Niños preparados para la evacuación de España con el puño en alto.

Juan Rivera opina sobre la analogía entre los exiliados republicanos y Puigdemont en la respuesta de Pablo Iglesias en el programa de televisión “Salvados”.

Juan Rivera Reyes. Colectivo Prometeo

Se llamaba Miguel y , como en la canción de Serrat, nació en la España de Alfonso XIII, en un hogar de jornaleros con conciencia de clase de la Campiña cordobesa. Durante la guerra civil ascendió a sargento por su comportamiento en la batalla del Jarama y conoció la geografía española a golpe de crueles combates ( Madrid, Teruel, Gandesa, …).

En 1939 cruzó la frontera y estuvo internado en los campos de concentración de Saint-Cyprien y Argelés-sur-Mer de los que guardaba un ingrato recuerdo. Por el comportamiento de sus guardianes marroquíes o senegaleses y el desprecio sin disimulo de los gendarmes.

Por edad casi habría podido pertenecer a la quinta del biberón pues con apenas diecisiete años salió huyendo de un pueblo en el que el golpe del odio triunfó desde el primer día.

Volvió y “lavó” su mancha roja con largos años de condena en un batallón disciplinario de soldados trabajadores penados en la Segunda Región Militar. La familia lo hizo con dos hermanos fusilados, uno desaparecido (el consuelo tomaba aliento con un “se fue a Rusia”) y dos hermanas rapadas y paseadas por el pueblo mientras el aceite de ricino hacía estragos. Pagaron caro la militancia en el PCE. Vivió dos exilios, el francés y el interior.

Se llamaba José María y creció en los campos de la Subbética cordobesa. En 1942, con apenas veinte años, salió de la cárcel. Sufrió en sus carnes el vacío de unos vecinos asustados de verse señalados si le daban calor (hasta el punto de no entrar –excepto los dos testigos y la pareja de guardia civiles en el umbral de la iglesia– nadie a su boda) y la inquina de unos caciques de tres al cuarto. Los que ordenaban a sus peones de brega que lo relegaran al último lugar en la fila de braceros elegidos para trabajar en la siega o la aceituna por “desafecto al Régimen” y lo ponían de los primeros en la de obligados a presentarse en el cuartelillo cuando a un jerifalte franquista le daba por pasearse por la zona. Vivió el exilio interior en silencio mientras acariciaba el redondel de cobre -en una cara estaban grabadas las siglas CNT y en la otra FAI– que le servía de llavero.

Se llamaba Virgilio y vio la luz en uno de los pueblos cordobeses de mayor raigambre anarquista. De los que son foco de rebeldía (aunque él se afilió a la Tercera Internacional y a la organización del panadero José Díaz) en la excelente crónica del notario Juan Díaz del Moral “Historia de las agitaciones campesinas andaluzas”. Estuvo en todos los frentes y al traspasar la frontera lo internaron en los campos cercanos a Perpignan, luego -Segunda Guerra Mundial- en una compañía de trabajadores extranjeros. Al hundirse el ejército francés tras la acometida de la Alemania nazi se integró en la Resistencia de Burdeos mantenida por el PCE hasta caer prisionero en 1943. De ahí junto con 230 españoles más al campo de exterminio de Buchenwald hasta la liberación en abril de 1945. Tuvo “suerte”: su hermano Hilirio murió gaseado en el de Gusen (1942). Se quedó en Francia donde recibió los reconocimientos oficiales que aquí les negaron todos los gobiernos del PSOE y PP. Como le gustaba decir: “Yo no me fuí al exilio, me echaron a cañonazos”.

Se llamaron Manuel,Juan, Aurora, María, Andrés, Ignacio, Luisa, Antonio… y abarcaron con sus extenuados brazos (compartiendo título con la preciosa obra de Saramago y con esa gran página de base de datos de represaliados del franquismo) “todos los nombres”, todo el dolor, toda la humillación, mientras arrastraban la tristeza del destierro por los pasos fronterizos de los Pirineos y las playas inhóspitas del Midi francés, del que -al igual que en la maravillosa canción de Víctor Jara– ”muchos no volvieron, tampoco Manuel”.

Hoy ya no están ni Miguel ni José María ni Virgilio, aunque mantengo intacto el cariño a los tres. Unidos en la derrota, probaron en sus carnes como la opresión del conservadurismo hispano no distingue los matices que a nosotros tanto nos pone y golpea con furia y la misma fuerza a la tonalidad que se le ponga a tiro. Sea bermellón, carmesí, rubí o granate. Para él todas son rojo pecado y llevan la marca de Caín.

El largo preámbulo viene espoleado por la respuesta de Pablo Iglesias en el programa de televisión “Salvados”:

—¿Considera realmente a Puigdemont un exiliado, como se exiliaron muchos republicanos durante la dictadura del franquismo? ¿Los puede comparar?

—Pues lo digo claramente, creo que sí. Y eso no quiere decir que yo comparta lo que hiciera.

