Javier Rodríguez del Barrio

Vivimos en un universo de mucha angustia eco-económica y poca conciencia de clase. Radiografiado hasta el menor detalle por redes sociales, medios de comunicación e institutos de demoscopia, reclama soluciones imaginativas de mirada larga. La acción política, sin embargo, se está diseñando cada vez más en función de expectativas electorales cortoplacistas.

La política doméstica –y antes la internacional– han evolucionado hasta convertirse en un reality permanente donde la armonía entre ética y estética se ha roto a favor de esta última. Los contenidos cualitativos –programas y propuestas– se desvanecen, y las poses se exprimen para obtener ventajas competitivas. Prácticamente nadie va de frente, desvela sus cartas o da puntadas sin hilo, y casi todos los partidos proyectan su estrategia en base a la repetición de pocos mensajes, simples y contundentes, que solo buscan maximizar el impacto mediático y debilitar a los rivales. La justificación de este estilo de hacer política –el famoso relato– siempre se construye después y a gusto del cliente.

Aquí es donde adquiere importancia capital la estrella emergente de la comunicación contemporánea: la no-verdad.

Casta política, lobistas, medios de comunicación, redes sociales e institutos de demoscopia han acumulado masa crítica suficiente en torno a este espectáculo como para inducir su retroalimentación continua. Y el efecto sobre la ciudadanía es devastador: queda atrapada en una campaña electoral permanente y termina asqueada de la política. La ecuación es sencilla y muy peligrosa: igual que la tele-basura produce cultura basura, la política basura produce ciudadanía sin conciencia.

No es una casualidad. En paralelo a la indecente operación de transferencia de rentas que se puso en marcha en 2008 con la excusa de la crisis económica, hay en marcha una operación de transferencia de derechos y soberanía política. Así, de manera complementaria al despojo institucionalizado de las clases medias y bajas –vía recortes, impuestos y corrupción  generalizada– para sostener la tasa de beneficio de las élites multinacionales, se está saturando de política basura a la ciudadanía para que haga dejación de aquello que la convierte en sujeto activo de derechos y asuma con docilidad un papel de audiencia tutelada.

Lo que está en juego es muy grande. Nada menos que dónde reside la soberanía política: en el pueblo, como por ejemplo consagra la constitución; o en las élites, como quieren que acabemos normalizando. El mismo Pedro Sánchez, cuando era un paria de la tierra, confesó a Jordi Évole que la política de Estado en este Régimen se teje en lugares muy alejados de las cámaras, y que hay poderes fácticos presionando con fuerza en todos los debates importantes para determinar qué es aceptable y qué no lo es.

Estas son las reglas del juego. Son perversas, nada neutrales y muy coherentes con al darwinismo tramposo propio del capitalismo. Mientras no pueda cambiarlas, la izquierda no tiene otro remedio que nadar entre tiburones y gestionarlas del modo más funcional a su proyecto de transformación social. Es parte del peaje a pagar por participar en las instituciones.
Los partidos acomodados al Régimen del 78 cuentan con poderosos aliados en los medios de comunicación que les ayudan a construir y difundir su relato. En bastantes ocasiones, incluso se lo dictan. La izquierda, por contra, tiene que pelear cada día su espacio vital en un escenario dominado por las fake news, la hostilidad manifiesta de muchos tertulianos a sueldo, y el cainita síndrome de Brian incrustado en su propio ADN.

Desde la investidura fallida de finales de julio, los dirigentes del PSOE y sus medios afines están intentando construir un relato a medida que culpa a todos los demás partidos de provocar una repetición electoral y, en particular a Unidas Podemos, de allanar el camino a las derechas. Lo más grave no es la manipulación que hay detrás de este relato –al fin y al cabo, son las reglas del juego–, lo realmente descorazonador es que algunos sectores de la izquierda lo hayan comprado o estén jugando a la equidistancia.

Del Con-Rivera-No al Con-Iglesias-No

Después de las elecciones del 28 de abril, Pedro Sánchez tuvo tiempo de dar varias vueltas al mundo en 80 días antes de escenificar, en apenas 5, el no-acuerdo con Unidas Podemos. Seguramente aún nos queda bastante que ver y oír, pero el proceso de investidura en curso ha mostrado ya gestos suficientes para poder analizarlo con perspectiva y pronosticar su tendencia.

