Municipalismo transformador y economía social y solidaria

Francisco Molina Varona

Venimos asistiendo a una campaña de difamación por parte de algunos medios de comunicación; amplificada por la complicidad del Partido Popular y Ciudadanos, a través de la publicación de una sucesión de noticias, que con total descaro y sin ningún fundamento, vienen insinuando la existencia de una red clientelar, establecida entre el nuevo municipalismo de los “Ayuntamientos del cambio” y la Economía Social y Solidaria concretada en figura de las empresas “Cooperativas”. Este ataque, no es más que un burdo intento de tergiversar la realidad, pues es evidente que el nuevo municipalismo incorporo en sus programas electorales una concepción diferente del desarrollo socioeconómico, que pone en cuestión la omnipresencia de las grandes corporaciones en las economías urbanas, incorporado mecanismos redistributivos propios la Economía Social y Solidaria.

No se trata por tanto de ninguna arbitrariedad, sino una decisión política legitima, la más básica de todas, que es la de cumplir su propio programa electoral y esto no debería ser tan sorprendente.

Dicha opción política no solo tiene una base constitucional contundente:

Artículo 40 (Los poderes públicos promoverán las condiciones favorables para el progreso social y económico y para una distribución de la renta regional y personal más equitativa, en el marco de una política de estabilidad económica. De manera especial realizarán una política orientada al pleno empleo).

Artículo 128 (Toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general).

Artículo 129 (Los poderes públicos promoverán eficazmente las diversas formas de participación en la empresa y fomentarán, mediante una legislación adecuada, las sociedades cooperativas. También establecerán los medios que faciliten el acceso de los trabajadores a la propiedad de los medios de producción).

Sino, que además está cargada de sentido común, pues la economía no puede entenderse ni gestionarse al margen de las relaciones sociales, culturales e institucionales que la envuelven, ni tampoco extenderse más allá de los límites biofísicos de nuestro planeta, pues la vida depende de los sistemas naturales o ecosistemas, así como de sus funciones y servicios.

Aunque el modelo económico predominante el “capitalismo” ha terminado por imponer a las personas y comunidades su propia dinámica, que se ha sustentado y reforzado en la universalización de la idea de que con dinero se pueden comprar todas las cosas, por lo que nos ha inoculado a la mayoría de las personas la necesidad de adquirir tanto dinero como sea posible, subvirtiendo el sentido del trabajo y el objeto mismo de la producción humana, que ya no es el de procurarse aquellos bienes y servicios necesarios para la vida, sino que ha sido sustituido por el de incrementar la posesión de dinero, o lo que es lo mismo el de obtener los máximos beneficios, y para conseguirlo hay que acumular cada vez, más y más dinero=capital, cuyo incremento y reproducción se han convertido en la principal motivación y finalidad de las sociedades y lo que es peor de la mayoría de las personas.

Siendo así, que sobrepasada la etapa más dura de la mal llamada “crisis económica”, nadie tendrá la menor duda de que ésta ha sido la excusa para desarrollar unas políticas de austeridad encaminadas fundamentalmente a recortar los derechos de la mayoría de las personas y que han dado como resultado una sociedades más injustas, que ha favorecido una mayor acumulación y la concentración de la riqueza, al mismo tiempo que cada vez son menos las personas que deciden el destino y la manera de vivir de la mayoría.

Las consecuencias son desastrosas, pues se han incrementado los niveles de pobreza, el número de personas en exclusión y sigue ensanchándose la brecha social. Y mucho peor aún, se está propiciado un nivel de concentración del poder político y financiero, nunca antes conocido en nuestra historia.

Algunos de los rasgos comunes que definen la realidad actual son:

La desigualdad económica, pues se nos ha impuesto un modelo socioeconómico del que hay que destacar varios aspectos:

  1. En el plano de las políticas de comercio internacional se ha producido un incremento enorme de las transacciones de capital frente a las de bienes y servicios, siendo así, que la mayor parte del comercio mundial se basa en las transacciones de bienes intangibles, lo que favorece la economía especulativa frente a la productiva, y, por tanto, la creación de riqueza “ficticia”, restringida a unos pocos.

