Encarna Almansa Pérez. Violinista, miembro de la asociación Aletheia y del Frente Antiimperialista Internacionalista

Mucho se está conjeturando acerca del asesinato terrorista, por parte del gobierno de los EE.UU, del general iraní Soleimani, comandante de Quds -fuerza élite de la Guardia Revolucionaria- y una de las figuras con mayor liderazgo en la lucha contra el yihadismo en Iraq y Siria. Podemos encontrar, según numerosos artículos, indicios de colaboración israelí e, igualmente, evidencias de una presión por parte de este país para llevar a cabo el atentado. Igualmente, se vincula a una intención de debilitar una creciente influencia de Irán en todo el devastado Oriente Medio, con el fin de mantener el libre saqueo de sus recursos por parte de la potencia norteamericana y su más fiel aliado sionista. Asimismo, encontramos referencias a una amenaza frente al acercamiento entre Irán y China -llevado a cabo a través de recientes acuerdos comerciales sobre el crudo iraní y su traslado a través de la Ruta de la Seda que, poco a poco, va tejiendo el gigante asiático a lo largo de los cinco continentes-. Rusia tampoco queda al margen en este complicado entramado por su cercanía geográfica y sus comunes intereses económicos y geoestratégicos, de la misma manera que la UE -a pesar del aparente apoyo rotundo de París- no puede sino temer un enfrentamiento abierto entre EE.UU. e Irán que eleve el precio del crudo y dificulte todavía más los acuerdos comerciales que mantienen con los persas.

Todo este tablero de ajedrez nos proporciona, una vez más, un escenario que evidencia una situación en la que todos pueden ser aliados y, al mismo tiempo, enemigos; donde los frentes de lucha están totalmente diluidos y las alianzas se tienden en función del momento o del espacio geográfico. De hecho, el mismo Soleimani -nada sospechoso de ser amigo de los norteamericanos-se desplazaba incluso por territorio controlado por los EE.UU. hasta poco antes de su asesinato, a pesar de que el embargo y las sanciones a Irán, así como la estrategia militar estadounidense en Oriente Medio, dejan claro una política hostil hacia su país.

Aun así, y dentro de todo este espacio de conjeturas en la que nos encontramos, hemos podido escuchar una que, a mi parecer, es la más estremecedora. Se trata de la que vincula el atentado con el calendario electoral de los EE.UU. y, según la cual, la proximidad de las elecciones obliga a iniciar una contienda en territorio extranjero para mejorar los resultados en los comicios. Esta “campaña en torno a la bandera” ha venido siendo una estrategia ya enunciada frecuentemente cada vez que el gobierno de turno comienza o aumenta una agresión bélica y, a pesar de que se comenta únicamente como parte del juego entre candidatos presidenciales, no puede sino mostrarnos un escenario absolutamente terrorífico: el hecho de que el enemigo, en este caso, no sea el gobierno de un país imperialista, sino el pueblo que lo vota y que pide sangre para ello. De hecho, si muchos de los representantes demócratas se presentan en estos momentos como contrarios a iniciar una guerra con Irán cuando, anteriormente, se mostraron enormemente beligerantes y aceptaron pruebas irrisorias para comenzar invasiones como la de Afganistán, esto no nos hace pensar sino que la actual oposición interna no es sino una estrategia electoral más .

En este sentido, podemos incluso escuchar comentarios en torno a la táctica más acertada que debería llevar Trump, a partir de ahora, para beneficiarse electoralmente de este ajusticiamiento extrajudicial en suelo extranjero. La mayor parte de los análisis al respecto no hacen mención a que el método es más propio de un matón (cobarde, por añadidura, por cuanto se realiza desde la distancia) que de un Estado de Derecho al que dicen pertenecer, y que anula por completo cualquier garantía de justicia en gran parte del planeta por la presencia de sus bases y, por tanto, de una pista de despegue de sus drones. Tampoco se plantea, ni mucho menos, que Trump tenga que responder ante un tribunal internacional si, de hecho, este acto de guerra ha sido cometido sin más justificación que el interés partidista. Por lo visto, la mayoría del pueblo estadounidense acepta sin reparos que cualquiera que pueda ser sospechoso de constituir una amenaza para su país, se encuentre donde se encuentre e independientemente de su sometimiento a un juicio justo, puede ser inmediatamente aniquilado. Esto, si no fuera porque se trata del pueblo de los EE.UU., tan ensalzado por Hollywood en nuestras pantallas y tal elogiado por nuestros intelectuales como el que nos tiene que dar lecciones de democracia, sería considerado como propio de un estado enfermo, decadente y sanguinario. Yo diría, más bien, de una población reprimida, pues la ausencia del sentimiento fraternal que nos caracteriza como seres humanos es una de las peores represiones y, a la vez, de las más enmascaradas que lleva a cabo este sistema.

