La Mirada de Miguel Santiago: “La luna de Ceuta”

24 junio, 2021

Miguel Santiago Losada. Profesor y escritor

La luna, nuestro satélite, nos atrae por su magia y singularidad, nos embruja revistiéndonos de romanticismo. Ella es una gran barrera para los meteoritos y la responsable de las mareas, de las que depende gran parte de la vida en nuestro mares y océanos. Ella se deja iluminar por el gran astro dándonos luz en las noches oscuras.

En la tierra hay muchas lunas que nos protegen y alumbran. Hace pocos días los medios de comunicación nos ofrecían la entrañable y a la vez dramática foto de Luna, la chica de la Cruz Roja de Ceuta, abrazando al joven senegalés exhausto después de haber llegado a nado a la playa del Tarajal. Aunque gran parte de la población le mostró su apoyo y admiración, a través de sus redes sociales recibió insultos, ataques y mensajes de odio por su abrazo cálido y su actitud solidaria. Juan Francisco, miembro del Grupo Especial de Actividades subacuáticas de Ceuta, rescató a un bebé de apenas dos meses de vida. Otra imagen que se hizo viral en las redes. Al contrario que la primera no recibió rechazo ni insultos racistas, machistas y xenófobos. Luis, un universitario cordobés en Ceuta, repartió con sus compañeros y compañeras de su clase setenta bocatas entre los chavales migrantes que transitaban por las calles. Sara, una joven ceutí en compañía de otras tres personas amigas, ante la llegada masiva de niños y jóvenes migrantes, recaudó en pocas horas 6.000 euros para repartir miles de bolsas de comida.

Ahora es el momento de preguntarnos: ¿Dónde está el chaval de etnia negra que deportaron en caliente? ¿Qué habrá sido de él en su vuelta a Marruecos? No es difícil imaginar que su tragedia, lejos de haber resuelto, se habrá acrecentado. ¿Qué ha sido del bebé? ¿Qué suerte correrá? ¿Qué será de los miles de niños y jóvenes empujados temerariamente por las autoridades de su país a lanzarse a las aguas del mar y algunos de ellos devueltos sin garantías jurídicas por el Gobierno español?

A lo largo de la historia nuestra especie ha subsistido gracias a la compasión, la solidaridad, la fraternidad, las manos tendidas y los abrazos abiertos, a pesar de tantas guerras y conflictos ocasionados siempre por la perversión del ser humano que ocasiona el poder y la acumulación de las riquezas. Este mal es mucho más letal que las enfermedades causadas por virus y bacterias, un mal tan histórico como bíblico que relata la historia de Caín y Abel.

Los poderes y los políticos corruptos e inhumanos tienen la capacidad de contaminar las mentes y las entrañas, las bajas pasiones, a base de bulos, transmitiendo miedos e inseguridades. Tienen la capacidad de hacer que señalen al más débil en vez de responsabilizar a los culpables de tales calamidades: muertes por conflictos, enfermedades o hambre, pobreza o cualquier otro mal que atenta contra los derechos humanos. El problema no está en el chaval que cruza la frontera desesperado o animado por falsas esperanzas, el problema no está en el hombre o la mujer que deja familia y pueblo por las condiciones inhóspitas en las que viven, el problema no está en el niño que busca amor y seguridad en los brazos de un adulto. El causante del problema se llama Mohamed VI que mantiene a su pueblo en la miseria y en la falta de esperanza. El causante del problema se llama Trump que reconoció la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara Occidental a cambio de que el monarca alauita diese la espalda al pueblo palestino. El causante del problema se llama presidentes y primeros ministros de las UE que no desarrollan políticas sociales y de desarrollo con los pueblos empobrecidos, gobernantes que “sin pudor utilizan a los pobres degradándolos de la condición de personas con derechos inalienables a la condición de cosas, de mercancía, de arma, que el poder utiliza para su propio beneficio (…) humanidad utilizada por unos y por otros para hacerse una guerra a la que ellos nunca van, nadie les preguntará qué buscan, qué necesitan qué podemos hacer para que ejerzan su derecho a buscar una vida digna, en libertad, respetada” en palabras de Santiago Agrelo, arzobispo emérito de Tánger.

Ojalá luchásemos unidos por una humanidad donde se cumplan los derechos humanos: techo y pan, salud y educación, amor y cuidado, trabajo o renta básica, igualdad por encima de etnias, sexo o religión, libertad indisolublemente unida a fraternidad y paz. Cuando ello ocurra las fronteras no serán un problema.

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