  2. Unas políticas monetarias, que está produciendo una traslación de las rentas públicas a las rentas privadas, pues los bancos centrales no han prestado dinero directamente a los Estados sino es a través del mercado secundario, es decir de la banca privada, esto es, los Estados han venido pagando intereses a los bancos privados por el dinero que ellos mismos recaudaron con los impuestos de los ciudadanos.

  3. Unas políticas fiscales, es más que evidente que se ha producido un claro favorecimiento de las rentas más altas y de las provenientes del capital, castigando aquellas que tienen su origen en el trabajo.

  4. Y no menos importante, sigue siendo la expulsión de la economía reproductiva y doméstica del ámbito y las reglas establecidas por la Económica Formal (Contabilidad, Balances, PIB…), impidiendo así, que dos tercios de la carga global de trabajo puedan visualizarse, además de quedar sin remunerar.

La desigualdad en el acceso a los recursos del planeta, que no es sino una consecuencia de un modelo socioeconómico basado cuyo motor principal es la avaricia y que tiene como único objetivo el maximizar los beneficios a toda costa, lo que ha contribuido a extender las más nefastas prácticas empresariales por todo el mundo.

Siendo así, que la mayor parte de la explotaciones de recursos naturales se realizan por parte de transnacionales, que lejos de impulsar las rentas en el lugar de origen, lo que hacen es presionar sobre los gobiernos para obtener circunstancias favorables, para que consientan prácticas de explotación basadas en condiciones laborales inhumanas, modos productivos depredadores de los recursos naturales…, derivando todo esto en una gran desigualdad entre la población trabajadora de origen y la que disfruta del valor añadido de dicha materia prima, sirva como ejemplo: Las minas de diamantes, la diferencia entre los mineros y los traders de Ámsterdam, o el caso de los trabajadores de las minas de coltán y la diferencia con los de silicón valley.

También estamos asistiendo a un modelo de explotación de los recursos naturales, que es depredador e irrespetuoso con los ciclos normales de regeneración de la naturaleza, siendo así que se ponen en marcha y se autorizan nuevos modelos de explotación para la extracción de recursos naturales, como es el fracking, primando los procesos especulativos sobre la necesaria responsabilidad medioambiental.

Por último, hacer constar las dificultades de un gran parte de la población humana para acceder a los bienes básicos de subsistencia, siendo especialmente sangrante aquellas situaciones en las que no dispone de agua potable o de los alimentos básicos, cuyo precio ahora se están viendo incrementados por los movimientos especulativos sobre las cotizaciones internacionales, que se producen con los mal llamados “mercados de futuros”.

Por lo tanto, podemos concluir señalando, que además de las enormes desigualdades que se han originado entre las personas y los pueblos, también estamos asistiendo a un deterioro tal del planeta, que produce unos efectos nefastos sobre nuestra salud y que, de no remediarse, tendrá unas consecuencias devastadoras para la vida de las generaciones futuras.

La desigualdad de género, que es la más histórica y universal de todas, pues el mantenimiento en la asignación de distintas tareas y roles sociales, entre hombres y mujeres, las diferencias de remuneración en la realización de un mismo trabajo, la escasez de mujeres en puestos directivos y el rechazo de comportamientos y orientaciones sexuales diferentes a los estandarizados, vienen a confirmar la apuesta del actual sistema neoliberal por mantener aquellos comportamientos más rancios y discriminatorios de nuestras sociedades. Por no mencionar, que, tras la mayoría de los conflictos actuales, que están siendo justificados sobre diferencias religiosas, étnicas y/o ideológicas, para lo que realmente sirven es para ocultar las verdaderas causas que hay detrás de los mismos y que en la mayoría de las ocasiones no son otras que intereses económicos. La existencia y el mantenimiento de las conciencias nacionales y la inexistencia de una conciencia clara de patria-universal, de sociedad-mundo, hace casi imposible el que asumamos que la verdaderas diferencias entre las personas son las que provienen de las desigualdades provocadas por la falta de acceso a los bienes y servicios básicos para la existencia humana, tales como la alimentación, la sanidad, educación, cultura, vivienda…, y no otras, son estas las que deben identificarnos como colectivo humano en lucha para conseguir que estos derechos se conviertan en una realidad universal.

La desintegración cultural, estamos asistiendo a una progresiva atomización de la sociedad, que trata de convertir a las personas en individuos desconectados de toda coyuntura socio-político-económica en la que realmente se encuentran insertas, para reducirlas a meros consumidores.

