La huída, verano del 36 (Posadas)

José M. Matencio Ojeda.

El calor se hacía insoportable en este verano de 1936. Eran muchos los días donde las temperaturas eran agobiantes, pero para los malenos lo verdaderamente importante era el comienzo de una guerra que nadie había querido. Bueno, nadie o casi nadie.

La “noche de los tiros” fue de una angustia trepidante para todas las familias de Posadas. Nadie sabía desde donde se estaban produciendo, pero era sintomático que no teniendo la mayoría de la población rifles ni escopetas y los tiros incesantes no dejaban de producirse, alguien los estaba provocando.

Días anteriores, algunos dirigentes políticos y obreros habían sido detenidos. La situación, además de tensa, era confusa. Nadie sabía nada con claridad. Pero el día 18 de Julio estalló la Guerra, y todas las tensiones que se estaban produciendo desde las últimas elecciones, desembocaron en el estallido de esta.

Unos días después (el 28 de Julio), llegó la noticia que la columna de Sáenz de Buroaga, había asesinado en la calles y en el paseo de Baena, a todos los que tenían alguna relación con personas adeptos a la República fueran hombres, mujeres o niños. Aquello fue una masacre descomunal.

El relato de aquellos hechos llenó de consternación y miedo a los habitantes de Posadas.

El 23-34 de Agosto, llega la alarma de que el ejército sublevado llega a Almodóvar, y, que de inmediato, quieren conquistar Posadas. Los cañonazos de la artillería se oyen con claridad en el pueblo y sus alrededores.

Como consecuencia de la noticia, se produjeron en Posadas los luctuosos sucesos del Centro Palúdico. La gente se prepara para la evacuación. Más tarde se conoce que ese avance de las tropas golpistas ha sido un avance fallido. Pero la tragedia estaba consumada.

Pero el Comandante Baturones solo está esperando refuerzos para este asalto, y la gente, lo sabe.

El día 28 de Agosto, cuando el sol abrasaba hasta en la más recóndita de las esquinas, el Comité obliga a la población a la evacuación del pueblo ya que se espera la llegada inminente de las fuerzas golpistas de Baturones.

Según cifras manejadas (por Joaquín Casado), hay en Posadas en torno a unas 12000-14000 personas, tanto del pueblo como personas procedentes de zonas limítrofes (Palma del Rio, Almodóvar, Fuente Palmera, etc.).

LA HUIDA

El Comité parece que controlaba parte de la situación, no obstante había elementos imposibles de controlar, sobre todo, mientras tuvieran un arma en sus manos.

Se puso en marcha la evacuación, y con ello el Camino de Villaviciosa, única salida posible de la población. Aquello era un rio de gente cuando, cabizbajos, empezamos a caminar con un rumbo fijo pero sin saber hacia dónde íbamos.

Todas las familias se fueron agrupando a lo largo del camino, y los responsables insistían que era necesario hacerlo con rapidez ya que las tropas no tardarían en llegar a las inmediaciones del pueblo. El nerviosismo estaba presente en los dirigentes y en los ciudadanos.

El espectáculo era dantesco. Cada familia llevaba lo que podía, aunque esto fuera más bien poco para el largo camino que les esperaba. Maletas y humildes colchones se veían en aquellos que se habían podido proveer de algún elemento de carga: un burro de faena, un carro, una bicicleta, o las espaldas de los más jóvenes que aguantaban lo poco o lo mucho que hubieran podido transportar. Era la lucha, contra uno mismo, por la supervivencia.

El sol en estos últimos días de Agosto salía reluciente, como si no pasara nada. ¡Como si no hubiera guerra! Y los primeros rayos calentaban el ambiente. Un ambiente de desesperación y miedo. Si los días anteriores fueron convulsos por los acontecimientos trágicos ocurridos, hoy el día se presentaba aciago. Pero ahora se trataba de huir de su pueblo, de su casa y con su gente. Y la preocupación de todos se apreciaba en sus caras serias y pensativas ante una situación que ahora se presentaba con tintes dramáticos e inciertos, donde ellos eran los protagonistas que huían de los fusiles, las balas y las bombas. Huían del terror que se les venía encima.

