Manuel Harazem

Hay veces en que un pequeño error, un rozón involuntario, provoca un desgarro en el globo de la realidad comúnmente aceptada que deja escapar el aire pútrido que esconde en su interior.

Hace unos años la BBC cometió una lamentable equivocación –o al menos esa fue su explicación– al colar en un reportaje como ilustración de unos miembros del Ku-Klux-Klan –esa banda racista y criminal norteamericana– la imagen de unos nazarenos de una cofradía concreta de la Semana Santa sevillana.

Nada que ver una cosa con otra ¿verdad? Y así lo hicieron saber, indignadísimos, los órganos directivos de la cofradía ofendida en su página web. Por entonces se limitaron a solicitar a los órganos cofrades generales que tomaran las medidas que consideren oportunas en la defensa de nuestra fe y nuestras tradiciones, a menudo burladas y atacadas. Aunque también recomendaron a sus huestes cofrades –hermanos, fieles y devotos– la más contundente arma ofensiva de elevar oraciones por el perdón divino, la misericordia y conversión de espíritu y el incremento de la fe de aquellos que no tienen como guía a Dios Soberano y su Bendita Madre. De pánico si me alcanza a mí tamaña maldición y me incrementa la fe esa y acabo creyendo en ese dios con título de coñá barato. Aunque la implementación de otras medidas –imagino que se refieren a legales–, tal como se están poniendo las cosas y la calaña narcocatólica de tantos jueces y ministros que mean agua bendita, tampoco es como para quedarse muy tranquilo.

El caso es que tal vez esa cofradía cuyo disfraz ritual fue confundido con el de la asociación racista y criminal norteamericana no desmerezca de dicha comparación si nos metemos en el pantanoso terreno de las equivalencias criminales históricas, toda vez que se trata de la Hermandad de San Gonzalo, llamada así en honor de uno de los más crueles asesinos que ha dado el cruel siglo XX en España: el general Gonzalo Queipo de Llano. Efectivamente la cofradía nació en plena guerra civil en un nuevo barrio que se construyó por iniciativa del general genocida. En su homenaje hubo que dedicarle la parroquia a un oscuro santo portugués del siglo XIII para que coincidiera con su nombre. Así que el nombre de la cofradía hace referencia a un asesino en serie, genocida, incitador a la violación de mujeres republicanas, pero sobre todo obreras, y a la emasculación previa al asesinato de sus hijos y maridos y en cuyo haber se cuentan más muertes que todas las que llevó a cabo el Ku-Klux-Klan en toda su historia.

Todo ese saco de mugre ética que esconde el origen de esa hermandad y del que todos y cada uno de sus miembros deberían ser conscientes –muchos lo son y están repugnantemente orgullosos de ello– como todos y cada uno de los miembros del Ku-Klux-Klan lo son del origen de su criminal asociación, es el que ha rasgado superficialmente ese error de la BBC. Pero el que la inmensa mayoría de los hermanos de esa hermandad probablemente no sean conscientes hoy día de sus abominables orígenes porque son simples y tristes adictos a la cofradeína, como el cocainómano no es consciente del insondable pozo de criminalidad que satisface su adicción, no puede impedir que aquellos que logremos salvarnos de la maldición de sus oraciones no tengamos el deber de denunciarlo.

El círculo de putrefacción moral cofrade que rodea a la figura del psicópata asesino de masas general don Gonzalo no acaba ahí. El nombre de su mujer, Genoveva, dio origen a otra asociación dispensadora de cofradeína, la Hermandad y Cofradía de Santa Genoveva –para la que también tuvieron que echar mano de una oscura santa francesa– que aún sigue arrastrando el homenaje a la señá generala por las calles de Sevilla. Por cierto, que esa cofradía es la favorita del más alto funcionario del estado, el que recibe el título de Felipe VI. Además, ambos dos, genocida y consorte, yacen bajo lujosas lápidas de mármol der güeno en el centro espiritual del cofradierismo sevillano: la basílica de la Macarena, levantada por orden del genocida en el solar donde estuvo Casa Cornelio, la taberna en la que se celebraban las más animadas veladas libertarias de Sevilla hasta julio de 1931 en que fue cañoneada por el primer gobierno de la República, cuyo fin ya apuntaba claramente a afianzar una democracia estrictamente burguesa. Pero eso no es todo, porque el fajín de general del genocida ha lucido durante decenios en la cintura de la Virgen de la Macarena en templo y procesionando hasta que muy recientemente –2011– se le retiró, pero no porque a ningún cofrade de esa hermandad le diera vergüenza que el símbolo jerárquico de un asesino de masas luciera en el objeto de su veneración, sino porque la putrefacción natural del tejido recomendó su retirada.

