A la espera de que un Osborne, Ussía, Inda, Losantos, Herrera o cualquier otra persona de catadura-no pienses mal, no pone “cara”- similar (perdón, altura intelectual) se decida a hacer de Boccacio (fue el autor del Decamerón y primer biógrafo de Dante, el que adjetivó como “Divina”-allá por el siglo XIV- al libro de su paisano hasta entonces llamado “Comedia”) y  ponga el título definitivo a la actuación que representa desde el confinamiento, la Derecha hispana -multicéfala como la Hidra de Lerna, siempre cabeza de serpiente y aliento venenoso-, aunque no tenga claro el nombre sí  ha acotado  la categoría artística donde encuadrarla: astracanada con chabacanerías pensadas para hacer llorar, histrionismo máximo y ópera bufa.

Porque su sobreactuación política en época de Pandemia para motejar al actual Gobierno de peligroso comunista- bolivariano está siendo más falsa que “el cosas veredes amigo, Sancho” atribuido al Quijote. Como con los empadronamientos de okupas, las suculentas pagas a inmigrantes por no hacer nada, las armas de destrucción masiva de Aznar o la pobreza de la Iglesia, da categoría de verdad absoluta, como si la hubiese visto (el clásico “yo tengo un amigo, que tiene un amigo, que tiene un amigo”) a una falsedad.

Igual que cuando millones de españoles vieron salir del armario al perro Ricky en el programa “Sorpresa, Sorpresa” [“el mayor bulo de…”] para degustar el unte de foiegras, mermelada o nocilla (según la versión) de su dueña: el emisor sabe que es mentira, pero es especialista en mantener con aplomo la trola.

Y este uso perverso del engaño convierte a España en el paraíso del embustero. Con goteo de moco de nariz y caída de baba de símbolo distintivo, siempre hay una claque dispuesta a aplaudir a cambio de remuneración y entrada gratuita al primer Ayusín de turno que proclame en un balcón, estudio radiofónico o plató televisivo “¿Piove? Porco Governo” (¿Llueve? Cochino Gobierno).

En nuestra Patria siempre se encuentra disponible para lo que haga falta esa masa irredenta que en la tesitura del refrán “Cuando el sabio señala la luna…” siempre mira el dedo. En un cerebro rojigualdo como Dios manda no hay espacio para proverbios chinos. Que además lleva a gala -rasgo atávico de cuando sus antepasados “marañones” recorrían la Amazonia- repetir como loro, guacamayo, cotorra, la patochada que se le ocurra al primer admirador e imitador facha de Steve Bannon que se cruce en su mando televisivo o foro de internet.

Directamente elevado a la categoría de dios si ha sido ungido en forma de tertuliano por el programa de Ana Rosa. Mucho más aseado desde que escritores que hagan de negro o periodistas -incordio como Antonio Maestre no se encuentran por los pasillos. ¡Dónde va a parar la sensación de limpieza! Como de la noche al día.

Faltaría para un pastel perfecto la guinda de monseñor Cañizares, arzobispo de Valencia, invitado al programa día sí y otro también. Pero como el pobre tiene tanta tarea midiendo distancias de seguridad para exponer a la Virgen de los Desamparados mientras hace equilibrios para no pisarse la cola de su despampanante vestido rojo, no pudo aceptar.

Mismamente la frase atribuida al torero Rafael Guerra (acuñada seguramente por Talleyrand) de “Lo que no puede ser no puede ser y además es imposible”.

Por eso solo en nuestro país votantes de reconocida xenofobia, homofobia y demás fobias habidas y por haber, puedan encontrar a su líder natural subido en una tribuna parlamentaria defendiendo sin venir a cuento a los homosexuales de los “ataques” que reciben desde la Izquierda (sic), a diez palabras de abrir la puerta mientras se postula como candidato a subirse en la carroza más espectacular en el próximo desfile del Día del Orgullo Gay.

O al jefe del PP, votante y sostenedor de leyes mordazas y triquiñuelas legales que recortasen las protestas de los españoles cuando gobernaba el PP, abandonando su disfraz de Campeador (el “Cantar del Mío Cid”, sí atribuye al rey Alfonso VI un “cosas tenedes -no veredes- Cid, que farán fablar las piedras”) para vestirse de Mariana Pineda barbuda y encargar una bandera bordada (letras rojas sobre triángulo verde y fondo morado) con la leyenda “Libertad, Igualdad y Ley” para enarbolarla en la calle defendiendo la Constitución que su partido no votó y los derechos políticos que nunca quiso.

O contemplar la enternecedora imagen del vecindario de Pijolandia-nombre oficial: barrio de Salamanca-, imitando las caceroladas pregolpistas de la derecha chilena contra Salvador Allende y protestar en la calle con la seguridad que da sentirse impune. Tras el acto de afirmación, de vuelta al calor del hogar, nunca olvidan encender una lamparilla al retrato de Franco que señorea el salón, aunque olvidan que, para nuestra fortuna, el barrio no es sinónimo de España.

O a prohombres “ultra-mega-ricos-o-sea” (dice la rubia de mechas mientras mueve su melena hacia la derecha, como debe ser) acuñar, una vez agotado el muestrario asociado al judaísmo/Marxismo/Bolchevismo, el nuevo insulto de moda para perroflautas “¡Payaso!”. Olvidando, como decía León Felipe (“El payaso de las bofetadas…”), que “Don Quijote no es más que un clown. El gran payaso ibérico de las bofetadas…”, que “la pirueta grotesca y funambúlica es española” o que “Cristo fue un payaso”. Como lo fueron antes de convertirse en dioses todos los locos y derrotados. Al Poder siempre le ha gustado cruzar el rostro y humillar a quien considera inferior o al que interfiere en el cumplimiento absoluto de su voluntad.

Por eso le gusta vivir en sus guaridas del barrio de Salamanca o en todos los barrios clónicos de éste, mientras la ensoñación en pose Nerón le hace incendiar Vallecas. Sin dejar nunca que la realidad (pobreza, exclusión, paro, precariedad…) por él creada asome la cabeza entre el paisaje que pinta idílico.

Esto es España, terruño donde las banderas se utilizan para tapar la negrura de corazones insensibles al dolor y las necesidades de sus conciudadanos. Habitada por lugareños siempre dispuestos a acallar las voces discordantes, creyentes a pie juntillas de la propaganda de una “Brunete mediática” pagada por bolsillos que tienen la chequera en paraísos fiscales.

Del apartamento de Ayuso y la “generosidad altruista” de los empresarios que cubren sus gastos “a cambio de nada” mejor hablamos otro día.