El confinamiento está poniendo a prueba el sistema educativo, el papel del profesorado en la vida diaria de nuestros menores y la necesidad de un cambio metodológico que posibilite accesibilidad.

Somos el único país que no permite salir al exterior a los niños y niñas y se anticipan consecuencias si este periodo se alarga más de lo que ya lo está haciendo.

Jorge Montero.
Maestro

El pasado 13 de marzo nos decretaron un confinamiento sin ningún tipo de medida de previsión real, ni mucho menos de provisión de medios y se delegó en la autonomía de los centros educativos prácticamente la totalidad de las competencias educativas. ¡Ahí llevas! De la autonomía de los centros, hablamos otro día.

Lo que hicimos fue intentar hacer acopio de fotocopias, entrega de libros de texto para dos o tres semanas… y poco más. No dio más tiempo a nada. Después, vinieron las probaturas, las conjeturas, las idas y venidas y el intento de mantener la calma, la Semana Santa.

Un mes después, nuestros chicos y chicas siguen confinados, sin posibilidad de salir porque han sido deshumanizados hasta llamarlos “vector” para que esta drástica medida resuene menos en las conciencias adultas. Europa nos mira con asombro en la gestión de la crisis y, como en todo, hay quien lo valora y quien lo critica. El asombro es una respuesta a la sorpresa y no todas son buenas.

Es asombroso que seamos el único país que no permite salir a la calle nuestros pequeños con un protocolo claro y un régimen sancionador para quien lo incumpla, tal y como el resto de humanos de este nuestro país. Es asombroso que no se tengan en cuenta para que puedan seguir la teledocencia, que tanto se empeñan en defender, por la llamada “brecha digital”, que no es un brecha, sino una fosa abisal. Esta fosa donde no hay recursos tecnológicos, tanto dispositivos como conectividad ni plataformas que la sostenga, pero es aún peor en cuanto al manejo de los mismos.

Y aquí, la mirada se amplía a la sociedad. Nuestros pequeños y pequeñas no saben usar la tecnología con fines más allá del ocio lúdico, pero es que quienes debemos de formarles, en ocasiones, ni siquiera contamos con la competencia digital mínima. Y la tutorización que deberían llevar a cabo las familias, de los aprendizajes autónomos que nos piden para este momento de crisis, tampoco es posible porque la fosa es comunitaria. Además, la vuelta a los trabajos no esenciales, el teletrabajo de muchos sectores laborales y demás, impiden poder acompañar o tutorizar esos autónomos aprendizajes.

Y mientras tanto, nuestras hijas e hijos, en casa. Encerrados porque no tienen recogido en ningún documento de las medidas COVID sus necesidades vitales de juego, de movimiento, de salir al espacio libre. Con protocolo, sí, como tú y como yo.

El futuro estará marcado por una crisis social, una crisis económica, una crisis global. Esperemos que nuestros vectores más jóvenes escapen a esa crisis porque, de lo contrario, habrá que buscar responsabilidades. Y esto sí que sería una sorpresa, que alguien las asumiera.