los problemas reales de una sociedad que se encuentra gravemente dividida y acosada por sus propios conflictos internos. Surge por la descomposición y crisis del orden burgués y se apoya en la represión interior del estado policial, el belicismo exterior -siempre contra los más débiles- y una cortina de humo retórica y espiritualista.

El Andalucismo, a diferencia de otros nacionalismos, surge en un pueblo que ha tenido que luchar hasta por ser reconocido como un pueblo culturalmente diferenciado, con una identidad histórica bien definida, incluido en la estructura productiva del sistema capitalista como un área dependiente o colonizada. Sin embargo nadie puede negar la personalidad de nuestro pueblo determinada por unas condiciones de producción; constituida por un conjunto complejo de elementos: costumbres, clima, tradiciones, cultura popular, arte propio, nuestra geografía, incluso nuestra forma de entender lo religioso… Historia, formas de vivir y convivir, incluso modos de sufrir y protestar, son lo suficientemente característicos como para definirnos como pueblo con una personalidad peculiar. Los andaluces tenemos una larga y difícil historia, que nos ha sido ocultada cuando no robada, y si hay algo que pueda definir al pueblo andaluz es la historia de sus luchas protagonizadas y represiones sufridas. En esa tremenda dialéctica de lucha y represión en la que seguimos, el pueblo andaluz tiene una sobrecogedora (y quizás única) historia sobre sus espaldas. Luchas que hemos afrontado con valor e ingenio. Lo lamentable es que todas fracasaron, y de ahí la frustración histórica que durante muchos siglos el pueblo andaluz ha venido arrastrando por ello.

Los andaluces somos un pueblo económicamente explotado, políticamente oprimido y culturalmente alienado. Y esto es lo que más nos diferencia. Los mecanismos económicos actualmente vigentes en Andalucía, no sólo nos han conducido a la dependencia y al subdesarrollo, sino que nos impiden salir del mismo. Tenemos dos formas de relaciones de producción que son dominantes: por un lado el latifundismo superintensivo de monocultivo -potenciado durante décadas por el PSOE y en la actualidad por el cogobierno de derechas– que origina como secuela el trabajo eventual y el paro, y por otro la colonización interna que extrae recursos, plusvalía y además, utiliza a nuestra población como mercado (excesiva dependencia de otras regiones, existencia de muchos asalariados pobres en el sector servicios, la enorme dependencia de las importaciones del sector industrial, la falta de industrias Andaluzas para el abastecimiento de la producción agropecuaria, el desarrollo de las industrias alimentarias dominado por el capital extranjero y las multinacionales…).

Y por esta realidad es por la que un nacionalismo progresista, avanzado, protagonizado por las clases oprimidas y ocupado en los intereses de la mayoría social andaluza, se identifican plenamente con los intereses Andalucistas. Son absolutamente coincidentes. El Andalucismo es un arma, un instrumento político-ideológico, que la mayoría social trabajadora no puede dejar que sea usurpado por la burguesía, como ocurre en los nacionalismos de otras CC.AA. e incluso con el nacionalismo españolista. Un Andalucismo liberal o transversal no tiene sentido en tanto en cuanto perpetúa las condiciones de producción de dependencia en que vivimos y que ahogan las fuerzas productivas propias. Aquí radica la principal debilidad del actual sistema capitalista en Andalucía: en esos vínculos de dependencia que le ligan al capitalismo central. La burguesía está incapacitada para ser Andalucista; a la clase trabajadora, en cambio, le es necesario. Un Andalucismo consciente de estos fines, enraizado en las realidades concretas y, por supuesto, no sacralizado ni mitificado, constituye una necesidad que el Pueblo Andaluz ha de llevar como bandera. La lucha por conseguir poderes políticos y económicos, forma un solo bloque con la lucha por nuestros intereses como trabajadores. Por ello el Andalucismo o es progresista, o no es Andalucismo. Otra cuestión es el que se tenga o no conciencia de esta identidad de intereses.

