El doble rasero de la Unión Europea en inmigración

Martina Cociña Cholaky

Hace unos días se viralizó por las redes sociales el video de un joven escalando por la fachada de un edificio para salvar a un niño de cuatro años que colgaba de un balcón. Por su rapidez y destreza, Mamoudu Gassama (demoró aproximadamente 30 segundos en escalar al cuarto piso y rescatar al pequeño) algunos medios de comunicación lo han denominado el “spiderman sin papeles”. Por su comportamiento fue condecorado por el presidente Emmanuel Macron, quien le prometió que le concedería la ciudadanía francesa y se desempeñaría en el cuerpo de bomberos de París. También la alcaldesa de la “Ciudad de las luces” se sumó a las felicitaciones, al igual que el ministro de Educación. Asimismo, el alcalde de Montreuil, localidad donde se encuentra el centro de acogida donde vive, lo nombró hijo ilustre.

Varios han sido los políticos que se han pronunciado al respecto, sin embargo, no todos se han limitado a elogiar a Gassama. Otros también han subrayado la necesidad de cambiar la percepción que se tiene del inmigrante y la importancia de tratar a quienes se desplazan de forma humana y coherente. Ian Brossat, el vice-alcalde de París, hizo un llamado para “que este ejemplo sirva para cambiar la opinión de nuestra sociedad y de nuestros políticos elegidos sobre los inmigrantes. Detrás de las cifras, hay vidas, rostros, a veces también héroes”.

Toda la razón, a veces hay héroes, pero quienes migran son sobre todo personas; y en dicha calidad deben reconocerse. Los inmigrantes son seres humanos “como nosotros”, los nacionales, sujetos con virtudes y defectos, que podemos tener la oportunidad de actuar ejemplarmente y también no. La regularización de aquellos que no se encuentran con la documentación en regla no debiera pasar por gestos heroicos, sino por su condición de seres humanos.

Gassama es un inmigrante, un joven negro de Mali que hace ocho meses había arribado a Francia, luego de una dura travesía desde África, pasando por Burkina-Faso, Nigeria, Libia e Italia. Como miles de personas, huía de un contexto desolador para encontrar un sitio más seguro donde poder vivir. Pero como muchos otros no contaba con los requerimientos exigidos por la legislación para ingresar, por lo que se encontraba en irregularidad. Su compleja historia cambió, tuvo la suerte de que su acción fuera grabada y viralizada, tras ello, la máxima autoridad francesa lo condecoró.

Sin embargo, cabe preguntarse si su comportamiento no hubiera sido registrado y masificado por las redes sociales ¿se le habría ofrecido la nacionalización y un trabajo? Es importante reflexionar de cómo la sociedad del espectáculo actúa en este caso, ¿qué pasaría si Gassama no hubiera alcanzado a llegar a tiempo a rescatar al menor o si se le hubiera caído de sus manos? Como plantea el periodista Manuel Jabois en su columna en El País “No podéis venir todos”, “cuántas alturas se hubieran necesitado para ser francés. Qué dice a eso el reglamento olímpico de inmigración”.

En este punto no es posible olvidar que, si la política migratoria del ejecutivo francés se hubiese aplicado al pie de la letra, Gassama, en vez de obtener la ciudadanía y una fuente laboral, habría sido expulsado de Francia. Como ha defendido fervientemente Macron: “expulsión para los “sin papeles”. Desde su campaña presidencial y a lo largo de su mandato, Macron ha insistido en la necesidad de implementar una política eficaz de expulsiones, sus últimas declaraciones en esta materia datan del 18 de octubre del 2017, es decir, de hace menos de ocho meses, en las que se vanagloriaba de actuar con “mano dura”.

La exigencia de ser superhéroes para permanecer en el Viejo Continente muestra las contradicciones de la política migratoria de la Unión Europea, que gasta millones de recursos en fortificar sus fronteras y detener los flujos de personas, rechazando a quienes se encaraman a los muros y castigando con la detención, el encarcelamiento y la expulsión a quienes logran ingresar al territorio sin contar con los requerimientos legales. Así, mientras el gobierno galo le concede la nacionalidad a este joven, simultáneamente tramita una normativa que posibilita la expulsión del resto de los extranjeros que se encuentran en irregularidad.

Esta hipocresía de la Unión Europea es lo que Tjeerd Royaards ha querido resumir en su viñeta titulada “Good migrant, bad migrant?”. Este dibujante con su pregunta ¿buen inmigrante, mal inmigrante? nos invita a darnos cuenta de la doble lectura de lo acontecido. Los actores no han variado; sigue habiendo un joven escalando y un niño colgando, ambos están exponiendo sus vidas, pero mientras en el primer escenario se aprueba su acción, en el segundo contexto, su gesto se castiga al realizarse en las vallas que fortifican la Unión Europea.

Con su viñeta, que se ha hecho viral a las pocas horas, Royaards nos interpela a reflexionar sobre el doble estándar de la Unión Europea; sobre una política que asevera que Gassama es “mejor inmigrante” por intentar salvar a un niño colgando de un edificio en París; que si rescata a un menor enganchado en un alambrado la frontera.

Es esencial debatir si este joven maliense, al igual que millones de migrantes, merece vivir en Europa por su ejemplar acción o si su permanencia debe atender a otros factores. Más allá del caso particular, esta imagen nos invita a un ejercicio más profundo dado por pensar sobre cómo se debe acoger a quien se desplaza. Al respecto, considero que en el mal denominado “Primer Mundo” no sólo deberían caber los que nacen allí, y excepcionalmente los que realizan hazañas, pues a nadie se le debería exigir ser superhéroe para vivir en un país. Los inmigrantes debieran ser reconocidos por su mera condición de seres humanos. Su presencia debiera comprenderse desde la igualdad que comparten con los nacionales, esto es, por el hecho de ser personas, no por actuar heroicamente.

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