Otrosí y si queremos buscar verdaderos puntos de sutura entre el espíritu del Ku-Klux-Klan y la Semana Santa española sólo hay que estudiar el origen del penitencialismo católico procesionario. Los expertos coinciden en la idea de que la estética actual de los desfiles de penitentes, los nazarenos, tan parecida a la ku-klux-klanista porque precisamente la inspiró, es una regurgitación cíclica de la obra de la Inquisición, la primera maquinaria de represión totalitaria de la modernidad europea. Contra librepensadores y andalusíes, judíos y moriscos, es decir, esencialmente racista. Obligados a convertirse o ser exiliados o quemados en la hoguera tuvieron que extremar sus manifestaciones de adhesión. Y se adhirieron a las cofradías de penitencia católicas como medio de salvación y se cubrieron el rostro para evitar ser reconocidos por los suyos y librarse de la vergüenza de ser vistos colaborando con los perseguidores de su pueblo. Pero fueron tantos que al final acabaron imponiendo su propia estética y, sarcasmo maravilloso, vistiendo a los ídolos femeninos contrarreformistas con el tradicional vestido nupcial semita. Sólo hay que comparar el atuendo de una virgen de procesionar andaluza con el de las novias bereberes de toda la vida. Eso sí, los hermanos mayores tenían que ser nobles y cristianos viejos, verdaderos o, lo que fue más normal, falsos, de comprados certificados de limpieza de sangre, reproduciendo en su interior el racismo castellano católico y las relaciones amo-esclavo. Origen todo ello de la esquizofrenia radicular y secular de la sociedad española desde entonces.

Otrosí que sólo los esclarecidos, los que la historiografía llama ilustrados, vieron clara la conexión entre esas formas desaforadas de idolatría y el atraso material, social y moral de los españoles. Y que tuvo que ser un obispo afrancesado, monseñor Trevilla, consciente del tremendo escándalo de la superstición y el histrionismo que aquejaba a la Iglesia en su época, el que prohibiera en su diócesis de Córdoba y durante el trienio liberal del XIX el embrutecedor –por oscurantista– exceso de procesiones de Semana Santa y reducir sus manifestaciones a los días claves de la conmemoración de la Pasión, jueves y viernes santos.

Otrosí que las cofradías conspiraron desde primera hora para derribar la República, como demuestra el boicot de la Semana Santa de 1932 que todas las de Sevilla, excepto una, montaron para extorsionar a las autoridades republicanas tras declararse legislativamente en sede parlamentaria la aconfesionalidad del estado español. Como parte indisoluble de la Iglesia y su brazo armado, se convirtieron en medularmente franquistas. Apoyaron el golpe y el genocidio con verdadero fervor. Algunos de sus hermanos mayores fueron frecuentemente cómplices de los crímenes de cuneta. En la película Rocío se ve, incluso con la censura a la que fue sometida, perfectamente. Y se beneficiaron del botín de guerra –derecho de conquista– subsiguiente. Muchos represaliados se incorporaron a las cofradías para evitar ser fusilados y dentro de ellas tuvieron que representar de nuevo las relaciones amo-esclavo de origen: nobles castellanos/andalusíes, falangistas/rojos. No sólo esto, sino que prácticamente todas las cofradías, tanto históricas como nacidas en la posguerra, nombraron hermanos mayores honoríficos a los principales cabecillas de la banda de criminales que tomó el país a punta de pistola y a cambio los criminales nombraron alcaldesas perpetuas e impusieron las medallas de las ciudades y honores militares a los ídolos. Aún no han descabalgado de esos títulos a ni uno solo de ellos. Muy poca gente sabe que la hermandad de los Dolores de Córdoba sigue teniendo en su nómina de hermanos mayores honoríficos al coronel Cascajo y a don Bruno y la de las Angustias al mismísimo Benito Mussolini. Algunas de ellas procesionan aún con fajines del Caudillo, cruces de hierro hitlerianas y banderas con simbología nazi…

Así que con esas raíces y ese pasado que arrastran y esas simbologías criminales que ostentan mejor que las cofradías y hermandades de Semana Santa de este país se callen la boca exigiendo reparación por futuros errores como el de la BBC de confundir su estética con la del Ku-Klux-Klan, porque podrán hacerlo en referencia a la falta de exactitud del dato concreto, pero desde luego su historia estudiada minuciosamente supera en horror con creces las crueldades de los supremacistas racistas blancos de los Estados Unidos.