El avistamiento de un enjambre gigantesco de langosta del desierto en Kenia dispara las alarmas por el impacto que puede suponer en las poblaciones africanas colindantes si no se actúa rápido.

Las especies invasoras son muy difíciles de erradicar, lo que hay que hacer es proteger los ecosistemas.

El pasado 27 de febrero Guillermo Contreras, de Ecologistas en Acción, nos alertaba de un hecho que refleja la tremenda importancia que tiene salvaguardar los ecosistemas naturales y las consecuencias que puede tener, y de hecho tiene, el desequilibrio de los mismos en nuestras vidas. La alarma está en la existencia de un enjambre de langosta del desierto, en Kenia, y que tiene una dimensión de 2400 km cuadrados, (esto correspondería a una vez y media el término municipal de Córdoba). Teniendo en cuenta que esos bichos tienen una capacidad de reproducción bárbara, (se pueden multiplicar por 20 en tres meses), si no se toman medidas urgentes, de aquí a junio este enjambre se puede ver multiplicado por 500. Las consecuencias para las poblaciones de personas que viven por la zona son fáciles de imaginar. Cuando acaban con su ecosistema y ya no encuentran alimento, se desplazan, y lo hacen a una velocidad de entre 100 y 150 kilómetros diarios si el viento es favorable. Se supone que vienen de la península arábiga cruzando el mar rojo, pasan por Etiopía, y Somalia, Eritrea trayendo el hambre por todo su recorrido. Tanto la OMS como la FAO (departamento de Naciones Unidas para la Agricultura) están pidiendo fondos para contener la plaga, si hay recursos lo podrán hacer, rociándolas con algún tipo de insecticida al amanecer o al atardecer, cuando todavía no han emprendido el vuelo.

El problema de las aves exóticas en las ciudades como las cotorras, es algo que obedece al comportamiento humano principalmente, ya que el origen de estas colonias obedece principalmente al abandono de ejemplares que habían sido adquiridos previamente como mascotas. Hay dos tipos de cotorras, la argentina y la de Kramer, que es de origen africano y que podría haber migrado hasta nuestras ciudades. Las dos tienen una dieta principalmente frugívora, pero la argentina también se alimenta en ocasiones de puestas y pollos de paseriformes, lo que influye, a parte de otros factores más determinantes, en la reducción de la población de gorriones. En Córdoba no tenemos muchas cotorras, sólo llegan al centenar, no obstante, Sadeco está al tanto y van a tomar medidas, pero es muy difícil acabar con ellas. En Sevilla sí hay una plaga, ya que en la ciudad cuentan con más de 5000 ejemplares. Allí sí es un problema más serio, porque hay un murciélago endémico de Sevilla al que está invadiendo su ecosistema. Se ha puesto en marcha un mecanismo para reducir la población, pero estos mecanismos pasan siempre por la captura y eliminación, y, aunque sean especies invasoras, no nos gusta ver a una cotorra capturada y muerta. Hay otras alternativas, como capturar los nidos y quitar los huevos, que aunque es más costoso, es lo que se está haciendo en Córdoba.

Hay muchas especies invasoras en nuestras latitudes, conocidas ya, como el mejillón cebra o el cangrejo rojo americano. Cuando una especie invasora llega a un medio donde hay un nicho ecológico favorable a su desarrollo, lo ocupa, prospera y es frecuente que desplace a otras especies autóctonas. En Córdoba tenemos un ejemplo de modificación artificial de nicho ecológico en el río Guadalquivir. El régimen fluvial del Guadalquivir es justo el contrario de su régimen natural; debería llevar mucha agua en invierno y poca en verano. Con el paso de centenares de miles de años las especies animales que viven en el río están habituadas a tener poco agua en verano. No obstante, en la actualidad en verano se suelta agua para los arrozales de Sevilla y los piragüistas aprovechan el verano para navegar. Sin embrago, en invierno, salvo que haya escorrentías, o que haya que abrir pantanos porque estén saturados, el río baja con poco agua. La consecuencia de esto es que las especies autóctonas se encuentran con un contexto que no es el suyo, y sin embrago, las especies invasoras prosperan perfectamente porque este régimen fluvial les va bien. Las especies invasoras son muy difíciles de erradicar si encuentran un nicho ecológico propio. Hay sin embargo especies exóticas que no son invasoras, como por ejemplo la casuarina, un árbol inmenso que se encuentra en algunos de los parques de la ciudad, y en contraposición, el ailanto o el eucalipto, exóticos también, son invasores por la rápida y eficaz propagación, la invasión de nichos de otras especies vegetales nativas y el cambio que producen incluso en la composición química del suelo.

La población de los conejos, aunque en Australia son una plaga, ha decrecido en un 60 o 70% en todo el mundo. La UICN, o Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, los ha incluido en la lista de especies amenazadas. Los agricultores de la campiña cordobesa siguen diciendo que son una plaga porque, los conejos, como no queda vegetación por ninguna parte, no tienen alternativa y acaban comiéndose los cultivos para no morir de hambre. Pero si la campiña fuera como hace 50 0 60 años un vergel donde todas las lindes de los caminos, los cauces de los ríos, los sotos en los pequeños montes estaban ocupados por vegetación autóctona que les servía de alimento, no irían a los cultivos. Además, como el conejo alimenta al lince, al águila imperial, al águila perdicera, la base de la cadena trófica se rompe. Está ocurriendo esto por malas prácticas agrícolas y ganaderas y por malas prácticas asociadas a la caza.

Se han avistado manadas de ciervos huyendo de la sierra. Resulta extraño verlos en manadas siendo, como es, una especie que suele ir en solitario. De qué huyen? Hemos visto fotografías de monterías con centenares de ciervos o jabalís. Es imposible que en una montería normal se pueda matar tanto animal. Esto indica que son animales de viveros, se crían en cautividad y se sueltan en los cotos para que vengan los “cazadores”, que se sientan en una silla y se lían a tirotearlos. Todos nuestros respetos por los cazadores que se levantan a las 6 de la mañana, van por los barbechos dando tiros para capturar animales que luego se van a comer, pero sentarse en una silla disparando a animales criados para ello, que además están empujados por perros, eso no es caza, sino una masacre cobarde. Hay que dar respuesta a esta degeneración de la caza y a los pines que está intentando poner la extrema derecha para evitar que las escuelas se conviertan en escuelas de tauromaquia y cazadores.