Andalucía es una zona de capitalismo subdesarrollado, atrasado y marginado. Pese a su gran potencial económico, agrícola y demográfico, Andalucía se fue configurando, primero en una región atrasada, después en región deprimida, para terminar, finalmente, en verdadera región subdesarrollada. Según el censo oficial de 1970, 1´6 millones de Andaluces vivían en otras regiones del país; hoy, 50 años después, 1´6 millones de Andaluces residen fuera de Andalucía. La salida masiva de los andaluces no responde a criterios o planteamientos puramente económicos, sino que responde también a las circunstancias de escepticismo de un pueblo cansado de reivindicar sus derechos. Es decir, revela también la desesperanza más radical, respecto a la posibilidad de encontrar en la propia tierra una salida colectiva para sus problemas. Es la escapatoria individualista, aislada, personal, ante la frustración colectiva experimentada como pueblo para arreglar políticamente sus asuntos.

El exilio laboral de los y las andaluzas es fácilmente demostrable con datos. Casi 1 de cada tres nacidos en la provincia de Jaén con edad de trabajar, reside fuera de dicha provincia. En el caso de Granada o Córdoba, más de 1 de cada 4 de los nacidos con edad de trabajar residen fuera de las mismas. En Cádiz la proporción es aproximadamente de 1 de cada 5.

Este exilio laboral es una realidad que sigue estando vigente en nuestros días en forma similar a como se ha venido dando durante muchas décadas. La emigración andaluza a otras CCAA ha tenido como consecuencia demográfica una enorme variación del peso relativo de población de Andalucía respecto al total estatal. Estos Andaluces emigrados –considerando solo los emigrados nacidos en Andalucía- suponen un significativo porcentaje de la población de otras CCAA, especialmente en la C. Valenciana, C Madrid, y sobre todo en Cataluña e Islas Baleares.

Como media, los y las andaluzas de nacimiento emigradas a otras CCAA suponen el 3,63% de la población residente en las mismas. El caso de Baleares y Cataluña con el 8,21% y el 7,50% respectivamente de la población, son los casos con mayor porcentaje.

En un período de 14 años, de 1956-1972, los y las emigrantes andaluzas en el extranjero enviaron a España la respetable cantidad de 350.000 millones de pesetas (77.500 millones de euros de hoy), y solamente el 1,5% de esta cifra se invirtió en Andalucía (1.160 millones de euros).

La renta per cápita andaluza ha ido disminuyendo respecto a la nacional. Nuestro subdesarrollo genera una cadena que se retroalimenta, ya que, a mayor subdesarrollo más emigración y más depósitos en las entidades financieras y, en consecuencia, más extracción de capitales para invertirlos fuera de Andalucía. A este proceso se le llama colonialismo interior. A las áreas desarrolladas se las ha denominado regiones centrales, y a las subdesarrolladas, regiones periféricas -no en sentido geográfico, sino político y en relación con su situación económica-. Andalucía es colonia interna de un país capitalista que es España, a su vez inserta en un sistema capitalista europeo y mundial que jamás tuvo fronteras.

El subdesarrollo no es sino la otra cara del desarrollo. No se debe a la carencia de una burguesía emprendedora, sino a las características de unas relaciones de producción establecidas que obligan a que una región sea dependiente de otra y esté subdesarrollada. La burguesía dominante del área subdesarrollada se constituye, inevitablemente, en cómplice y asociada de la desarrollada para hacer más eficaz y expoliadora la extracción que ejerce el capitalismo exterior, ya que no persigue el desarrollo interno sino la maximización a corto plazo de su particular inversión económica. Andalucía sigue exportando materias primas y recibiendo productos manufacturados. Las inversiones de capital exterior se realizan en industrias extractivas y cadenas comerciales, perdiéndose el control sobre estos procesos. La invasión de productos elaborados fuera destruye la artesanía local y la incipiente pequeña industria. Los efectos de toda índole no sólo económicos, sino también sociales, científicos e incluso psicológicos son muy negativos para Andalucía y son altamente positivos para las zonas desarrolladas.

Andalucía sigue proveyendo de mano de obra a otros territorios, lo que afecta fundamentalmente a los más jóvenes, los más activos, los más formados. Se pierden, pues, aquellos recursos humanos que son más productivos y en cambio son explotados y dan beneficios en las zonas desarrolladas. También se evade el capital inversor Andaluz mediante el traslado de los beneficios que produce el capital invertido hacia las zonas desarrolladas y mediante la marcha fuera de Andalucía, a través del sistema bancario, de una elevada proporción del ahorro propio (incluido el de los propios emigrantes), así como a través de las transferencias de capital en forma de fondos públicos o de la discriminación en el crédito oficial.