Antes de que algún forofo del “pablismo” recuerde escatológicamente y en la segunda acepción del término a mi fallecida madre, me apetece subrayar que no dudo del republicanismo del nieto e hijo de represaliados por el franquismo y tampoco que en ningún momento intentó ningunear la magnitud del exilio o hacer daño gratuito o que en la entrevista pusiera sobre la mesa ideas acertadas y elementos para la reflexión. Cuestiono sin embargo la torpeza de la  analogía. Una mala idea encuentra hueco por donde menos pensamos y debería haber contado unos pocos números más antes de abrir la boca.

Sin ser Puigdemont santo de nuestra devoción (siempre nos han parecido mucho más coherentes las posturas de Junqueras o Romeva enfrentándose a las consecuencias de su apuesta política), en el Colectivo Prometeo nos hemos pronunciado a favor del referéndum, en contra del choque de trenes conducidos por las derechas catalana y española y hemos denunciado unas penas de prisión que olían a venganza. Por ello las críticas a Pablo nunca pueden verse como un ataque a su persona. Desde la modestia y con Julio al timón, algo remamos para que llegase a buen puerto el proyecto de Unidas Podemos.

Pero hay afirmaciones que lastran y la desmesura al comparar situaciones hace que se pierda credibilidad. En una crisis de Sistema como la que estamos viviendo tenemos la obligación de priorizar objetivos y mirar lejos con hoja de ruta y luces largas puestas. No improvisando. Porque el Franquismo 2.0 con todo su vómito/odio a cuestas pugna por salir.

Y nuestro afán no debe concentrarse en la retórica sino en aportar soluciones y transmitirlas con pedagogía, mucha pedagogía.

Explicar con luz y taquígrafos a una sociedad al borde de un ataque de nervios (donde los vendedores de humo surgen como caracoles tras la lluvia), por ejemplo que son los mismos que hoy se rasgan las vestiduras con los precios de la luz los que ayer privatizaron -la excusa: Europa- una empresa pública rentable como Endesa y la dejaron en manos de ENEL (Ente nazionale per l’energia elettrica), multinacional de la que el Estado italiano sigue siendo el mayor accionista. Mientras hicieron palanca para abrirse las puertas giratorias a consejos de administración extraordinariamente remunerados.

Olvidando a sabiendas que para no tener un Estado fallido los sectores estratégicos de una nación deben ser siempre públicos .

Aprovechar los focos para refrescar la memoria a tantos olvidadizos en este año de epidemia. Los que se saltan un “pequeño” dato: la Sanidad Pública está transferida a las Comunidades Autónomas por lo que las responsabilidades en la gestión/carencias de esta pandemia deben estar repartidas proporcionalmente a las competencias que se tengan.

O recordar como los fraudes fiscales nos perjudican a todos y que en el gen de muchos empresarios anida esa picaresca ancestral que pretenden hacer caja hasta con los ERTES.

Si no fuese por la gravísima situación que vivimos, deberíamos carcajearnos de la impostura de los liberticidas de anteayer, ayer “cayetanos indignados” por las limitaciones de movilidad y el confinamiento a los que los sometían los bolivarianos totalitarios, que ahora reclaman el cierre total de España… siempre que el paso lo dé el Gobierno central.

Para combatir esos problemas que nos acucian y desquician es necesario dejar de lado el tuit y el titular a bote pronto. Y que ningún dirigente dé un paso en falso que ayude a desmovilizar a los tuyos aunque sea por un equívoco. Para que -como decía la canción– “no nos perdonen la esperanza“.

Ninguno de nosotros duda de los inmisericordes ataques que Pablo recibe (algunos los vivimos en otras épocas y en las carnes de Julio) desde la derecha extrema, extrema derecha, amantes del orden pero no de la ley -españolistas o nacionalistas periféricos- y un amplio sector de los militantes de su socio de gobierno. Por eso no debe abrir heridas innecesarias en el territorio sentimental de la Izquierda que lo sostiene.

No queremos ni una humillación de Canossa ni un borboneo (“lo siento, me equivoqué, no lo volveré a hacer más”...  para seguir haciendo lo mismo). Pero nos enseñaron a no mezclar y ser críticos con nuestros errores para así enmendarlos y por ello a pensar que la dignidad del exilio republicano español tras la guerra civil no admite, aunque traigan matices semánticas y definiciones de la RAE, comparaciones que pueden resultar odiosas.

De la crisis acentuada por esta pandemia que ha hecho temblar los sistemas de una economía basada en el monocultivo del turismo (servicios, restaurantes) y la especulación o salimos desde la Solidaridad y el altruismo de un patriotismo basado en la Igualdad ciudadana y el anhelo de Justicia social,(temas en los que sí deben pronunciarse nuestros representantes a cada instante) o el neofranquismo con sus mílicos nostálgicos y matones falangistas intentará sepultarnos otra vez en “La noche de 39 años”. No ayudemos.

Fuente: Colectivo Prometeo.

* Imagen de portada con licencia Creative Commons extraída de Wikimedia.