Manifestación en Iran el 3 de enero por el asesinato de Qasem Soleimani. Autor: Fars Fotógrafos

Ante esta situación, independientemente del país donde tenga lugar tal estado de opinión, no podemos dejar de plantearnos si se puede legitimar sin más una decisión electoral que pide violencia sobradamente injustificada y que está llevada a cabo, de forma evidente, bajo tal estado de alienación, simplemente porque se tata de la “decisión” del pueblo. Y es que tenemos que tener en cuenta que dicho pueblo se encuentra, por añadidura, en una situación de vulnerabilidad que obliga al 15% de la población a vivir de los bonos de alimentos, con un salario mínimo congelado desde hace 10 años que asciende a 7,25 dólares la hora y, según un informe de la ONU, con una masa de 40 millones de pobres (de los cuales 18,5 viven en pobreza extrema y más de 5,3 en condiciones extremas propias del Tercer Mundo). Está claro que no son precisamente estas bocas las que claman por una guerra, sino una clase media temerosa de perder su nivel de vida ante tal panorama, pero lo cierto es que, se exija lo que se exija, cualquier cosa parece poder presentarse ante una campaña electoral sin que nos cause más allá de una cierta perplejidad.

Esta situación no implica otra cosa que el hecho de que, para detener la máquina bélica de la principal potencia imperialista, es necesario un verdadero giro ideológico y de sentimientos en la población del que viene siendo el país con más guerras a sus espaldas. De hecho, podríamos decir que esta manera de conseguir la victoria electoral no es ni siquiera la más cómoda para la élite estadounidense, auténtica culpable de esta política imperialista -puesto que la clase media, en definitiva, no aspira sino a emular a una clase alta y, en concreto, a su insostenible modo de vida-. Para dicha élite sería mucho más efectivo -y barato- que el ejército de los EE.UU. pudiera actuar a sus anchas en función de las necesidades que tuviera en cada momento para defender sus intereses, sin tener que sobreactuar en función al estado de opinión. Pero el voto obliga, y la constante estrategia del miedo ejercida sobre la población, con el fin de conservar una “cohesión social” que deje las manos libres para aumentar lo máximo posible el capital a cualquier precio, ha convertido en necesario presentar un bombardeo en horario de máxima audiencia, o bien una serie de muertos que garanticen la seguridad de su modo de vida. Y es que lo anterior no esconde, por desgracia, sino un sentimiento más o menos consciente de que sus vidas requieren del esfuerzo y sacrificio de la inmensa mayoría de la población mundial. Véase, si no, el paradigmático discurso, en octubre de 2001, del secretario de Defensa Donald Rumsfeld a las tripulaciones de un grupo de bombarderos: “Tenemos dos opciones. O cambiamos la forma en que vivimos o cambiamos la forma en la que viven los otros. Hemos escogido esta última opción. Y sois vosotros los que nos ayudaréis a alcanzar este objetivo”1. En esto, y no en otra cosa, ha consistido el “modo de vida americano” -y también, por cierto, el “Estado de Bienestar” en general, tan defendido por la socialdemocracia, el cual igualmente ignoraba la falta de bienestar en otros países-.

Por tanto, podríamos decir que la resistencia y la lucha antiimperialista se encuentra ante un enemigo que, en muchos casos, no sabe realmente que lo es, pues se trata de una población que vive enfrascada en el mantenimiento de un modo de vida totalmente alienado de su naturaleza fraternal, insostenible ecológicamente y socialmente injusto. Ello nos da una pista de que el próximo campo de batalla no será únicamente militar sino, fundamentalmente, de ideas y sentimientos. ¿Cómo, si no, acceder a esta clase media que no se siente responsable en absoluto de lo que vota, cuando sus decisiones provocan guerras y hambre?

1Citado por J. Fontana en su libro Por el bien del imperio.