Diego-Rodríguez-Villegas. Educador

No alcanza uno a saber si la crisis que estamos viviendo estos días nos podrá servir para mejorar individual y colectivamente en el futuro que, por otra parte, tampoco tenemos muy claro cuál será, si será y en qué condiciones. Ya nos advirtió la pensadora Marina Garcés que habíamos creado un mundo con un entramado tan complejo que las capacidades del ser humano ya no nos alcanzan para abordar y dar soluciones a los problemas que nos iban a surgir.

Algunas pistas negativas nos ha ido dejando la historia de la humanidad, de lo poco que hemos aprendido de crisis demoledoras como las guerras mundiales, la crisis del petróleo, la Gran Recesión de 2008, etc.; pero, estando confinamos como estamos, tampoco perdemos mucho por jugar a ser positivos y pensar junto con Antonio Gramsci que “frente al pesimismo de la razón hay que esgrimir el optimismo de la voluntad”. Vamos a ello.

Estas podrían ser algunas de las cosas que hemos o deberíamos haber aprendido: Que el neoliberalismo no sirve para cuidar de las personas y sí para conducirnos a la autodestrucción y/o al sufrimiento de muchos; que los recortes en sanidad fueron, son y serán una salvajada; que maestros y profesores tienen esas vacaciones que nos dan tanta envidia porque aguantar a nuestros hijos (y veinticinco más) todos los días no está pagado y, por ir terminando, que muchos trabajadores precarios, invisibles, anónimos nos hacen diariamente “el trabajo sucio” para que unos privilegiados llevemos la cómoda vida que, hasta hoy, veníamos llevando. Algunos de ellos se han visibilizado estos días y por, primera vez, han ocupado un lugar en nuestras conciencias: limpiadoras, cuidadoras de residencias de mayores, monitores en centros de discapacitados, transportistas, etc.

Pero, paradojas de la existencia humana, todavía existen trabajadores, hombres y mujeres, que llevan años haciendo ese “trabajo sucio” del que os hablaba y siguen en el anonimato. Realidades que obviamos porque no queremos ver cómo nuestra sociedad crea sufrimiento, vergüenza y dolor y que, ni siquiera, en estos días tan duros somos capaces de mirar cara a cara para, cuando menos, reconocer, ponerle cara a quienes trabajan poniendo parches a esa realidad que hace agua por muchos sitios.

Unos de esos profesionales, entre otros, son quienes que trabajan en los centros de menores. Precarios donde los haya, olvidados, desconocidos, inexistentes para la mayoría. Hombres y mujeres, cuyo trabajo de lunes a domingo durante 24 horas los 365 días del año (estos días confinados en espacios mínimos donde guardar la distancia de seguridad impuesta por Sanidad para ellos es casi un chiste) consiste en intentar recomponer la maltrecha estabilidad emocional, psicológica y física de estos niños y jóvenes a los que su situación familiar y/o sus delitos ha arrastrado hasta un centro de menores. El 60% de ellos con problemas de conducta, el 25% con medicación psiquiátrica o psicológica, el 35% con medidas judiciales producto de violencia intrafamiliar o contra las personas. Y así podríamos seguir hasta el infinito.

Esa inestabilidad de la que hablábamos, esa fractura afectiva, esa falta de autoestima, trastornos mentales, inexistencia de referentes, problemas judiciales etc., como comprenderán, conjuga fatal con las medidas de higiene y desinfección así como de confinamiento que, en su caso, supone no salir de los centros ni recibir visitas. ¿Son capaces de visualizar un piso de protección de menores con, por ejemplo, 8 de estos chicos y chicas encerrados a cal y canto en setenta metros cuadrados? ¿Se pueden poner en la piel de un educador de un centro de reforma juvenil con cincuenta o setenta chicos en estos días?

La única lectura positiva de esto es que, afortunadamente, las cifras de infectados en la población joven a día de hoy es muy baja, en los trabajadores ya es otra cosa. Aún así, ellos siguen, como servicio esencial que son, acudiendo cada día a su puesto de trabajo, reconstruyendo los sentimientos de estos olvidados chicos y chicas, intentando darles herramientas para superar su pasado y mirar al futuro (si tenemos) con algo de optimismo, abriéndoles puertas para que puedan ver que con algo de esfuerzo, trabajo y suerte la vida a lo mejor les vuelve a sonreír o les sonríe por primera vez. Mientras, la garante de ese servicio público que ahora nadie duda de que sea esencial, ósea la administración, sigue prefiriendo que estas “miserias” se oculten debajo de la alfombra.