A partir de la revolución francesa las personas adquirieron la condición de ciudadanos, sujetos políticos con derechos además de deberes, que activaron su conciencia crítica, para librarse de la condición de siervos, ciegos y dóciles a las órdenes de sus señores.

Ahora la cultura neoliberal pretende anular esta condición de sujeto crítico, para configurar un nuevo ciudadano neoliberal, que renuncie a cualquier pensamiento crítico y se abstenga de participar en instancias comunitarias. Y para extender esta nueva cultura de abstención voluntaria, cuenta con unos instrumentos poderosísimos, que son los medios de comunicación de masas y muy concretamente la televisión, que se ha convertido en un mecanismo de deformación y desinformación, que ha quedado atrapado y engarzado a la maquinaria publicitaria que rige el mercado, convirtiéndose ella misma en un producto listo para ser consumido y esclavo de los resultados de la medición de los índices de audiencia.

La Televisión nos trasmite aquellas imágenes que “dicen” lo que no nos atrevemos a pronunciar, abriendo la caja de Pandora de nuestros deseos inconfesables, superando el diálogo entre padres e hijos, abuelos y nietos, entre los propios jóvenes, etc., imponiéndose como interlocutora hegemónica dentro del núcleo familiar, alterando de esta forma las referencias simbólicas fundamentales del siquismo infantil, usurpando nuestra palabra como cauce natural a través del cual unas generaciones han trasmitido a otras sus creencias, valores, relatos, genealogías, ritos, relaciones sociales y sustituyendo de manera masiva y abusiva el dialogo humano, a través del cual se ha tejido siempre nuestra subjetividad y nuestra identidad. Es evidente que en la medida en que nos despojan del dialogo con los otros, que es el único camino para reconocernos y transitar del yo al nosotros, se está produciendo una mutilación de las múltiples conexiones que nos unen a los seres humanos, tales como las emociones, las imágenes provocadas por gestos, expresiones faciales cargadas de sentimientos, alterando así nuestro equilibrio síquico, como la identificación del tiempo (ahora) y del espacio (aquí), y de los límites de mi ser en relación a los demás.

Si el dialogo, queda sustituido por una catarata de imágenes que tratan de exacerbar los sentidos, se dificultará la maduración de los sentidos de temporalidad e historicidad, quedando atrapados y reducidos al “aquí y ahora”.

Se trata por tanto de toda una estrategia dirigida a lograr, que los seres humanos prescindan del acto de pensar, reflexionar, criticar y muy especialmente de participar en el proyecto de transformar la realidad, para hacerlos creer, que todo es una cuestión de conveniencia, gusto personal, simpatía, etc., dándole este carácter a cuestiones que nos son fundamentales para nuestras vidas como son la preservación de la biodiversidad, la defensa del medioambiente, la responsabilidad social la economía, el genoma…, etc.

Es evidente que los paradigmas sobre los que se sostiene el actual sistema socio-político-económico, están cuestionados y se han manifestado contrarios a los intereses de la mayoría de los seres humanos, pues tanto el crecimiento ilimitado como la competitividad como motor del progreso, chocan de manera frontal con los propios límites de la biosfera y con las enormes desigualdades que generan. 

Y es en este contexto en el que la Economía Social y Solidaria, se opone frontalmente a esta modelo social, tratando de organizar la producción y la supervivencia de manera totalmente diferente a como las empresas mercantilistas han configurado el mercado y, sin renunciar, en absoluto, a la eficiencia profesional y económica, tratan de invertir este fundamento economicista reivindicando la primacía de las personas sobre el capital y priorizando la gestión participativa y democrática, con el objetivo de convertir a las personas en ciudadanía activa, generando para ello comunidades cooperativas, que centren su esfuerzos en impulsar el desarrollo local y la cohesión social.

En la actualidad la Económica Social y Solidaria, se ha configurado como la única alternativa real a la Economía Capitalista, pues no se trata solo de una teoría sobre un nuevo modelo económico, sino de multitud de nuevas experiencias prácticas, reales y concretas, globalmente interconectadas. Como se dice en el libro Las Mil y Una Noches: “Cada cosa en todas las épocas camina junto a su contraria”, pues bien, la Economía Social y Solidaria es precisamente esa cosa contraria a la Economía Capitalista, que ya desde su génesis camina junto a ella confrontándola, con el claro objetivo de sustituirla y, para ello no ha parado de generar nuevas formas de producir, distribuir y consumir, en definitiva, unas nuevas formas de vivir.