Si a todo esto se une la carencia de poder político de obediencia exclusiva Andaluza en las Instituciones Estatales y Autonómicas, la influencia que poseen las CCAA desarrolladas, así como la estrategia de los gobiernos centrales de todo signo de favorecer el crecimiento de la economía nacional en bloque aun a costa del incremento de los desequilibrios regionales, queda explicado este círculo vicioso del subdesarrollo del que es imposible salir desde el propio sistema. Las economías más desarrolladas, nos han utilizado -y lo siguen haciendo- como fuente de materias primas, aprovechan nuestra mano de obra joven y barata y les servimos como un mercado fácil en que colocar sus productos. Este capital exterior agresor siempre se alió con los sectores de la burguesía agraria y la nobleza terrateniente andaluza, frente a todo intento de un nuevo capital industrial autóctono.

El citado proceso continúa desde hace muchísimas décadas, incluso intensificado, ya que la desposesión es mayor y la dependencia se mantiene intacta. Las decisiones sobre ubicación de industrias, sobre distribución de beneficio, sobre créditos y ahorros, sobre utilización de los recursos, etc., siguen adoptándose fuera de Andalucía y dependen, por lo tanto, de intereses que nos son ajenos. Podría hablarse de un “desarrollo subdesarrollado”, o de un “desarrollo dependiente-asociado”. Mejora el nivel de vida en algunas etapas, pero a costa de una mayor dependencia y exilio laboral. Salir del círculo vicioso del subdesarrollo exige la ruptura del sistema económico-social impuesto por la sencilla razón de que la existencia de una Andalucía subdesarrollada es necesaria para que se produzca el crecimiento en bloque del Estado.

Nuestra dependiente burguesía andaluza no puede ser Andalucista porque sus intereses están ligados a los del capital central. Aquí radica el núcleo de la coyuntura política que hay que atacar y por lo que la mayoría social trabajadora andaluza necesita ser Andalucista. Para el gran capital Andalucía no tiene más valor que el que representa ser un punto de apoyo para acaparar o conquistar plusvalía con que formar parte del capital central agresor. De ahí la ‘españolización’ cada vez más acusada de los sectores neoliberales andaluces y la utilización de “la gran patria española” como cortina de humo ocultar sus intereses.

Si para los terratenientes Andalucía tiene el valor de la propiedad del suelo y de sostén de su poder político, para la gran burguesía supone ser un punto de apoyo para ligarse al capitalismo exterior y para la clase media y pequeña burguesía tiene el significado de un mercado de consumo, para la mayoría social trabajadora debería tener el valor de ser su lugar de residencia y trabajo; pero desgraciadamente no es así. Tenemos más de un millón seiscientos mil emigrados andaluces para los que Andalucía no ha podido ser lugar de trabajo y la brecha del paro respecto al resto del Estado sigue acrecentándose década a década, siendo un problema lo suficientemente grave como para ser determinante.

En los últimos 25 años se puede observar la alarmante tendencia al alza que supone el porcentaje relativo de los parados Andaluces sobre el total de parados estatales. Esta tendencia cambia suavemente durante la crisis debido al importante incremento de paro que se produce en otras CCAA; no a la mejoría de la realidad laboral Andaluza.

En la actualidad Andalucía supera ampliamente en más de 50.000 a la suma de los parados de Cataluña y la C. Madrid, a pesar de que entre ambas tienen un 72% más de población que Andalucía. Estas cifras son, en parte, el resultado del engaño que han supuesto recurrentemente los Presupuestos Generales del Estado (PGE), que no solo contemplan cantidades para Andalucía inferiores año a año a la media estatal por habitante, sino que su ejecución dista mucho de lo presupuestado según CCAA. Así, lo ejecutado de los PGE de los 5 años entre 2016 y 2020 son 491 Euros/habitante en Andalucía, 523 euros/habitante en Cataluña y 811 euros/habitante en la Comunidad de Madrid. La ejecución de los PGE del 2021 a mitad de año era de 88 euros/habitante en Andalucía, 123 euros/habitante en Cataluña y 181,42 euros/habitante en la C. Madrid. La realidad constatada es de absoluta discriminación y abandono para con Andalucía.