En la plaza de la estación se fueron acumulando los vecinos que iban llegando. Alguien daba órdenes de comenzar la marcha. Al momento, otro con escopeta al hombro, la paraba buscando a algo o alguien. Todo era, de momento, contradictorio. Pero aquel rio de gente era ya imposible de parar. Todo el mundo quería estar lo más lejos posible cuando la llegada de las tropas rebeldes se produjera.

Se oía el llanto de algún niño pequeño, y el grito de otro, pero el tumulto ahogaba la desesperación del bebé y el miedo del otro niño. Otros, jugaban junto a la madre o el padre pensando que esto no iba con ellos. Y, la verdad, que eso parecía. Para ellos, aquello era un juego. Pero al momento todo quedó mudo y en silencio. Se escuchaba a lo lejos, el ruido de unos motores y alguien dijo que eran aviones. Fue entonces cuando el miedo entró en aquel rio humano que lo paralizó de momento, aunque, de momento resultó ser una falsa alarma.

Habían pasado ya 80 años del comienzo de la Guerra Civil, y en Posadas se había organizado el recorrido que en la Huída, y huyendo del ejército que había preparado el golpe militar, habían hecho los vecinos desde Posadas hasta llegar a Villaviciosa en pleno mes de Agosto en un recorrido de 44 kilómetros a pie con las temperaturas abrasadoras de nuestros veranos.

Estas historias pertenecen a otras tantas mujeres que hicieron este recorrido siendo niñas aun, y quedó grabado en su memoria.

Llegamos en autocar hasta el cortijo de Los Ortegas que fue una de las paradas donde se congregaron parte de los huidos. Joaquin Casado contó las vicisitudes que pasaron nuestros paisanos y lo doloroso de la situación.

Terminado el pequeño homenaje de recuerdo, dos mujeres, una de 87 años y otra de 89, que nos habían acompañado en el autocar, dijeron que ellas hicieron este camino hasta Villaviciosa con su familia, siendo todavía niñas. Todos nos emocionamos con su relato.

MARINA: LA BUENA MEMORIA

Todos los días, después de salir de la escuela, mi padre nos estaba esperando para irnos a andar por el campo. A él le encantaba, y a nosotras también. Nos iba enseñado las especies que habitaban los lugares por donde íbamos pasando que, unas veces era desde la estación (donde vivíamos) y cogíamos por la carretera de Palma entrábamos por la casilla “La pata” y seguíamos el rodeo hasta volver de nuevo a la estación, otras veces, podía ser por la Serrezuela, el Chimeneón, o incluso mucho más lejos si el tiempo se lo permitía, supongo. ¡Y como nos divertíamos mi hermana y yo!. A veces, como a él no le importaba, venían amiguillos y vecinas, y siempre, ellas y nosotras, aprendíamos algo.

Si había un acebuche, el cogía una hoja de ese acebuche y nos la enseñaba y nos hacía ver la diferencia que había entre un acebuche y un olivo, tanto en las hojas como en el fruto. Las aceitunas en el acebuche son muy pequeñitas y no sirven-nos decía-, sin embargo, de las del olivo, estas que veis más gordas, de ellas se saca el aceite cuando se exprimen. Y nosotros nos quedábamos extasiadas con estas explicaciones y decíamos, ¡uf, cuanto sabe mi padre!.

Otra vez nos decía, veis aquel árbol, pues es un álamo, pero fijaros bien en sus hojas cuando las mueva el viento ¿a que parecen plateadas?. Nosotras decíamos, sí, papá. Pues es que son de un álamo blanco.

Papá, el alcornoque echa bellotas y la encina también, ¿a que sí? Sí que es verdad-decía mi padre lleno de orgullo porque sabíamos distinguir desde pequeñas lo que era una encina y lo que era un alcornoque-, pero-y ahora nos preguntaba él-¿sabríais decidme cual es el trabajo de las encinas? su trabajo es…,¡echar bellotas!. Y el alcornoque, ¿sabéis cuál es su trabajo?, ¡pues echar también bellotas!, papá. Él se paraba como pensando cómo explicarnos aquel galimatías, y decía, ya. ¿Vosotras recordáis los asientos que tenemos en la cocina de la casa?. Sí papá-contestábamos las dos-, son de corcho-decíamos de inmediato-, bueno pues el trabajo de los alcornoques, además de echar bellotas, es hacer el corcho, pero hay que esperar un tiempo prudente, entre 7 y 8 años para que se le pueda quitar esa piel que lo envuelve y que vosotras estáis tocando ahora mismo.