Se trata pues de entender que se ha comenzado a tejer una clara alianza entre las nuevas formas de entender la gobernanza política de nuestras ciudades “el Municipalismo” y la Economía Social y Solidaria, con el propósito de establecer nuevas formas de gestionar los recursos y bienes para la subsistencia, tejiendo nuevas maneras de cooperación y de creación colectiva de valor, apoyándose en las innovaciones tecnológicas y en su capacidad para tejer ecosistemas nuevos. Es una respuesta contundente y alternativa a los enormes problemas que han generado los planteamientos económicos puramente mercantilistas o los estatalistas, se trata de abrir nuevos caminos para poner en valor un nuevo paradigma cooperativo basado en la idea de –lo común-, y en un nuevo concepto de -lo público-, que propone a la ciudadanía una nueva cultura basada en:

  • Una visión comunitaria, que se confronta con la visión individualista, con el modelo capitalista se ha ido extendiendo una idea de derechos fundamentada cada individuo, en singular, imponiendo un concepto de propiedad, sustentado en el principio de la rivalidad por la posesión de los bienes y, por tanto, que ha requerido de unos poderes políticos, que ejercieran toda su fuerza en sostener la concentración y por tanto la exclusión de la mayoría al acceso a dichos bienes. La visión de lo común, parte de la idea de inclusión y el derecho de todas las personas, la perspectiva de lo cooperativo trata de construir un nuevo paradigma, que entiende, que los bienes comunes no pueden ser objeto de posesión en un sentido privativo, exclusivo y excluyente, como plantea el modelo de propiedad capitalista, sino que estos bienes deben estar siempre al servicio de las necesidades de las personas y comunidades, puestos a su disposición a través de nuevas fórmulas de propiedad de uso, tanto personal como colectiva.

  • Una lógica cualitativa, que se confronta la cuantitativa. Debemos abandonar la idea de que los bienes comunes tienen que ser contados, medidos y asignados, pues en realidad todas las personas somos parte de la comunidad en la medida que formamos parte de un ecosistema concreto, en el que se establecen un conjunto de relaciones, ya sea en un entorno urbano o rural, y que como consecuencia cada una de esas personas, que están integradas en esas comunidades, ya forman parte de los comunes y, por tanto, tienen todo el derecho a participar en su uso.

En 1833 un matemático llamado William Foster, nos cuenta una historia, una especie de parábola muy simple al tiempo que profunda y actual:

Trata de grupo de pastores utilizaban una misma zona de pastos. En un momento dado un pastor pensó que podía añadir una oveja más a las que pacían en los pastos comunes, ya que el impacto de un solo animal apenas afectaría a la capacidad de recuperación del suelo. Los demás pastores pensaron también, individualmente, que podían ganar una oveja más sin que los pastos se deteriorasen. Pero la suma del deterioro imperceptible causado por cada animal arruinó los pastos, y tanto los animales como los pastores murieron de hambre.

En la sociedad moderna, los “pastos” son los “comunes”, son los bienes públicos, accesibles para todos los miembros, incluidos aquellos que no han contribuido a su producción ni a su conservación. Hablamos del aire puro, el agua, las especies vegetales, las fuentes de energía o los recursos pesqueros, etc. A simple vista podríamos pensar que cualquier miembro de la sociedad podría abusar de estos recursos sin que se observen efectos importantes, pero la realidad es que nuestro papel individual y colectivo no es en absoluto insignificante si se suma a las acciones de otros individuos y grupos.

Los seres humanos y las sociedades que estos conforman están íntimamente interrelacionados con la naturaleza y el medio ambiente. De hecho, la naturaleza provee a los seres humanos, a través de las funciones y servicios de los ecosistemas, de agua, alimentos, energía y materiales, y además de éstas y otras contribuciones directas al bienestar humano relacionados con el abastecimiento, los ecosistemas naturales proporcionan a la sociedad diversos servicios culturales (recreativos, educativos, espirituales) y de regulación (regulación del clima, inundaciones, enfermedades, calidad del agua, regulación de los ciclos hídricos, secuestro de CO2), que vienen a ser contribuciones indirectas, pero importantísimas y fundamentales para el bienestar humano.

