Miguel Santiago Losada.
Profesor y miembro de Andalucía Viva

Leí en un periódico de la prensa local cordobesa que un cáliz profanado por el Estado Islámico iba a recorrer la diócesis de Córdoba. La pieza procedente de Siria se encuentra en España con el objetivo de alertar sobre la situación de la Iglesia necesitada. Al parecer, miembros del DAESH afinaban la puntería de sus armas con esta pieza litúrgica. Tras su recuperación, el citado cáliz está viajando por todo el mundo para que los fieles católicos puedan apreciar los destrozos ocasionados por las balas de los “incrédulos y profanadores”. Previamente a su llegada a Córdoba está recorriendo otras diócesis.

¿Cuál es el verdadero objetivo de que este cáliz esté recorriendo diversas iglesias andaluzas? ¿Qué pretenden los prelados de sus respectivas diócesis con ello? Según dicen, alertar sobre la iglesia necesitada. ¿A qué iglesia necesitada se refieren? ¿A la iglesia perseguida por los infieles? ¿A la iglesia que se deja la piel en África por dignificar la vida de sus maltratados habitantes? ¿A la iglesia que denuncia las políticas migratorias que provocan miles de muertes, desplazados y desaparecidos? ¿A la iglesia que fue víctima de la muerte de Oscar Romero y de muchos/as otros/as por defender a su pueblo de la oligarquía caciquil y militar, manejada desde lejos por la gran potencia americana? ¿A la iglesia tapadera de tantos actos de pederastia? ¿A la iglesia de las finanzas necesitada de solidaridad y justicia social?

Mucho me temo que esta pedagogía de pasear cálices, santificar mártires causados por los otros (los que no profesan la misma religión) … va encaminada a satisfacer a los “fieles verdaderos”, a los seguidores del mensaje de los trasnochados púlpitos. ¿Qué tiene que ver todo ello con el Evangelio? Mucho me temo que el interés de la jerarquía católica andaluza a través de estas acciones es, aprovechando el integrismo cruel y asesino de estos grupos terroristas, desacreditar las otras religiones, los otros pensamientos, las otras formas de vida; en definitiva, generar sospecha y miedo ante el otro/a, el diferente. Y a modo de sinécdoque, tomando la parte por el todo, e hiperbolizando, desacreditar la historia de Andalucía, en concreto el periodo de al-Ándalus, que duró nada menos que ocho siglos, resultado fecundo del acervo social y cultural de la Spania bizantina, la próspera provincia Bética y la floreciente Tartessos, junto a las nuevas corrientes filosóficas, científicas, religiosas, comerciales, cortesanas llegadas de oriente.

A los católicos más rigoristas les gusta poner el foco de atención en los mártires mozárabes. En cambio, olvidan con facilidad a los mártires víctimas de esta religión en su versión más integrista y menos evangélica que dejaron a miles y miles de seres humanos en las hogueras de la Inquisición, y provocaron las expulsiones de judíos, moriscos y gitanos, en las denominadas por ellos guerras santas, como si matar se pudiese considerar un acto de santidad.

En época más reciente, a la Iglesia más integrista le gusta hablar de sus mártires de la guerra española, provocada por el golpe militar de 1936. Nuevamente sus mártires contra los mártires de los otros. Sus mártires alcanzan el cielo, los otros son pasto de las llamas del infierno, un relato inhumano y lleno de prejuicios y mentiras ¿Dónde estaba esa Iglesia cuando fusilaban a tanto inocente, cuando seguían matando, después de la guerra, por cometer el “delito” de tener otros ideales o pensamientos? Esa Iglesia estaba bendiciendo las armas que mataban y asistiendo a tanta muerte de cuneta. ¿Dónde se encontraba cuándo secuestraban a los hijos de las “rojas” para entregárselos a las personas de “bien”, seguidoras y defensoras del régimen franquista? Estaba siendo parte activa de tan viles acciones: nutridos grupos de monjas, curas, médicos y enfermeras católicas se dedicaron a este tráfico de niños que usurpaban a las madres de condición más humilde, y que apenas pudo ser juzgado.

El integrismo que asesina por motivos político-religiosos nada tiene que ver con el mensaje liberador del Evangelio o de cualquier libro sagrado que defiende la vida y la dignifica. No es tiempo de ver “la paja que hay en el ojo ajeno mientras no vemos la viga en el nuestro”. Aún no es tarde para pedir perdón por tantas muertes provocadas por activa o por pasiva. El papa Francisco es un ejemplo a seguir para estos jerarcas que, en muchos casos, rayan el fascismo y, por consiguiente, las más lacerantes violaciones de los derechos humanos. En el II Encuentro Mundial de los Movimientos Populares, celebrado en 2015, Bergoglio reconoció que se han cometido muchos y graves pecados contra los pueblos originarios de América en nombre de Dios”, y pidió humildemente perdón, no sólo por las ofensas de la propia Iglesia sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América”. A día de hoy, según el propio papa, “el sistema sigue negándoles a miles de millones de hermanos los más elementales derechos. Ese sistema atenta contra el proyecto de Jesús”, y reclamó decir “no” a “una economía de exclusión e inequidad”.

En este mismo sentido, el papa Francisco volvió a pedir perdón en 2018, por todos los “crímenes” cometidos por los sacerdotes, por las instituciones religiosas y por la jerarquía de la Iglesia en Irlanda, considerados abusos de poder, de conciencia y sexuales por los que el pontífice ha entonado un largo e intenso mea culpa. No hay que olvidar que en Irlanda, miles de menores (más de 25.000, según el informe de la comisión Ryan publicado en 2009) fueron víctimas de abusos perpetrados por unos 400 religiosos durante más de ocho décadas. Son numerosos también los casos de madres a quienes arrebataron sus bebés en instituciones religiosas para darlos a otras familias.

¿Para cuándo la jerarquía católica española dará un paso semejante pidiendo perdón por la complicidad que tuvo con los crímenes del franquismo? Quizá ese día comenzará a renunciar a sus privilegios incomprensibles e incompetentes con un verdadero Estado aconfesional, dejando de ejercer como un poder fáctico, al mismo tiempo que abrazará los senderos del Evangelio. Ello ocurrirá cuando, en lugar de fijarse en cálices profanados, brinden con copas de vino por el amor, la justicia y la paz.