Otras veces cuando veíamos una zarza nos parábamos a coger moras que, más tarde, el echaba en aguardiente

Así pasábamos horas y horas, todas las tardes, andando por el campo y recibiendo todas esas enseñanzas tan simples, y que hoy, muchos niños no conocen.

Cuando veíamos un pájaro nos decía: veis, eso es un cernícalo, y allí hay una curruca, o, aquel pajarito más pequeño es un alcaudón, y aquella una tifita, y aquella paloma no es una paloma normal, es una paloma torcaz…

Lo que os quiero decir con esto, es que mi padre, además de trabajar en los ferrocarriles, era un enamorado del campo, de la naturaleza, y, como no, de sus niños.

Aquel 18 de Julio nos fuimos al colegio, sin embargo, nosotras que sabíamos todos los horarios de los trenes, nos dimos cuenta que no pasaban. También observamos en el semblante de mi padre su cara de preocupación y le preguntamos: ¿papá que pasa que no pasan trenes hoy?. No sé lo que pasa-contestó-, pero me parece que vamos a tener algo gordo. No recuerdo bien si ese día fuimos a la escuela o no. Por la preocupación de mi padre, supongo que no.

Más tarde nos enteramos que la guardia civil estaba apostada en la “Casilla de la Pata”, pero que también cercanos, había un grupo de milicianos. Estos nada más saber que se encontraba allí la guardia civil, empezaron a dispararles. La guardia civil optó por irse al cuartel. Después nos enteramos que se acuartelaron.

Aquella noche los milicianos hicieron guardia cerca de la casilla, y le dijeron, López (así llamaba todo el mundo a mi padre), esta noche procurad dormir en el suelo (se suponía que habría algún que otro tiro), y así lo hicimos.

Todos estábamos nerviosos y la noche se presentaba tensa. Mi hermana enseguida se durmió, pero yo, que tengo el sueño difícil, estaba pendiente hasta del ruido de una mosca, y en este caso, con razón. Cuando todo estaba en silencio, oí como si hubiera silbado el viento, ¡“ssschif”!, desperté a mi padre (que posiblemente lo había oído también) y me dijo: acuéstate y duerme, que no pasa nada. Intenté dormir, pero no habría pasado una hora cuando sentí un ruido seco, “pafft”, que había chocado en la pared. De nuevo mi padre me dijo que me durmiera. Y entre trompicones y duerme vela, transcurrió la noche

A la mañana siguiente fui con mi padre revisando las paredes ya que yo seguía en mis trece: ¡papá que era un tiro, que era un tiro!- le decía yo-, hasta que pudimos comprobar que, efectivamente, una de las balas se había incrustado en la pared o en el suelo.

A mí se venían a la imaginación la primera huida en la que llegamos hasta “los Bonillas”. Pero esta segunda huida las cosas serían más complicadas para todos.

La familia Arrabal, que vivía en la calle Dª Marina, ya venían cargados con una burra y todo lo que habían podido echar encima, eran los primeros que ya estaban preparados para la marcha. Ya te hablo del día 27 de Agosto, día de la HUIDA (y se le conoce como la 2ª Huida). Mi padre sin embargo le costaba creerse lo que estaba sucediendo. Mi madre y nosotras, le decíamos, papá, papá, que la gente se va, que todo el mundo tiene mucho miedo y se va. Por fin se decidió. Mi madre había pasado casi todo el día recogiendo ropa y viendo lo que nos íbamos a llevar que, aunque no era mucho, mi madre ya lo tenía organizado.