Ofrecer pactos de Estado a las derechas con reiteración impúdica no parece el método más adecuado de poner cimientos a un pacto de izquierdas… Establecer una línea roja en torno a los ministerios de Estado para que Unidas Podemos no pueda acceder a ellos, sembrar dudas sobre la cualificación profesional de sus dirigentes y vetar a Pablo Iglesias, tampoco son movimientos que contribuyen a generar un clima de confianza con tu socio preferente… Proponer a última hora una no-vicepresidencia y tres no-ministerios, en forma de ultimátum y sin tiempo para negociar, demuestra escaso respeto por quienes representan cerca de 4 millones de votos –50% de los obtenidos por el PSOE… Filtrar a los medios un texto manipulado con la propuesta inicial de Unidas Podemos, o tentar a los sectores moderados de su entorno, son maniobras arteras y desleales que expresan muy poca voluntad de acuerdo…

Llama la atención un importante gesto del 25 de julio. Según abandonaban sus escaños tras la fallida primera sesión de investidura, Pedro Sánchez y su núcleo duro fueron felicitando con disimulado entusiasmo a Carmen Calvo, cabeza visible del equipo no-negociador.

Era como si, más que felicitarla a ella por el estupendo no-acuerdo conseguido, se estuvieran felicitando a sí mismos por haber alcanzado todos sus objetivos. El principal: cortar el paso de Unidas Podemos al gobierno. Y los secundarios: acotar sus expectativas futuras y generarle contradicciones internas y con su base electoral; justificar ante su propia militancia y electorado que era imposible cumplir el mandato de Con-Rivera-No; arrinconar a las derechas en su extremo del espectro político para quedarse con el centro; y, quizás también, poner a la propia vicepresidenta en funciones en el disparadero. De propina, con pronósticos favorables en todas las encuestas, se guardaban en el bolsillo la carta de convocar nuevas elecciones.

El comportamiento de los dirigentes del PSOE, entonces y ahora, me suscita dudas razonables de que, en cualquier caso, y aunque Unidas Podemos hubiera aceptado el rol decorativo que le plantearon en su última propuesta, siempre habrían encontrado una excusa vendible para impedir el acuerdo: la redacción de la letra pequeña, la nominación de ministras, la fórmula del juramento de cargos, o que una mariposa había batido sus alas en Asia… Todo apunta a nunca estuvieron dispuestos a pactar un gobierno de coalición; a que aquello fue un gran paripé para justificar su regresión desde el Con-Rivera-No al Con-Iglesias-No; a que el llamado equipo negociador del PSOE era, en realidad, un equipo de demolición con la misión inconfesable de dinamitar todos los puentes.

Y ahora qué: ¿truco o trato?

Seguro que Unidas Podemos ha cometido errores en todo este proceso, faltaría más. Pero, en lo esencial, pienso que su estrategia negociadora está siendo correcta: reclamar, por consideración y respeto a los cerca de 4 millones de votos que han respaldado su proyecto, la presencia cualificada en un gobierno de izquierdas. Bajo ningún concepto, por grande que sea la presión, se puede tolerar que nadie dilapide, desprecie o devalúe este inmenso capital político.

Cierto que en el entorno de Unidas Podemos se han expresado opiniones en el sentido de que lo correcto hubiera sido negociar un buen acuerdo programático desde el principio y renunciar al gobierno de coalición. No pongo en duda la intención constructiva de esta propuesta y, por supuesto, me parece muy sano que se manifiesten discrepancias; pero, a mi juicio, quienes así opinan cometen 3 errores. 1) Relativizan el resultado electoral e ignoran que el mandato recibido de las urnas es hacer un gobierno de izquierdas; y resulta evidente que, sin la presencia en él de Unidas Podemos, ese gobierno nunca sería de izquierdas. 2) Sobrevaloran las virtudes de un acuerdo programático con alguien –Pedro Sánchez– que destaca por su marcada inclinación a incumplir los acuerdos con su izquierda. 3) Discrepar públicamente de las representantes, en mitad de la batalla, debilita su posición negociadora, genera desazón en la militancia y desmoviliza al electorado.

Mientras tanto, arropado por el relato que le han fabricado sobre la fallida investidura, Pedro Sánchez se va de vacaciones enrocado en sus posiciones. Han pasado días suficientes para que las heridas cicatricen y se reconstruyan los puentes, pero continúa mareando la perdiz, acusando a Unidas Podemos de las siete plagas de Egipto, pretendiendo que se le regale el gobierno y chantajeando al país con la amenaza de nuevas elecciones.

Quizás ha llegado el momento de subir el tono de la crítica y empezar a desnudar con mayor énfasis las vergüenzas de Pedro Sánchez y sus colaboradores.

