Si algo nos llama la atención de un país es la forma y modo de vida de sus habitantes, su cultura, su economía, su historia, estando personalmente convencido de que la suma de estas consideraciones permite darle el valor que realmente tiene el trabajo de sus protagonistas sobre su destino y desarrollo.

Alemania y sus gobernantes, durante muchas décadas, asumieron el firme propósito de borrar parte de su historia. Una historia que avergonzó a sus habitantes durante muchos años, y de la que entendieron que tenían que eliminar cualquier vestigio inequívoco que recordara el horror, dolor, sufrimiento, y muerte que se provocó. Y no cejaron en el empeño de conseguir sus propósitos. Cayó el muro de la vergüenza en Berlín. La familia Hitler se marchó de Alemania, y tomó la decisión, en muchos casos, de no tener descendencia para perder su identificación. Otros miembros de la familia se cambiaron de nombre para eliminar tan maldito apellido, Hitler.

En los últimos 83 años de historia de España no se ha considerado que el franquismo es una etapa histórica para corregir y limpiar. O para situar en un contexto objetivo el dolor producido a un sector muy importante de la población que aún padece las consecuencias del genocidio protagonizado por el cruel dictador, Francisco Franco. Por parte de la derecha no existe empatía alguna con las víctimas de todo este largo peregrinar. Da la impresión de que este relato fuera con ciudadanos y ciudadanas de algún lugar lejano de este país. Seguramente cualquier persona conoce de primera mano lo vivido por los cientos de miles de víctimas del terrorismo franquista. Es ahí donde está ese halo de esperanza que debería despertar en nuestra conciencia colectiva el deseo de unidad con quienes han sufrido en silencio tanta aflicción.

La derecha de este país sigue defendiendo con ahínco sostener y mantener las reminiscencias  del terror franquista. Defienden a capa y espada los nombres de las calles, plazas y todo lo que recuerde el poder del fascismo, para que nadie se olvide “quién es el que manda”. Les da igual que les pillen robando: son los que viven felices de las mamandurrias, son los que consiguen másteres por su cara bonita y por la herencia recibida de sus abuelos, padres, y que ahora disfrutan los “cachorritos”. Tampoco podemos olvidarnos de la descendencia del caudillo, que siguen reivindicando la figura de tan “insigne” dictador, aunque para ello, tal vez, se  olviden que su legado, su herencia y todo lo recibido está manchado de horror, sangre, muerte, cunetas y fosas comunes repletas de víctimas inocentes asesinadas por pensar de forma distinta. Esa sinrazón sin límite los llevó a calificar de “apátridas” a quienes huían del infierno dictatorial. ¿Qué tienen en su alma para no tener vergüenza de su apellido, como lo tuvieron los descendientes de Hitler? ¿Seguirán con el empeño de borrar la memoria silenciada? En todo lo ocurrido durante estos 83 años hubo una institución, la Iglesia Católica, que fue el corre-ve-y-dile del franquismo, que traicionó a vecinos y vecinas con tal de medrar y “pillar cacho”, olvidándose de que son representantes del amor y la caridad que les enseñó Jesucristo y que, entre otras instrucciones, les mandó a no mentir, no robar, no matar, no fornicar, no levantar falsos testimonios, no violar a los niños y una retahíla de ordenanzas que, de haberlas cumplido, posiblemente la historia hubiese sido muy diferente. La iglesia católica no fue cristiana en esos episodios de la historia, sino que prevalecieron los intereses de enriquecimiento de su jerarquía.

Mientras no se haga justicia en la historia de cientos de miles de ciudadanos y ciudadanas víctimas del franquismo, seguiremos siendo una NO dictadura.