Ángela Ramos. Politóloga. Twitter: @angelarvivanco

El jueves 13 de febrero conocíamos que, por primera vez, el Pleno del Ayuntamiento de Córdoba no apoyará oficialmente la movilización del 8M con motivo del Día Internacional de la Mujer. Se rechazaban así la moción de IU y Podemos – con un texto promovido por la Plataforma Nosotras Decidimos –, y la enmienda a la misma presentada por PP y Cs.

La enmienda se justificaba en que era insostenible destinar un ínfimo 10% del presupuesto de las políticas públicas de las delegaciones al enfoque de género. La voluntad es importante, pero el dinero es imprescindible. Como decimos en mi casa, el movimiento se demuestra andando, sobre todo en política.

Sobra decir que Vox votó en contra de ambas mociones. Su discurso sobre los chiringuitos feministas, su machismo y su LGTBIfobia son ampliamente conocidos, y quienes se apoyan en ellos para gobernar son tan negacionistas de la violencia hacia las mujeres como ellos. El error de base parte de pensar que la derecha, ultra, conservadora o liberal, pueda ser feminista. Un partido que se opuso a la aprobación del matrimonio homosexual o que se muestra en contra del “solo sí es sí”, no es feminista. Tres cuartos de lo mismo para quienes abogan por la mayor mercantilización del cuerpo de las mujeres, la gestación subrogada.

Hace unas semanas me quedaba a cuadros al leer que Belinda Rodríguez, cabeza de lista por Vox Almería en las pasadas generales y diputada del Parlamento andaluz, abandonaba el partido declarando, entre otras cosas, que algunos de sus compañeros son misóginos y que las mujeres en la formación son un cero a la izquierda. No pude evitar pensar que cómo pudo sorprenderse, ¡pero si militaba en Vox!

La realidad no es que algunas mujeres repartan a otras lo que la derecha llama, a modo de mofa, “carné de feminista”. Ese es un ataque barato de quien es incapaz de reconocer que la igualdad no existe, de quien no quiere abandonar sus privilegios (de sexo, de clase, de raza o de posición social). En el feminismo, como en todo, disentir es sano, y dialogar y aprender en grupo es necesario para avanzar. Pero se debe partir del reconocimiento de determinadas realidades y principios. Citando a Simone de Beauvoir “el feminismo es una forma de vivir individualmente y de luchar colectivamente”. Conozco a muchas feministas, y ninguna nos hemos negado a otra la posibilidad de discutir y replantearnos nuestras ideas.

Recuerdo que una vez un hombre me dijo que el feminismo de las sufragistas, la primera ola, estaba bien, pero que ahora que votamos, que más pedimos (sí, ese típico tío que llama feminazi a cualquiera con dos dedos de frente). Pues sí, las mujeres votamos, legislamos e incluso gobernamos. Pero pedimos la absoluta igualdad.

En ese sentido, el feminismo tiene que ser radical, porque debe atacar a la raíz del problema. Tenemos que dejar de acomplejarnos por usar los términos etimológicamente correctos, y tenemos que luchar con quien quiera acabar con el heteropatriarcado. Como reza la pancarta en la fotografía “ninguna mujer que se respete a sí misma debería desear o trabajar para el éxito de un partido que la ignora”.

Foto de portada: Sufragistas estadounidenses militantes del Partido Nacional de las Mujeres (septiembre de 1920)