El programa científico internacional Evaluación de los Ecosistemas del Milenio, fue lanzado en el año 2001 por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) con la intención de contribuir en la consecución de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) mediante el mayor conocimiento y valoración de los ecosistemas del planeta. Este programa supuso un gran esfuerzo de la comunidad científica internacional (involucró a más de 1.300 científicos y científicas de 95 países) para estudiar la relación existente entre la salud de los ecosistemas y el bienestar humano, y orientar así las acciones y decisiones presentes y futuras hacia una mayor sostenibilidad y, por ende, hacia un mayor bienestar de la humanidad en su conjunto. Según el informe de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) sobre La Evaluación de los Ecosistemas del Milenio, el sesenta por ciento de los servicios de los ecosistemas examinados se están degradando o se usan de manera no sostenible, con inclusión del agua dulce, la pesca de captura, la purificación del aire y el agua, la regulación del clima regional y local, los riesgos naturales y las epidemias, etc. Estos cambios introducidos por la actividad humana en los ecosistemas están aumentando la probabilidad de cambios no lineales y potencialmente bruscos, que tendrán consecuencias importantes para la humanidad. Por ello, es necesario un cambio de visión, una nueva forma de entender la problemática socio-económica-ambiental-cultural, de modo que dejemos de obviar lo obvio y empecemos a preocuparnos por lo que concierne a nuestras vidas y a nuestro bienestar en una calve totalmente distinta a como habitualmente lo hacemos como individuos y pasemos a pensar en cómo cambiar la forma de relacionarnos entre nosotros y con el medio que nos rodea.

La economía no puede entenderse ni gestionarse al margen de las relaciones sociales, culturales e institucionales que la envuelven, ni tampoco extenderse más allá de los límites biofísicos impuestos por los sistemas ecológicos”, ya que nuestra sociedad y su economía dependen de los sistemas naturales o ecosistemas, así como de sus funciones y servicios.

Es por esto no retornaremos a la sostenibilidad de nuestro actual sistema-mundo, si no se toma conciencia real de la capacidad de carga y de regeneración de la biosfera, o lo que es lo mismo, si no se respetan los límites biofísicos de la Tierra, pero al mismo tiempo para poder cambiar su rumbo actual, será imprescindible que se generen cada vez más micro ecosistemas psico-socio-culturales-económicos humanos, que cambien radicalmente su visión y su formas de vivir, para así poder llegar conformar una nueva sociedad y un nuevo ecosistema-mundo.

Esta visión, está fundamentada en la idea de que la naturaleza y los seres humanos son un todo, conformando un complejo sistema piso-socio-económico-cultural-ecológico. Supone por tanto aprehender la realidad desde una visión sistémica-global y no compartimentada, nacionalista y mucho menos imperialista, incorporando ahí los distintos procesos de desarrollo sostenible de cada uno de los diversos micro-ecosistemas-humanos o comunidades, para que en primer lugar se sientan una parte más del sistema natural o biofísico, cuidando y respetando los límites biofísicos de la Tierra, y en segundo lugar conformen unas nuevas relaciones psico-socio-culturales-económicas que permitan una vida digna a todos los seres humanos.

Siendo así que es una verdad irrefutable, que más pronto que tarde deberíamos asumir, que la vida y los bienes comunes que la sustentan están inseparablemente unidos, que la economía solo es una forma para procurarnos una vida digna, tejiendo lazos entre las personas, las comunidades y que todas ellas conforman un ecosistema común del que nadie puede abstraerse, ni del que nadie debe apropiarse, ya que nos corresponde todos y todas decidir cómo se gestiona, pues la vida de cada persona, de cada comunidad y de todas en su conjunto, así como la de todos los seres vivos del planeta tierra, única y verdadera “casa común”, es un legado sobre el que solo tenemos derecho de uso, pero con la responsabilidad compartida de preservarlo para las generaciones futuras.

Y es, en esta visión compartida, en la que se encuentra sustentada la alianza entre el Municipalismo Transformador y la Economía Social y Solidaria.

* Concejal de Ganemos Córdoba.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.