Yo iba con una cántarita de barro llena de agua y una libra de chocolate que mi madre tenía en la cocina y que lo sacaba del Economato del Convento con los vales (nosotras siempre le decíamos a mi madre que se trajera chocolate con los vales, ya que antes nunca lo habíamos comido). Mi madre me decía y me repetía: ¡cuida del agua que nos queda mucho camino!, -ella ya intuía que el camino iba a ser largo-. ¡Que no se desperdicie!-me decía una y otra vez-, pero a mí lo que más me interesaba era la libra de chocolate que, al final, se derritió en la bolsa durante el camino, por el calor y se hizo toda, una pelota..

Recuerdo mi asombro y el de mi familia cuando vimos la calle C. Baturones y la calle de Santiago Medina llena de gente camino de la estación. Se notaba el nerviosismo del momento, el miedo y la inseguridad de todos los que ya caminábamos hacia Villaviciosa

Eran las tres y media cuando nosotros echamos a andar, y, para las siete y media estábamos en el Km 9. Aquel rio de gente, intuitivamente, se había puesto de acuerdo ante la inminencia de las tropas fascistas, y con una cierta disciplina y mucho miedo, había echado a andar, y como dije antes, a esa hora, ya estábamos en el Km 9.

Nosotros, que conocíamos a la Tilina, hicimos una parada en su casa que estaba justo en el Km 9. Descansamos algo, y mis padres les fueron relatando todo lo sucedido y el éxodo producido aquel día. Otra de las paradas fue en el “Colmenero” donde me perdí. Allí pasamos la noche.

Dormimos en medio del campo, y para mi hermana y para mí, aquello fue como en los cuentos que alguna vez nos habían contado:…y los niños tuvieron que dormir en el campo donde el azul del cielo y un manto de estrellas sirvieron de techo durante la noche…, pero algo no nos cuadraba en este cuento.

Todos nos habíamos levantado muy temprano. Con un candil del Colmenero, mi padre y mi madre prepararon la marcha: -a ti, Marina, que no se te olvide la cántara del agua y la libra de chocolate, y a ti -refiriéndose a mi hermana-, coge la gallina (mi padre criaba gallinas en un corralillo que tenía en la estación y cogió una para el camino…por si las moscas…-decía él-) que, seguro que nos hará falta.

Rayando el día llegamos a Villaviciosa. La carretera de Villaviciosa iba llena de refugiados de toda la comarca que huían de la guerra, y su lema sería desde que salieron de Posadas, andar, andar y andar.

Por la mañana temprano salió un sol redondo y esplendoroso, y mi padre-que siempre trataba de enseñarnos cosas-, nos decía: fijaos en la salida del sol que es una de las maravillas que la naturaleza nos regala todos los días.

A mí, aquella salida de sol, a pesar de los pesares (que para mí y para mi hermana no eran tantos), me pareció algo maravilloso, como si aquello fuera un milagro, un milagro que yo descubría siendo una niña y que nunca olvidaré, y siempre tendré que dar gracias a mi padre por todas estas enseñanzas.

Ya en Villaviciosa, nos instalamos en el matadero Municipal, y allí pasamos la noche. Mi padre ya preocupado por mi pérdida del día anterior, siempre estaba: no te retires, no te vayas, que ya sabes que no es muy difícil perderse aquí. Aquel día todo quedó superado, y fue desde entonces, una anécdota más.

De aquí nos fuimos a la Alondiguilla. Como mi padre era ferroviario, y estos tenían un estatuto especial, sobre todo, a la hora de coger el tren, le dijeron que nosotros podíamos viajar hasta Belmez en una máquina de Renfe, y así fue como nos fuimos. Llegamos a Belmez y allí pasamos una noche.

Lo siguiente, después de Belmez, fue irnos a Ciudad Real, y de aquí, a Miguelturra (ahora terminaré de contaros). Nuestro equipaje era, una cantara de agua, una libra de chocolate y aquella gallina que mi padre se empeñó en que nos llevásemos, la ropa que mi madre había preparado, y, poco más.

Si no fuera por la guerra, la situación era una cosa de chiste: la familia de la gallina y el cántaro de agua…, la otra familia, la del colchón…, otra la del niño de teta…, es decir, aunque lo pareciera, nada era de chiste. Era el drama de la huida y la supervivencia.