Las cifras de paro son escandalosas. Actualmente el número de parados en Andalucía es similar a la suma de parados de 11 de las otras 16 CCAA. En el mapa adjunto, el número de parados en Andalucía equivale al número de parados sumados de todas las CCAA señaladas en verde. Para intentar disimular la falta de equidad de los PGE, los partidos políticos centralistas incluyen partidas específicas para Planes de Empleo en aquellas CCAA con mayor índice de paro. Así, en los PGE del 2022 se incluyen Planes -que algunos llaman “extraordinarios”- para reducir el impacto del paro y que suponen para Andalucía 63,64 Euros/parado, para Extremadura 162,68 euros/parado y en Canarias 207,08 euros/parado. Repartir miseria no debe ser el objetivo de los presupuestos de las Administraciones Públicas, pero pone de manifiesto que quienes deciden son conscientes de la realidad, aunque no tomen las medidas exigibles para poner fin a las desigualdades territoriales; sin embargo la equidad si debería ser objetivo de los mismos, incluso por mandato Constitucional.

Y estas cifras de paro son aún peores si eliminamos el efecto reductor que nuestra emigración tiene sobre el nivel de paro Andaluz, es decir, si no se hubiera producido exilio laboral de andaluces y andaluzas en edad de trabajar. En este caso detectamos que casi la mitad de los parados del Estado lo serían en Andalucía.

En la actual legislatura del cogobierno PP-C´s con apoyo de la ultraderecha en Andalucía la brecha del paro registrado respecto al resto de CCAA (% de parados Andaluces sobre parados totales del Estado) se ha visto incrementada sustancialmente, pasando del 24,61% al 25,30% en los citados 3 años. Al ser un porcentaje relativo al total de parados nacionales, estas cifras no se pueden justificar en absoluto por efecto de la pandemia, salvo como reflejo, una vez más, de la estructura económica dependiente y con muy poca resiliencia que padecemos. Estas realidades no son sino una consecuencia de que Andalucía no tenga voz propia en las diferentes Instituciones, ya que sus supuestos representantes en las mismas siempre anteponen la obediencia debida a sus respectivos partidos políticos centralistas, y no a la defensa de los derechos de los y las andaluzas.

No es ni con mucho mejor el panorama para la juventud andaluza. El Índice Sintético de Desarrollo Juvenil Comparado (IDJC) pone a los y las andaluzas entre 16 y 29 años a la cola de España y Europa en su dimensión laboral. El índice andaluz es casi la mitad del de la UE, y significativamente inferior al de España. Esta realidad sigue imposibilitando el desarrollo laboral de nuestros jóvenes en igualdad de condiciones que el resto de españoles y europeos, y los condena al exilio.

Nada de esto es nuevo. La secular lucha de los trabajadores Andaluces, especialmente en el medio rural, se ha caracterizado por la necesidad angustiosa de conseguir un puesto de trabajo. Se ha tratado y se trata simplemente de sobrevivir. Gran número de nuestras revueltas históricas han sido directamente producidas por el hambre. Han sido protestas espontáneas, sin programa, sin estrategia, sin fines políticos a conseguir. Incluso a veces se ha optado por la vía directa e individualista de solucionar los problemas. Hasta la emigración tiene una faceta de renuncia o escepticismo al decidirse, por la vía individualista y personal, a resolver en otra tierra su propio problema familiar. Así ocurre cuando se ha perdido toda fe en poder solucionar los problemas por la vía de una lucha política colectiva en el propio territorio.

En esta coyuntura nos encontramos hoy los andaluces: nuestras fuerzas productivas no pueden desarrollarse porque se lo impide la estructura de un capitalismo dependiente. Principalmente afecta a la clase trabajadora, que ni siquiera encuentra un lugar de trabajo en su propia tierra, por lo que ha de ser ésta la principal protagonista de esa lucha de liberación, en la que pueden y deben verse implicadas la mayoría social andaluza. Y es ahora cuando un pueblo entero debe romper las estructuras y condiciones que están agarrotando su vida productiva porque si hay alguien en Andalucía a quien el Andalucismo puede serle de utilidad, ésta es la mayoría trabajadora andaluza, que vive en condiciones de una triple explotación: como mano de obra barata, como consumidores potenciales de sus propios productos ya transformados y manufacturados, y como ahorradores que la gran burguesía monopolista invierte en su beneficio. Si hay una clase interesada en romper este círculo vicioso de la dependencia y el subdesarrollo a que la estructura capitalista central nos tiene sometidos, esta no es otra que mayoría social trabajadora de Andalucía.

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