Miguel Santiago Losada. Profesor y miembro de la Asamblea de Andalucía

 

El año pasado se conmemoró los 1200 años de la revuelta de los rabadíes en Córdoba (25-03-818), considerada como la primera revolución popular europea contra el poder establecido, en este caso, contra el emir Al-Hakam I. Entre el 23 y 25 de marzo de 1919, en la misma ciudad, el mismo día pero muchos siglos después, tuvo lugar la Asamblea Andalucista. Es como si los astros se hubiesen conjurado para iluminarnos y hacernos despertar, a andaluces y cordobeses, de nuestra gloriosa historia. Y es que no existe un pueblo sin cultura y una cultura sin pueblo. En nuestro caso, nos arrebataron la cultura andalusí, como a una madre o a un padre le arrebatan a su hijo, lo más sagrado de su existencia, dejándonos empobrecidos a merced de nobles, obispos, latifundistas, terratenientes que nos fueron anulando y ninguneando a lo largo de los siglos.

La cultura andalusí fue engendrada con los mejores genes de Oriente y Occidente, de Damasco y de Roma, dando extraordinarios frutos en las diferentes ciencias y artes del saber: ciudades, monumentos, matemáticos, astrólogos, médicos, ingenieros, poetas, filósofos, arquitectos, músicos… Nunca antes nuestra tierra se vio preñada de tanta sabiduría y riqueza, calificada por Teófilo Gautier (1811-1872) como Atenas bajo los moros y ahora un pobre pueblo beocio.

Blas Infante, el padre y profeta de la patria andaluza, quiso recuperar esa esencia, el alma de su pueblo, luchando desde la política en mayúscula, el diálogo, el descubrimiento de las raíces de su pueblo, y la denuncia de la devastadora pobreza de sus mujeres y hombres, que sufría principalmente la clase obrera y campesina. Y recogió en su ideal andaluz todos los pasos dados por mujeres y hombres a los largo del siglo XIX y principios del XX: Pablo Olavide, Torrijos, Mariana Pineda, Fermín Salvochea, Juan Valera,  Joaquín Guichot, Blanco White, Cecilia Böhl de Faber, cuyo pseudónimo era Fernán Caballero, Antonio Machado y Álvarez, conocido como Demófilo,  Juan Díaz del Moral, y un largo etcétera de mujeres  y hombres que sintieron, vivieron y defendieron su Andalucía, escribiendo magníficas obras sobre nuestra tierra.

Este proceso se fue gestando desde la formación de la Junta Suprema de Andalucía en Andújar, el 2 de septiembre de 1835. Continuó con la madurez regionalista que supuso la Gloriosa en 1868, con la constitución de los Cantones, hasta llegar a la Constitución de Antequera, que sirvió de base al regionalismo andaluz en el Congreso de Ronda de 1918 y en la posterior Asamblea de Centros Andaluces de 1919 en Córdoba.

Esta ciudad siempre jugó un papel importante en el andalucismo histórico. En este sentido es necesario recordar el Pacto Federal andaluz, constituido en Córdoba, el 10 de junio de 1869, en el salón de la Fonda Suiza, así como la Asamblea de Córdoba del 29 al 31 de enero de 1933, celebrada en el Círculo de la Amistad y cuyo fin primordial era elaborar y aprobar el esperado proyecto de Estatuto de Autonomía de Andalucía.

Asimismo, como se refirió anteriormente, se celebró la Asamblea de Córdoba (1919) de la que se cumple un siglo y en la que se aprobó el Manifiesto andalucista de Córdoba, elaborado el 1 de enero del mismo año, denominado Manifiesto de la Nacionalidad, en el que se proclama la necesidad de que Andalucía se constituya en una democracia autónoma y la llegada de la hora suprema en que habrá de consumarse definitivamente el acabamiento de la vieja España. Los autores del manifiesto, entre los que se encuentran Blas Infante y varios miembros de los Centros Andaluces, asumen como referencia la constitución de la Asamblea Federalista de Antequera de 1883 y la Asamblea de Ronda de 1918, en la que se proclamó a Andalucía como una realidad nacional y una patria. El actual Estatuto de Autonomía de Andalucía remite a este manifiesto para justificar la expresión realidad nacional que aparece en el preámbulo del mismo. Hoy en Córdoba, muy cerca de donde se sublevaron los rabadíes, tras un siglo de la citada Asamblea, ondea la verde y blanca, como símbolo de nuestra esencia como pueblo.