Juan Ariza Otano. Estudiante

Es imposible no prestar atención a frases que en ocasiones se han dicho y que desde siempre han sonado retrógradas y asquerosas. Muchas veces hemos podido ver como calificaban a Conchita Wurst de “marimacho” o a Eurovisión como “el festival de los maricones europeos”. Pongo estos ejemplos para que estén unidos.

Los problemas al decir estas afirmaciones son la ignorancia de los que lo dicen y la de los que los escuchan y no actúan. Esa persona que dice “maricón” o “marimacho” o “travelo” o “bollera” (podría seguir) suelta estos insultos porque nunca nadie les ha parado los pies.

Detrás de esas palabras puede haber dos cosas: odio o ignorancia. Y sí, acepto que sea ignorancia porque muchos (la mayoría ancianos) lo dicen sin querer hacer daño. Lo dicen de esta forma porque esa es su manera de nombrar a un LGTBI+. Aunque puedan hacerlo sin ningún odio, esa educación que han recibido para decirlo está hecha para ver al LGTBI+ como una persona rara o enferma.

El otro grupo, que, por desgracia, es cada día más grande, es el de aquellas personas que odian o ven diferentes al colectivo. Unas de sus ideas es que son unos enfermos que hay que tratar con terapias para “reconducir”. Que mal suena esta palabra. Reconducir significa desviar el camino que llevas porque estás escogiendo la opción mala, la que no tiene salida, la especial, la que nadie coge… Y ellos la utilizan para las “terapias”, esas que lo único que hacen es ponerle dos pestillos más a ese armario que ya cuesta abrir con los que ya tiene de por sí.

Y este odio sigue porque no se frena. Lo hemos visto en muchas ocasiones: nace una idea y resurgirá la contraria para frenarla. Ocurrió con el fascismo, ocurrió con el machismo, ocurrió con todo.

El colectivo LGTBI+ que lucha por los derechos nace en 1969, cuando, después de una redada policial en Stonewall, los pertenecientes al colectivo salieron a la calle a protestar. Aquí nace el colectivo que lucha. Y consiguieron derechos. Pero cuando los lograron, la lucha se frenó.

Siguieron todos los años saliendo por el Orgullo, pero no con tanta fuerza como lo hacían en las primeras (tengamos en cuenta que las primeras manifestaciones eran una liberación para algunos).

Hace ya unos años, esa extrema derecha que se escondía bajo las siglas de partidos supuestamente moderados, ha salido para tener voz y voto. Pero esa voz y voto algunos lo entienden como el mundo que ellos quieren. Sueltan entonces mensajes de odio que hacen retroceder (a pie de calle) en derechos a este y otros movimientos.

Desde el auge de la extrema derecha las agresiones lgtbifóbicas han aumentado y esas “terapias de reconducción” están ahora más protegidas que nunca.

Otro problema que quiero destacar es el de las banderas. Desde hace poco se saca la bandera de España a los balcones. ¿Por qué se sacan realmente? ¿Es la respuesta “Porque amamos a España”? No, no lo es.

Yo amo a España, esa que salió a las calles el 15-M, esa que salió al 8-M… En resumen, amo a esa España que sin ánimo de ningún beneficio propio sigue luchando por un país mejor. Y no me gusta esa España que se le llena la boca alabando a su país mientras que después deja atrás a la mitad de la población porque no piensan como ellos.

 

Bandera colgada en un balcón de Córdoba con motivo del Día del Orgullo 2020

 

Volviendo al tema de la bandera tenemos que buscar la realidad del por qué colgarla. Y la respuesta es porque la bandera, los símbolos de nuestro país, pero también los símbolos del franquismo y la represión, dan miedo a aquellos que ahora se sienten un poco más libres. Porque esos símbolos recuerdan a las agresiones por ser diferente, a las libertades para poder pegarte por la calle si eras gay, a las libertades para llamarte enfermo, pero, sobre todo, a las leyes contra personas del colectivo (la famosa ley de peligrosidad).

El que siga en el armario y no pueda salir porque su familia, entorno, amistades… Sean contrarias al movimiento, sufre. Porque no poder mostrar lo que sientes duele. Y cuando por fin lo consigues es una liberación que te hace vivir de otra forma: libre en gestos, manera de hablar, manera de expresarse y hablar, pero, sobre todo, manera de querer y amar.

Porque amar es vital para la estabilidad mental. Porque es un sentimiento más que se encuentra en nuestra cabeza. Porque salir por la calle agarrado de la mano no puede ser un miedo para unos (LGTBI+s) y una alegría para otros (heterosexuales).

Nadie puede entrar en nuestra vida privada. Amar lo que amamos es cosa de cada uno y ser así no puede ser justificación para que otro te reprima.

A aquellos que siguen reprimidos, a aquellos que desde hace poco han salido del armario, a aquellos que vendrán y pasarán por esto, a aquellos que sufran porque su entorno no los acepte, a aquellos que se han dejado la vida por nuestros derechos y no han visto los derechos que se han conquistado: recordad siempre que nosotros somos uno y siempre nos protegeremos los unos a los otros. Porque somos muy orgullosos y frente a su odio, nosotros siempre gritaremos: ¡VIVA EL ORGULLO!