No paran de repetir, por ejemplo, que a Unidas Podemos solo le interesan los sillones. Sin embargo –maldita hemeroteca– resulta que en 2015, con medio millón menos de votos, ofrecieron a Ciudadanos una vicepresidencia de Estado para Rivera y varios ministerios importantes. ¿Acaso eran más legítimos aquellos votos, que además no aseguraban la investidura, que los actuales de Unidas Podemos, que sí garantizan los apoyos necesarios para lograrla? ¿Acaso eran más de fiar las políticas ultraliberales de Ciudadanos que las políticas sociales que reclama Unidas Podemos?

A nadie en el entorno de Unidas Podemos y sus confluencias –incluida la cúpula de la organización– le entusiasman los sillones o la idea de gobernar en coalición con un partido cuyos dirigentes arrastran una larga tradición de infidelidad a los acuerdos firmados con su izquierda. En Andalucía tenemos buenos ejemplos de ello. Otra cosa es que, por responsabilidad con el mandato recibido en las urnas, haya que hacer de tripas corazón y buscar un acuerdo que pueda ejecutarse con las mayores garantías.

Acepto que en el PSOE pueda quedar gente de izquierdas –y más en su electorado–, pero asumir el desgaste de gobernar con un partido cuyos dirigentes acordaron con la derecha modificar el artículo 135 de la constitución y aplicar el 155, entre muchas otras deslealtades, solo se justifica si la presencia en ese gobierno garantiza la posibilidad de impulsar, al menos, las medidas sociales más urgentes. Y aun así tengo mis dudas…

Ahora bien, lo que en ningún caso parece conveniente para los intereses estratégicos de la izquierda, es estar de florero en un gobierno en cuyo horizonte se dibujan el Brexit, la crisis catalana, importantes turbulencias económicas y una grave emergencia climática.

Desde mi punto de vista, tal como están evolucionando los acontecimientos, lo correcto es continuar insistiendo en el objetivo máximo: un gobierno de coalición con presencia cualificada de la izquierda en áreas que permitan hacer política de izquierdas. Y solo en última instancia, si se sigue chocando con el inmovilismo y los vetos de Pedro Sánchez, dejar que gobierne en solitario a cambio del mejor acuerdo programático posible.

Seguramente, la cúpula de Unidas Podemos y el equipo negociador sabían desde el minuto cero que había muchos condicionantes para que ese fuera el destino previsible del proceso. Pero no podían quemar etapas gratuitamente. Era necesario librar la batalla y dejar que Pedro Sánchez se fuera retratando.

En todo caso, si se llega a la tesitura de tener que negociar ese acuerdo programático, no debemos engañarnos. Ya tuvimos un estupendo acuerdo tras la moción de censura y el gobierno no lo cumplió. Asuntos importantes como la derogación de la Reforma Laboral y la Ley Mordaza, la regulación del mercado de alquileres, la fiscalidad de la iglesia católica o el impulso de la Ley de Memoria Histórica quedaron sobre el papel del acuerdo y nunca pasaron al del BOE. Seamos conscientes de que Pedro Sánchez, en el momento que le cuadre, acabará rompiendo cualquier acuerdo y esgrimiendo el comodín de una convocatoria electoral anticipada; pero también de que, si al final cuaja la legislatura con Unidas Podemos fuera del gobierno, van a darse buenas oportunidades para desarrollar una sólida oposición de izquierdas.

Y todo esto sin contar con la posibilidad de que Pedro Sánchez y su núcleo duro, valorando las dificultades para gobernar a su antojo –como en los mejores tiempos del bipartidismo–, hayan llegado a la conclusión de que les conviene romper la baraja y convocar ya nuevas elecciones. Si esta hipótesis se confirma, la maquinaria de propaganda que pondrán en marcha para difundir un relato que la justifique será de las que hacen época. La desafección de la ciudadanía con la política también. Tiempo al tiempo…

Esto solo ha sido un punto de vista. Puede que los acontecimientos confirmen mi análisis o lo desmientan. No pasa nada. La izquierda, para desarrollar en las mejores condiciones el fuerte potencial de transformación que acumula, tiene que seguir esforzándose para aprender de sus errores, tolerar la discrepancia, confiar en sus representantes y dotarse de una organización horizontal, transparente e inclusiva.

Es verdad que el tándem Podemos-Unidas Podemos-Confluencias está retrocediendo electoralmente desde 2015, y muchos ya venden el relato de que se acerca su fin; pero no olvidemos nunca que en estos años, contra viento y marea, se han conseguido los tres mejores resultados de la izquierda en toda la historia. Quizás durante un tiempo no-sepueda; pero, a poco que la izquierda permanezca en la izquierda, siga unida y sea más participativa, llegará el  momento en que se pueda gritar bien alto: ¡¡Sí se puede!!