Miguel Santiago Losada.
Profesor y miembro de Andalucía Viva

Hace unos días recibí un mensaje de una amiga que decía: “¿Qué puedo hacer yo que por ahora tengo asegurada mi pensión o mi sueldo, para contribuir a mitigar el impacto de esta crisis en las personas que nos rodean y no tienen tanta suerte?” Y respondía: “Sigue pagando todos los meses por las actividades que no vas a hacer o van a hacer por ti”. De tantísimos mensajes enviados sobre el coronavirus, éste me ha llamado especialmente la atención por su sencillez, sentido común y valía. Nos sitúa en el plano de la responsabilidad personal, cuando nuestro dedo suele señalar los errores o arbitrariedades de los demás.

¿Cuántas personas que se quedan sin trabajo no pueden acogerse a un ERTE? En una provincia como la nuestra en la que la economía sumergida alcanza un elevado porcentaje, mantener a las personas en sus trabajos es fundamental, porque sin él no tendrán derecho a ninguna prestación. ¿Cuántas personas limpiadoras de hogar no están contratadas para desarrollar su actividad laboral? ¿Cuántas personas cuidadoras de mayores no tienen seguridad social? Muchas personas se encuentran en esta situación, viéndose su vida familiar seriamente afectada si dejan de trabajar. Por consiguiente, en circunstancias como estas hay que evitar prescindir de estas tareas aunque estemos en nuestros hogares, ayudando al mantenimiento de una economía muy precaria. Igual ocurre con otros servicios como actividades deportivas o extraescolares. Mantener el pago mensual mientras dure el estado de alarma puede evitar el desmantelamiento de la instalación, sobre todo si se trata de una pequeña o mediana empresa la que presta dicho servicio.

Otra manera de ayudar al mantenimiento de autónomos y pequeñas empresas es abastecerse de productos, de la cesta de la compra, en las tiendas de barrio, en el comercio de cercanía. Evitar las compras on line, si no existe una verdadera necesidad, ayuda a que tu tendero o tendera pueda resistir esta dura situación provocada por este estado de excepcionalidad.

También son tiempos para estar atentos a las necesidades de los demás, sin tener ninguna implicación económica, solo una llamada de teléfono o una videollamada para preguntar por el amigo o familiar lejano que sabemos que vive solo. Acompañar, aunque sea en la distancia, estimula, alivia y hace la vida más agradable. Otra forma de implicarnos es apoyar toda iniciativa encaminada a regular a las personas migrantes. Sabemos que se ha llevado a cabo la regularización de extranjeros profesionales sociosanitarios para ayudar a descongestionar la ardua y encomiable tarea en nuestros hospitales, así como de perfiles muy concretos de personas migrantes para la recolección de productos agrícolas que corren el riesgo de perderse ante la falta de mano de obra. Situaciones como ésta demuestran que la migración no es un problema si no una necesidad. Nuestro vecino Portugal, en este sentido mucho más valiente y coherente, acaba de regularizar a miles de migrantes, lo que les permitirá trabajar de manera legal y, por ende, cotizar y aportar al erario público, y por supuesto, seguir haciendo, ya no desde la clandestinidad, el trabajo que tanto aquí como allí están realizan (cuidado de personas mayores, limpiezas, ayuda a domicilio, trabajos agrícolas, etc.).

Como no podía ser de otra manera, esta pandemia debe hacernos conscientes de la necesidad de unos buenos servicios públicos. Hoy más que nunca, ante la delicada situación sociosanitaria que estamos atravesando, tenemos que valorar nuestra sanidad pública. No podemos permitir su deterioro a base de recortes. La sanidad no entiende de ideologías, ni de fronteras, ni de intereses privados. La salud es nuestro bien más preciado, que tenemos que cuidar y mimar. Un ejemplo de ello lo tenemos en nuestra propia ciudad y provincia, el Hospital Universitario Reina Sofía, orgullo de Córdoba. Uno de nuestros valores que trasciende nuestras fronteras. Cuando termine esta pesadilla habría que hacer un homenaje, un monolito, a estas personas trabajadoras de la sanidad que se han dejado la piel por sus conciudadanos. Por supuesto, también a todas las personas que han hecho posible que los productos de alimentación y farmacia lleguen sin problemas. Por último, hablando de homenajes hemos de acordarnos de nuestros mayores, los principalmente afectados por la pandemia. ¡Qué frustración y fracaso social, además del dolor humano, de ver cada día la muerte de centenares de abuelos y abuelas, en muchos casos por una falta adecuada de medios! Lo ocurrido nos obliga a valorar la sociedad del cuidado para proteger a los sectores más débiles: niños/as y mayores.

De la implicación como ciudadanos y ciudadanas depende nuestro futuro.