Foto de portada: Platón y Aristóteles discutiendo

Diego Rodriguez-Villegas. Educador

Aunque intento normalmente no unirme a esa pléyade de opinadores, politólogos, tertulianos, gabinetes de opinión y demás, esta vez me he obligado a poner por escrito y así ordenar un poco mis ideas, que son más producto del sentido común que de un análisis en profundidad, de lo que nos viene sucediendo hace un tiempo.

Parece que se nos han olvidado cosas sencillas como, por ejemplo, las que decía Bertrand Russell hace 90 años en “La conquista de la felicidad”.  Señalaba que las comunidades modernas (no podemos olvidar que esto lo escribía en plena crisis del 29 y a pocos años de la Segunda Guerra Mundial) están divididas en sectores que difieren mucho en cuestiones de moral y creencias. Y a la vez añadía que muchos hombres olvidan con frecuencia que existen otros hombres que tienen tanto derecho como los primeros a tener su propia opinión sobre la clase de mundo en la que le gustaría vivir. Son dos ideas simples que, en nuestros días, nos seguimos negando a aceptar y de ahí el guirigay en que estamos sumidos desde hace un tiempo; en concreto y como mínimo, desde la crisis de 2008 hasta la hipnótica pandemia en la que llevamos inmersos más de dos meses.

El debate teórico y serio hace tiempo que desapareció y, al menos los medios, se dedican a alimentar un conflicto bastante zafio entre bandos. Por un lado, la bancada de “los liberales” -con un abanico de sensibilidades que pondrían los pelos de punta incluso a Locke y a Smith porque caben fascistas, xenófobos, socialdemócratas, tradicionalistas, ¿moderados?, monárquicos, conservadores, europeístas (de la Europa de los mercados), la jerarquía de la iglesia, patriotas, etc.) y, por otro, las llamadas izquierdas – con otro abanico de sensibilidades no menos pasmoso: anticapitalistas que no aguantan un asalto si se les pregunta su alternativa al actual sistema económico, comunistas sentimentales, antieuropeístas, socialistas despistados, buenistas, estatistas, progres y pequeños burgueses que viven de la forma contraria a lo que dicen pensar, etc.. Los parias que, por supuesto los hay, no están en el debate.

Y como la discusión teórica e ideológica real no existe, entramos muy peligrosamente en el campo de las emociones y la ficción. Con respecto a las emociones, ya nos advertía la periodista croata Slavenka Drakulic, que sufrió física e intelectualmente la barbarie del nacionalismo en los Balcanes, que el nacionalismo es una ideología que necesita un enemigo que crea un “ellos” y un “nosotros”. Llegados a ese punto ya se tiene la justificación psicológica que se impone a la razón, a la economía e incluso hasta a los lazos familiares y afectivos y que, llegado el caso, hasta puede justificar la violencia.

Con respecto a la irrealidad en la que hemos decidido vivir, ya nos advertía hace años Manuel Fernández Cuesta, brillante intelectual, periodista y editor entre otras cosas, que cuando la ficción, la representación, se apodera de la vida cotidiana y el desconcierto reina en las atribuladas entendederas del personal, la ficción abandona el panteón de la simulación, recorre la distancia que separa la ilusión de la realidad y se convierte en sacrosanta verdad. En ese instante, percepción individual y conciencia colectiva forman un todo indisoluble: el mundo de la histeria y la reacción. Ahí estamos ahora, lo crean o no. Aunque solo sea una parte de esa irrealidad, pregúntense por qué consumen tantas series.

Y si ya vivíamos atribulados en este primer mundo que pasó de la posmodernidad al batacazo moral y económico en 2008, nos sobreviene, como fin de fiesta, una pandemia mundial de efectos devastadores económica y sanitariamente (también, cómo no, hay gente que lo niega o presidentes de gobierno que sugieren -ningún novelista ni cómico se hubiera atrevido a tamaña inventiva- inyectar desinfectante en los pulmones. Ese es el nivel del siglo XXI)

¿Y ahora qué hacemos? Damos por válido como Michell Houllebecq que el mundo que nos viene será igual pero peor. Hacemos caso a Juan Ramón Rallo que nos dice que el liberalismo es el mejor modelo político y social para todos, incluidas las clases más desfavorecidas. A los que se han apropiado de la bandera con sus propuestas de cerrar las fronteras, cantar el himno e ir a misa. A los, cada vez más, empequeñecidos voceros de una izquierda desorientada que, aunque parten de una lectura apropiada (el capitalismo es moral y socialmente insostenible) yerran en la solución al confundir socialización con estatización.

Quizá repasando nuestra historia todavía cercana encontremos algunas pistas; porque o entendemos que tenemos que convivir y aceptar que ninguno de los bandos puede imponerse (el pueblo no es la caravana de coches que grita “Sánchez Dimisión”, ni los de la foto de Colón como tampoco lo fue la acampada del 15M) o tendremos un final feo y doloroso. Ahí tenemos a activistas y hombres de estado a la vez que sensatos y honestos como Joan Peiró, líder anarquista de la CNT, que buscó soluciones dialogadas, con un talante humanista y conciliador que hizo que, en su juicio en 1942, después de ser deportado por los nazis, en plena razia contra todo lo que oliera a República, declararán a su favor fascistas, incluso jerarcas de la iglesia. En otro espacio distinto, al olvidado y librepensador Manuel Chávez Nogales, crítico mordaz con unos y otros que pagó su lucha por la libertad y la democracia con el ostracismo pero que nos dejó un ideario concreto y valiente de cómo pretender la libertad. Ahora, obviamente, son otros tiempos, pero volvemos a dejarnos embaucar por otros flautistas de Hamelín que tocan una musiquilla falsa y ramplona para maquillar su falta de ideas y principios.

En la historia reciente también tenemos voces que nos hablan desde fuera de ese ruido que impide la capacidad de reflexión. En un lugar muy definible, el filósofo Javier Gomá nos recuerda con precisión que el sistema democrático al tener la obligación de propiciar el consenso entre iguales necesita de una visión culta y, lo que él llama, un corazón educado porque si no estaremos en una democracia sin ideal. Quizá en un extremo de este (o no), ideológico, el recientemente fallecido Julio Anguita, repetía hasta la saciedad conceptos simples -de nuevo de alguien honesto- ideas sencillas como las que comentaba al principio de Russell. Mi favorita entre muchas otras: España es un país que se pone delante de un toro, pero ve un libro y sale corriendo. No voy a corregir a Anguita, Marx o Dios me libren, pero también en este país hay mujeres y hombres que ven un libro y se paran a leerlo e intentan comprenderlo. Tampoco pequemos de intelectualistas; ya nos señalaba Muñoz Molina que la persona más culta que ha conocido era su abuelo y no sabía leer.

Busquemos esa vía, démonos espacio para pensar y, por favor, salgámonos de esa ceremonia de la confusión, remedo tramposo de la reflexión y el pensamiento, en que se han convertidos los medios de comunicación y las redes sociales. Coloquemos la política en el bando de los cuerdos.