La vida de los inmigrantes sí importa

Martina Cociña Cholaky.

La inmigración se ha instalado con fuerza en la agenda, se ha discutido mucho al respecto, no obstante, gran parte de los debates han obviado una cuestión central, esto es, que unas vidas valen más que otras. Por lo mismo esta columna es una invitación a reflexionar, a interrogarse por qué mueren ciertos inmigrantes, a reivindicar que todas las vidas importan.

Para lo anterior se examinará la muerte de dos personas acontecida en este último tiempo en España y en Chile. El primer caso es de Mame Mbaye Ndiaye, un senegalés de 35 años que hace más de 14 años había llegado a ese país con la esperanza de mejorar su vida. A pesar del largo tiempo transcurrido desde su arribo, Ndiaye se encontraba en irregularidad administrativa, situación que puede explicarse en tanto el Estado Español -más que darles oportunidades a los inmigrantes, fomentando su inserción- les exige un sin número de requerimientos para regularizarse. Debido a la dificultad para cumplir con dichas exigencias, un porcentaje de quienes se desplazan no pueden regularizar su situación, así se ven forzados a trabajar en la informalidad, como era el caso de Ndiaye quien era mantero.

La venta callejera es una actividad penada por la legislación, en la que se le confisca la mercadería, por eso ante las redadas de la policía, los manteros huyen para no ser sancionados y no perder los productos que son su fuente de ingreso. No pocos colectivos han denunciado el acoso que sufrirían a manos de la policía, los mismos manteros se han organizado en asociaciones para revelar la impunidad de la violencia que ejerce la fuerza pública, para hacer frente al racismo institucional que les impediría conseguir los tan ansiados papeles. Ndiaye pertenecía al Sindicato de Manteros y Lateros de Madrid, que constantemente venía advirtiendo las cargas policiales de las que eran objeto. Reafirmando ello, la académica Cristina Fernández en su artículo “Movilidad bajo sospecha”, sostiene que no sólo a los inmigrantes se les persigue, sino que su propia existencia se criminaliza. Para criticar esta política, este 16 de marzo se reunieron en las Ramblas de Barcelona más de 200 personas para protestar por la muerte de Ndiaye.

Su muerte coincide con una operación que estaba llevando a cabo la policía contra los manteros. Las primeras versiones recogidas por la prensa apuntaban que su fallecimiento se debía a una persecución policiaca, sin embargo, con el transcurso de los días, diferentes medios de comunicación han señalado que el paro cardíaco que sufrió se debió a causas naturales. Aún no se conoce el motivo de su defunción, lo cierto es que ha muerto una persona, en momentos que se estaba realizando una redada policial. Por lo mismo, diversas autoridades han solicitado una investigación para esclarecer lo sucedido, la cual aún no arroja resultados.

Por tanto, cabe reflexionar ¿por qué ha muerto Ndiaye? Para encontrar una respuesta a esta interrogante se debe considerar diversos factores: ante todo, que Ndiaye es un inmigrante, pero no uno cualquiera, sino uno negro, así no sólo su condición de africano influye, sino su negritud; en él se agrupaban elementos esenciales: ser negro, pobre y un africano sin papeles.

Su fallecimiento ha generado protestas en Madrid y en Barcelona, los manifestantes han solicitado el fin de las persecuciones por perfil racial, a los gritos de “ningún ser humano es ilegal”, “somos personas” y “no es delito sobrevivir. Se ha marchado para decir basta a los abusos, para poner fin a esta política que asume que determinadas vidas valen más que otras.

No sólo en España se ha marchado por la muerte de quienes se desplazan, en Santiago de Chile también se ha protestado por Joane Florvil, una joven haitiana de 28 años que murió en octubre de 2017. Florvil era una mujer negra que migró a Chile, madre de una recién nacida, al que la encarcelaron por considerar que había abandonado a su bebé. Según colectivos de migrantes, a la pareja de Joane lo habían estafado, por lo que ella fue a denunciar el hecho a la Oficina de Protección de Derechos correspondiente, dejó a su bebé a cargo del guardia de seguridad, (ya que en Haití representa una autoridad en la cual se puede confiar), sin embargo, el guardia habría avisado a funcionarios de dicha institución, quiénes interpretando esa acción como abandono, habrían llamado a la policía, la que procedió a arrestarla. Esposada, detenida, imposibilitada de ver a su bebé, encerrada en un calabozo, las versiones divergen, mientras la policía aseguró que Joane se autolesionó, una cercana a ella señaló que los golpes habrían comenzado por parte de las fuerzas públicas de seguridad. A Joane la internaron en un hospital y al mes murió, por causas que aún se investigan.

Al respecto, cabe preguntarse ¿cuánto influyen los prejuicios? ¿Cuánto incide el ser afrodescendiente? ¿Cuánto interviene el género? ¿Cómo pesa el ser mujer negra pobre? ¿Habría acontecido lo mismo con una española, por ejemplo? Lo que es claro es que a Joane no la comprendieron, o más bien no la quisieron escuchar, hablaba creole, pero según una cercana a ella, también se daba a entender en castellano. Sin embargo, la serie de sucesos que produjeron su deceso no se debe a que no podía comunicarse en el idioma nativo, sin duda el no saber español en Chile constituye una barrera, pero su muerte más bien se explica por su condición de inmigrante, por su género, por su nacionalidad y por su estrato socioeconómico. Como reza el poema “¿Porque nadie es Joane Florvil?” que le dedicó un compatriota, “Te matamos todos Joane Florvil /Por el color de tus ojos/ Porque tu acento no es inglés, francés ni berlinés”. En esta “cadena de infortunios”, el hecho de ser una mujer negra haitiana sin recursos económicos influye mucho más que el desconocimiento de la lengua.

Estas categorías socioculturales no actúan independientemente, sino se interrelacionan dando lugar a diferentes formas de exclusión. Precisamente para dar cuenta de la opresión que sufren las personas según su pertenencia a múltiples categorías sociales, Crenshaw acuñó, a fines de los ochenta, el término interseccionalidad, para denunciar la doble discriminación que sufrían las mujeres negras porque en ellas se cruzaba el género y la etnia. La interseccionalidad permitió ampliar el marco de referencia, comprendiendo qué factores como etnia, clase, género, condición de migrante, etc. no pueden abordarse aisladamente, pues operan de manera entrelazada, así se posibilitó visibilizar la injusticia social de la que son objeto determinados individuos, como Ndiaye y Florvil.

Tal como en Ndiaye en España, en Florvil en Chile, la negritud, la inmigración y la pobreza pesan de manera radical. Sus muertes nos muestran que el racismo, el clasismo y la aporofobia convergen para enrostrarnos que ciertas vidas valen más que otras. Por eso hoy en día se hace necesario seguir protestando para visibilizar la opresión que sufren ciertas personas, es esencial continuar saliendo a las calles a manifestar una y otra vez que todas las vidas importan o más bien que todas las vidas deberían importar.

Foto: captada por la columnista en la convocatoria en Barcelona.

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