Además de los daños sociales y ambientales que produce el turismo devorador, hay que tener en cuenta las amenazas que penden sobre un sector tan frágil como el del turismo, dependiente de factores sociales imprevisibles; el confinamiento, que ha hundido el turismo este año, pero también la posibilidad de que haya revueltas.

En esta ciudad son muchas las voces que reivindican otro modelo de turismo que no sea tan invasivo sobre todo en la zona del casco histórico, pero las confederaciones de empresarios se asocian para presionar a los políticos cuyo horizonte no va más allá de los 4 años, y acaban beneficiándose del turismo devorador sólo unas pocas personas.

El turismo todavía es una industria que en algunos países aporta al Producto Interior Bruto una cantidad importante, y, si no conocemos cuáles son sus limitaciones, esta circunstancia puede acarrear problemas. En el caso de Andalucía, el turismo es casi un monocultivo, lo cual es un gran error; “no se pueden poner todos los huevos en la misma cesta”, como nos explicaba Guillermo Contreras en su visita a Paradigma Radio en el último programa de la temporada. Los viajes turísticos han ido creciendo en número desde el final de la segunda guerra mundial. Se calcula que en los años 50 se ejecutaban 25 millones de viajes turísticos en el mundo, lo llaman “llegadas”, y para el año 2030 se calcula que habrá, si seguimos la trayectoria actual, 1800 millones de llegadas turísticas. Este volumen de viajes turísticos son un auténtico disparate. Esta forma de multiplicarse los viajes se producen principalmente porque hace 30 años, en los años 90, se empiezan a popularizar los vuelos de bajo coste, aunque también por la facilidad que hay de comunicarse de tantas formas, que ya es algo típico de la globalización.

Además de los problemas que comporta el que la actividad económica de una zona esté centrada o incluso sea casi exclusiva de un sector como el turístico, existen muchos efectos nocivos para la sociedad, como es la gentrificación de las ciudades. Córdoba está sufriendo ya este fenómeno que supone la expulsión de la población originaria para ser sustituida por habitaciones o pisos de alquiles para turistas, y esto ocurre porque porque es insoportable lo que tienen que vivir en el casco histórico, y además no tienen comercios cercanos porque están cerrando. Un claro ejemplo de estos fenómenos lo entraña la ciudad de Venecia, que cuenta actualmente con 20 millones de visitas al año, lo que significan 80.000 visitas diarias. Estas cifras suponen una ruina para la ciudad, aunque no para los sectores que se benefician económicamente de ello, sí para su población, de tal manera que en los años 50 Venecia tenía 170.000 habitantes, ahora tiene 52.000, y se calcula que con esta trayectoria, para el año 2030 no tendrá población estable, estarán los turistas y las personas que trabajan para su servicio, y ya está.

Tenemos que mirarnos en estas experiencias, que lamentablemente es por lo que apuesta mucha gente en esta ciudad, como en otras, basada únicamente en el lucro y el beneficio económico. Es verdad que el turismo genera empleo, precario por cierto, pero habrá que buscar otras fórmulas y trabajar para otro modelo, como el modelo sostenible para el que se conoce su capacidad de empleo de calidad que avalan numerosos estudios. Los costes ambientales y sociales del turismo en Venecia son tremendos; los cruceros que pasan por allí y transportan 4000 o 5000 pasajeros que se bajan del barco, le dan un repaso a la ciudad y se suben otra vez para seguir soltando fuel, el combustible más sucio que hay, con el resultado de tener sus aguas contaminadas, es un ejemplo de los numeroso impactos ambientales de la actividad humana en esta ciudad. Tal es la cantidad de visitas en lugares cerrados, como los museos, que la humedad y temperatura generada por la multitud de personas que pasan por allí se transmiten a las paredes y se están produciendo daños en el patrimonio. Y entre los numerosos costes sociales como la gentrificación, existen otros muchos que pueden pasar desapercibidos, como por ejemplo una actividad tan cotidiana e íntima como es un funeral, que se suele celebrar en Venecia con turistas paseando por el mismo espacio, en el interior de una Iglesia. Los turistas llegan a una ciudad donde no pueden ver la vida real de ese lugar, sino un mero escenario montado para la ocasión. Es un caso extremo el de Venecia, pero que nos indica el camino de lo que puede estar por venir aquí.

Pero además de los daños sociales y ambientales que produce el turismo devorador, hay que tener en cuenta las amenazas que penden sobre un sector tan frágil como el del turismo, dependiente de factores sociales imprevisibles; el confinamiento, que ha hundido el turismo este año, pero también la posibilidad de que haya revueltas. En España en este último aspecto sale favorecida porque la situación en el norte de África es zona no son segura, o en toda la costa balcánica hace años. Pero es que además hay otra amenaza para el turismo, una amenaza ambiental, y también para la aceituna y para la uva en Córdoba; las altas temperaturas. Va a venir gente aquí cuando la temperatura media en verano sea 5 o 7 grados más alta que ahora? Tenemos que comenzar a cambiar el modelo, porque esto no se hace en tres días sino en varas decenas de años. En esta ciudad son muchas las voces que reivindican otro modelo de turismo que no sea tan invasivo sobre todo en la zona del casco histórico, pero las confederaciones de empresarios se asocian para presionar a los políticos cuyo horizonte no va más allá de los 4 años, y acaban beneficiándose del turismo devorador sólo unas pocas personas.

Todo esto nos contaba Guillermo para hacernos reflexionar una vez más, y terminaba con una frase que expresaba un deseo suyo precioso, y no sólo suyo, sino de mucha más gente de lo que parece: “Yo generaría empleo plantando árboles, y cuidándolos.”

Síntesis de la conversación mantenida con Guillermo Contreras, de Ecologistas en Acción, en Pardigma Radio el 25 de julio de 2020.

A escuchar en este enlace:

https://www.spreaker.com/episode/39990165