Vimos en el camino a Leopoldina, que su padre era ferroviario y vecina de la estación en Posadas, todos la saludamos y mi madre le preguntó que si llevaban pan para acompañar el guiso de la gallina (ya solo pensábamos en comernos la gallina), pero no tenía. Nos dijo que posiblemente Demetrio (que había pasado hacía poco y era un hombre muy previsor), casi seguro que tendría. Lo alcanzamos y le contamos nuestra situación y nuestras ganas de comernos la gallina, y aquí se aliviaron nuestras penas. Que no nos apurásemos –nos dijo Demetrio-, que él llevaba pan para todos. Cuando vimos el pan que sacó del serón, todos gritamos de alegría, Y así fue como nos comimos la gallina y pudimos saborearla acompañada de su correspondiente ración de pan.

De Belmez nos fuimos a Ciudad Real, y en este caso también lo hicimos en el tren (pero ahora en vagones), por lo que antes he contado sobre todos los que eran ferroviarios. Llegamos a Ciudad Real, y de allí nos fuimos a Miguelturra, un pueblecito muy cerca de esta ciudad y de donde mi familia eran oriundos

En Miguelturra, nos fuimos a casa de mi tía a vivir. Esto, en medio de todos los problemas tan acuciantes por los que atravesábamos, era un alivio. Además como todo este territorio se había quedado al lado de la República pudimos escuchar y recordar muchas de las canciones que se cantaban

COPLILLA: CATAPÚN

Más valen las alpargatas Catapún que viene la gorda

Que gastan los milicianos Catapún que ya llegará

Que las botas de charol Catapún que viene bordando

Que tiene Queipo de Llano La bandera de la libertad.

OTRA

Las mujeres de los rojos

Son muy habilidosas

Hacen morcilla de trapo

Y jabón sin sosa

Conforme pasaba el tiempo y la guerra se prolongaba, la escasez, día sí y día también, se iba haciendo presente. Mientras tanto, mi hermana y yo, empezamos a ir a la escuela, yo diría, casi desde punto y hora que llegamos a este pueblo, y mi hermano Desiderio empezó a trabajar en un molino.

Los tres años de guerra los pasamos en este pueblo, y, aunque felices (¿?), las desgracias se unían y se daban la mano unas a otras. Primero tuvimos calenturas de malta, después se nos cae la casa…

Termina la guerra, volvemos al pueblo mi padre y yo (más tarde vendría la familia completa), él se tiene que presentar en el cuartel y en el Ayuntamiento que, después de hacerle el interrogatorio, lo dejan marchar y, por fortuna, siguió trabajando en la Renfe, que entonces se llamaba Tren Compañía Madrid-Zaragoza-Alicante.

Mi padre, como he dicho siguió en los ferrocarriles y yo guardo, todavía, el dibujo que llevaba bordado en su gorra.

Tuvimos la desgracia de que murió a los tres años de terminada la guerra. Como ya sabéis, nosotros vivíamos en la casa de la estación de Renfe, es decir, donde siempre habíamos vivido. Pero como consecuencia de la muerte de mi padre nos dicen que tenemos que salir de allí, que vendrá otro ferroviario a ocupar el sitio de mi padre, y también su casa.

¡No queríamos vivir en otro sitio que no fuera la estación, nuestra vida estaba ligada a la llegada de cada uno de los trenes que pasaban, a cada ruido de cada locomotora, a cada silbido de su salida, a cada vapor humeante que su recorrido dejaba a su paso!

Fuimos, mi madre, mi hermana y yo, a ver una casa que nos habían dicho que había para arrendar en la calle Oro, entramos en ella y decidimos no quedarnos a vivir allí, porque allí todo era silencio y no se oían a los trenes pasar.

Nos fuimos a los Charcones y ocupamos una casa con dos habitaciones. Poco tiempo después se vinieron Elvira Revuelto y Guillén, que también era ferroviario. De ellos tenemos recuerdos imborrables

Termino con esta otra coplilla como recuerdo de tanto sufrimiento:

La libertad se ha muerto

Y la llevan a enterrar

Le echaron poca tierra

Y volvió a resucitar

 

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